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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

La violenta desgracia de los narcos de Itatí

Los narcotraficantes más pavos del mundo son itateños. Un prófugo del Operativo Sapucay terminó esposado y de viaje a la cárcel de Marcos Paz, porque salió con una pintura en aerosol a hacerse el pillo con el auto de un turista. Su caída desnudó una parte del sainete que los contrabandistas guionaban con amores, traiciones y violencia machista mientras hacían flotar marihuana por millones sobre el río.

Por Juan Manuel Laprovitta

@juanmalapro

De la Redacción

La marihuana creó su propia mitología. Un tiro que no pudo ser esquivado, uno de los pocos delitos sin fines de lucro que cometió el narcotráfico en Itatí, puso al año 2016 como la bisagra entre el negocio de la droga y el Operativo Sapucay. En el medio, un muerto, dos amantes huidos y una mujer con tres amores, golpeada por la violencia de un machismo parido en el western vernáculo que un juez de Buenos Aires da por verosímil.

Un operativo policial de silvestre rutina el jueves último desembocó en el fortuito hallazgo de un prófugo pasado de pillo, y la crónica de esos acontecimientos pincha la burbuja de una historia basada en algunos de los hechos reales que tiñen de verde cannabis a Itatí.

La salpicadura del jueves comenzó con un auto estacionado en un muelle, que días antes dos muchachitos del barrio Ibiray se dedicaron a vandalizar con aerosol negro. Según reconstruyeron los voceros policiales, se trataba de los hermanos Espinosa. Manuel y “Viru”, también conocido por su nombre Ezequiel.

Manuel apenas supera los 18 años. “Viru”, los 20. El tiempo vivido por los dos, si fuera equiparable con dinero, no alcanzaría para nominar la fortuna que pusieron en bultos de marihuana prensada dentro de las lanchas y automóviles de su hermano mayor, “Chaquito”, el Jorge Eduardo de los Espinosa que mejor se llevaba (o se lleva aún) con el oficio de pasar droga paraguaya por el río para distribuirla en Argentina.

La Policía de Corrientes fue a buscar a los chicos siguiendo el rastro de la pintura que pulverizaron sobre el vehículo blanco de un turista chaqueño. Y cuando los encontraron, en su casa, se dieron cuenta de que en realidad eran los narcos más pavos del mundo. Eso sí, tenían armas, embarcaciones, autos y motos a disposición.

A “Viru” el juez Sergio Torres, ese canoso sabueso de la Justicia federal porteña que ordenó el operativo que dejó a Itatí sin intendente ni comisario en marzo del año pasado, lo nombró por lo menos 12 veces en la resolución de procesamiento de más de 20 de sus compadres, expediente donde lo etiqueta como prófugo, por no ajustarse a derecho ante la imputación que le pesa por narcotráfico agravado.

“Viru”, pese a caer como un chorlito por una tontería de bajo fondo, supo relacionarse con la créme de la créme cannábica.

Al momento de ser redactado el mamotreto jurídico que lo puso entre la marihuana y la ley, Ezequiel Espinosa mantenía una relación con Dana, una princesa narco, hija del capo con mayor trayectoria contrabandista en la ciudad de la Virgen, Carlos Bareiro, alias “Cachito”. Nacido en Lanús y afincado en una generosa casa a la orilla del río, Bareiro tiene hospedaje por varios años en un pabellón de Marcos Paz y en sus 40 años de edad ya conoce cárceles de tres provincias por su manía de hacer negocios con los estupefacientes.

Pero eso no es todo. Según cuentan los papeles del Juzgado Federal Criminal y Correccional 12 de Buenos Aires, el joven Espinosa era un confidente del narcotraficante más buscado de la zona, el escurridizo Federico “Morenita” Marín, que también se hizo una fama desde los ladrillos verdes que traía Bareiro.

Marín le habría confesado al joven vándalo que no se entregaría pese a los múltiples pedidos de detención y al trote de las fuerzas detrás de él. Y que sólo muerto lo agarrarían.

Hasta el momento cumple: Interpol tiene una orden de captura internacional por su pellejo resbaladizo y el Estado argentino ofrece una recompensa de medio millón de pesos para quien aporte datos sobre su paradero. En casi un año nadie olió aún esos billetes.

Según las pesquisas, “Viru” Espinosa trabajaba a las órdenes de su hermano más grande, Chaquito, que era una respetable referencia de Bareiro, por lo cual junto con su gente es considerado una célula importante de ese capo narco.

La casa del Ibiray donde cayeron los Espinosa el jueves ya había sido escenario de una redada policial, aunque en busca del mayor, que está prófugo. Fue hace poco menos de dos años, cuando la amistad entre Chaquito y otro señor de marihuana vender, Eduardo “Bebecho” Zacarías Britez, le demandó a Espinosa disponer alojamiento para su compañero que huía de los patrulleros por que dispensó un tiro en la cara a Miguel Angel Zalazar.

Miguel, que en ese momento –julio de 2016– trabajaba en un lavadero de autos, habría tenido una agachada con “Bebecho”, quien, según el credo policíaco, puso en bala y fuego un ajuste de cuentas sobre su rostro. Murió al instante.

Acorralado por una marcha acalorada de clamor popular, de esos que hacen un infierno grande a los pueblos chicos, el comisario Diego Osvaldo Ocampo Alvarenga tuvo que dejar de facturar su sociedad con los contrabandistas de droga para salir a buscar al responsable del crimen. Cuando llegó con sus patrullas a la casa de los Espinosa, “Bebecho” no estaba, pero hallaron un auto.

Era un Renault Sandero que desbordaba de panes de marihuana, que arrojaron un peso de 749 kilos. El equivalente a una vaca metida en un auto, pero hecha de cannabis prensado.

Chaquito fue a parar preso entonces, no por cómplice de un homicida, sino como facilitador del narcotráfico. En septiembre de ese año la Justicia Federal decretó su prisión preventiva, aunque en diciembre dos camaristas le otorgaron la excarcelación.

Dejó los barrotes de la cárcel y nunca más apareció en escena. Eso sí, en su huida dejó una estela que los garganta profunda del juez Torres diagramaron en besos y encuentros amatorios con una mujer que sí guarda penitencia por culpa de su afición a la venta de droga a gran escala.

Es Hebelín Aida Aquino, hermana del depuesto narco-viceintendente Fabio Aquino. Dentro de un mes exactamente la chica cumplirá 30 años y lo festejará adentro de un pabellón de la cárcel de Ezeiza, a más de 68 kilómetros de la unidad penitenciaria federal de Marcos Paz, donde está otro de los hombres que supo querer, el ex prefecto Julio César “Yuli” Saucedo.

La mala maña de “Yuli” lo llevó de querer jugar a los soldaditos en lancha a pretender fortuna, pero con el maldito yuyo.

Como un pavo, se endeudó con un crédito bancario para financiar la compra de “dorado” y “surubí”, los alias falsos que le daban los itateños a la marihuana. Consiguió 165 kilos de “pescado” que hizo maletear hasta una camioneta Volskwagen Amarok encomendada a su hermana, Rocío Soledad, y su pareja, el gendarme retirado, Santiago Romero.

Su desgracia supuró el 1 de julio de 2016 en la localidad chaqueña de Gancedo, cuando la camioneta y la pareja terminaron con las trompas metidas en un control policial que olfateó la carga prohibida y que, según presumen en los tribunales, tenía destino a Tucumán.

A “Yuli”, que con su uniforme tuvo que ir a cubrir la seguridad de la Villa 21, lo engayolaron después de la reconstrucción de comunicaciones telefónicas que lo conectaron con su hermana, presa por llevar droga en la Amarok.

No era un delincuente sólo por contrabandear. Su descaro hizo que trascendiera la horda ruin de mercaderes, más allá de su pésimo plan para vender droga. El hombre sometió a golpes a su pareja, que no se quedó callada y lo puso en ridículo, incluso, ante sus superiores, que lo sacaron como chijete de la Prefectura por su machismo cobarde.

Se justificó diciendo que Hebelín le era infiel nada menos que con otro narco, sin duda, más atrevido para el negocio y las escapadas, Morenita Marín, cuya biografía está contada en los expedientes de la Justicia con un perfil pintado de mujeriego y que hoy capea temporales escondido en islas paraguayas sobre al Paraná.

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