A las 21.50 arrancó la misa central. Las delegaciones que llegaron desde todos los cuadrantes de la patria ya estaban acomodadas en el campo central del Congreso cuando hizo su ingreso triunfal la Madre morena de Itatí. Precedida por la Cruz Milagrosa, la patrona de Corrientes ocupó su sitial de honor y arrancó la fiesta.
Después de las lecturas de rigor: la convocatoria del Congreso y la carta de Juan Pablo II a su enviado extraordinario, el cardenal boliviano, la máxima celebración eucarística católica se puso en marcha.
El obispo anfitrión, Domingo Salvador Castagna, se encargó de abrir la celebración diciendo que el CEN de Corrientes “no se realiza para el triunfo de la iglesia, sino para el triunfo del amor, de la reconciliación y de la solidaridad”. Ese es el eje de la convocatoria, ratificado luego por el enviado del Pontífice.
Cardenal Terrazas transmitió desde el arranque los alcances de su misión: “Saludar al pueblo argentino, a su iglesia, a los hombres y mujeres de trabajo hambrientos de Dios, de justicia, de solidaridad y también de pan”.
Agradeció a esta tierra, que permite que “muchos hermanos bolivianos puedan vivir y trabajar”, y asimismo pidió que estos días de Congreso sirvan para “ acercarnos más al hermano”. “Que María de Itatí nos conduzca a la mesa de su hijo” remarcó el prelado, que también se animó a pronunciar una frase en guaraní.
Fue una verdadera manifestación de fe, multitudinaria y prolija. Convocó y convoca a fieles de todas las creencias, a peregrinos de todo el país, a las autoridades civiles y eclesiásticas de todos los rangos, a comunicadores de todos los medios y lugares, a la familia y a los amigos.
Promete ser el encuentro uno lleno de compromiso. Fue ese el legado papal y eso lo que recalcó Terrazas. La curia y la feligresía argentina tienen en sus manos ahora la tarea de materializar la ayuda e instrumentar el cambio reclamado.