¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

Florencia Lobo o “como el mar entra en la piedra”

Nació en Tucumán en 1984 y se crio en Ushuaia, Tierra del Fuego. Publicó El lento deambular de las tormentas (El Suri Porfiado) y Los bosques bajo el agua (Tanta Ceniza, 2024). Forma parte de la antología digital Patagonia lee del Plan Nacional de Lecturas (2021) y de la Antología de poetas argentinas (1981-2000) compilada por Elena Anníbali (Ediciones del Dock, 2023). Fue directora de la Editora Cultural Tierra del Fuego —dependiente de la Secretaría de Cultura de esa provincia— y en la actualidad coordina allí tareas de edición y corrección, al tiempo que colabora con distintas publicaciones culturales.

Sabado, 01 de junio de 2024 a las 18:09

El asaltante hará un recorrido por las voces vivas de la poesía argentina. Cada poeta nos acercará, además de  poemas, su visión de la poesía.

 

Poética

La poesía retuerce un poco el cuello del lenguaje para hacerlo decir lo que de otro modo, pienso, no se podría. O es lo que suele sucederme: en la poesía digo lo que no sé decir de otra forma. No tengo demasiada explicación para ese afloramiento que sucede sin buscarlo, como si la poesía fuera la lava y el poema (el lenguaje) un intento por esculpir algo al rojo vivo. Muchas veces la sensación es la de salir perdiendo ante esa cosa un tanto volcánica que no descubro de dónde aflora, pero no se puede dejar de intentarlo.

El poeta, decía Mallarmé, es como un músico que sobresale porque toca lo que toca con un instrumento imperfecto: la lengua.

Digamos que se trata de acomodar el ángulo de visión dentro del error y no de corregirlo, porque no es posible hacerlo. Hay una lengua madre, pero ninguna lengua es una madre perfecta.

La poesía es la hija de la madre imperfecta, que sale adelante construyendo su casa en lo incómodo.

El lenguaje, la palabra, son fugas constantes. Pero a la vez, para quienes somos curiosos por naturaleza, eso permite el andar, el ir buscando, y con eso basta.

Florencia Lobo

 

Muestrario mínimo

De Los bosques bajo el agua (Tanta Ceniza, 2024):

La lengua

Me saco la lengua

y me pongo otra.

Pero me queda grande 

el yagán.

Tantas nieves

para mi sola nieve,

tantas playas

para mi sola playa.

Yagán se escurre

como arroyo de montaña.

Las palabras son peces

que boquean en la orilla.

En el hueco de mi lengua

arrojo otra, que es

como decir: 

abro otros ojos, 

abro el asombro,

completo el mundo.

El sueño del cormorán

Arrullado por el leve 

susurro de las olas

navegando su vuelo profundo,

no escucha la canoa 

que se acerca al roquerío

en la más perfecta negrura. 

De pronto una antorcha

encandila su sueño

que rebota y cae

atontado 

en el oleaje.

Así es como se logra 

dar caza al cormorán:

viciándolo de luz

hasta que sea

de noche para siempre.

Estábamos pobres

Estábamos pobres,

dice la abuela,

que aprendió el yagán

antes que el castellano.

Estábamos pobres,

como estar perdida 

o enferma.

Cosas que a cualquiera

le tocan transitar

y luego pasan

como pasa el invierno.

La pobreza no es una condición,

sino un estado.

Todos experimentan 

en algún momento el hambre

y en otro

la felicidad del alimento,

la dicha del estómago colmado.

Lo mismo toca a veces 

a los zorros

y a toda fauna

que anda por los bosques.

Rico y pobre 

son conceptos arrastrados 

a esta costa 

como tantas otras cosas.

Como nosotros.

Que no sabemos estar.

De El lento deambular de las tormentas (El Suri Porfiado, 2018):

Picoroco

Ranura del agua 

donde un hueso de sal

clava su raíz 

para expandir la piedra.

Así es como el mar

entra en la piedra

para salir del mar

del modo en que alguien

entra en un viaje 

o en un sueño

para salir de sí.

El humo

Hay que encender un fuego cada tanto

solo para asistir al espectáculo del humo

ver si el fuego entiende aún 

nuestras señales

y arrastra todavía en su memoria errante

la memoria profunda de los 

pueblos,

de los árboles.

El tiempo

Parece decir febrero

que el tiempo 

es un animal del aire

que se aleja

sin embargo

su sombra queda

y ahí se vive

en el levísimo abrigo que da 

lo que ya no existe 

y permanece. 

Todo puede ser objeto preciso de la poesía 

La tosca metafísica de los gorriones

la sonata demente de los trenes abandonados 

un pescador herido por la visión de la luna

un ciruelo, un nombre

una palabra, un colibrí

las cosas que se caen de sí mismas 

nostálgicas de sí, hartas de sí

la madre, el padre, las derrotas 

el tiempo que rueda 

desquiciado en los caminos

todo puede ser objeto 

preciso de la poesía 

menos la poesía:

la palabra que nunca

la palabra que siempre

silueta inasible

sombra sin cuerpo

canto sin pájaro

tan árbol 

sin palabra árbol 

sin idea de árbol

voz arrebatada

a dónde

a quién.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD