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Optando entre matices

El año electoral plantea una situación tan incómoda como inconducente. La grieta sigue al rojo vivo, pero las imprescindibles medidas ni siquiera aspiran a asomarse.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

La incertidumbre se ha apoderado del escenario. La gente viene transitando momentos de angustia extrema porque cree que su futuro depende de cuestiones que se terminarán de dilucidar en algunos pocos meses más.
Uno de los datos que corroboran los preocupantes estándares de subdesarrollo de esta sociedad es la enorme influencia que tienen los comicios presidenciales en la cotidianidad de los ciudadanos.
Cuando los proyectos personales, los sueños y los anhelos de cada habitante están tan gigantescamente supeditados a un incidente político significa que se ha confirmado el catastrófico fracaso como comunidad.
Los países más desarrollados del mundo, esos que tantos desean imitar y que estiman ejemplos dignos de consideración, no sufren estos cimbronazos. Allí los cambios políticos son evolutivos y no dramáticos.
La inmensa mayoría hoy siente que el rumbo se está definiendo de un modo exagerado. No sólo aparece esta división ya clásica que separa a tantas familias y amigos, sino que todo se percibe como una tragedia insostenible.
No se puede, ni se debe, subestimar ningún proceso político, pero tampoco es fácil adivinar qué sucederá en cada caso, porque lo que afirman los políticos no necesariamente es lo que finalmente harán si logran triunfar. Hacer futurología no parece demasiado recomendable en esta coyuntura. Intentar analizar qué es lo que ocurrirá si triunfan en las elecciones unos u otros no es una tarea sencilla e implica partir de múltiples suposiciones.
Si para evaluar todas esas interpretaciones sólo se considera la retórica de los candidatos se puede arribar a ciertas conclusiones, pero si se toman en cuenta las acciones concretas que cada uno ha llevado adelante en la práctica, los resultados de esas elucubraciones serán bien diferentes.
Es bastante complejo en tiempos de brutal cinismo creer en la interminable dinámica de los discursos demagógicos. No existen antecedentes suficientes para considerar ese paradigma como una referencia razonable.
Sobre lo que se dice se puede opinar y mucho, pero sobre lo ocurrido en términos pragmáticos, la discusión se acota, porque ya no se trata de retorcidas suposiciones, sino de realidades contundentes menos ambiguas.
En ese contexto, los oportunistas de siempre no pierden la ocasión de proponer una mirada apocalíptica. Se trata de un perverso juego que invita a la gente a decidir entre una alternativa aceptable y el caos. Bajo esa dialéctica opera el sistema y suele conseguir su mezquino objetivo.
Todo se plantea en términos de blanco o negro, como si esos colores estuvieran disponibles en esta gama que ofrece la política. Eso no es verdad, esas no son las variantes entre las que habrá que decidir.
Ateniéndose a los hechos, mirando lo que sucede y dejando de lado las pasiones, las actuales supuestas opciones cuando gobernaron implementaron planes que tienen una larga nómina de alevosas similitudes.
Un Estado elefantiásico, torpe e ineficaz, una corrupción enquistada en todas las jurisdicciones del gobierno, un empresariado prebendario e hipócrita, un sindicalismo fraudulento, en definitiva, corporaciones por doquier con poder discrecional que interfieren en la vida de la gente.
Una justicia cuestionable, un sistema educativo pésimo, un servicio de salud inequitativo, un régimen político sin representatividad y una economía intervencionista, con presión tributaria insoportable, regulaciones que desalientan la inversión, industrias subsidiadas y una legislación laboral deplorable son sólo una parte ínfima de este inmoral cóctel de décadas.
Es muy difícil visualizar diferencias sensibles en materia de propuestas relevantes entre los actores de la política contemporánea. Todos esbozan sólo sutiles matices de este absurdo desmadre, de este ridículo dislate.
En todo caso la polémica pasa, simplemente, por los niveles de intensidad que cada uno de los sectores imprime sobre las problemáticas actuales. Es importante tomar nota de esta circunstancia para no dejarse confundir. Pese a la lógica binaria que instalan los interesados en esta polarización, nadie habla de revolucionar nada, mucho menos aún de solucionar algo, o resolver las causas intrínsecas de cada uno de los dilemas a enfrentar. No existen propuestas que vayan al hueso, que intenten erradicar eternos conflictos, que sean el remedio para los padecimientos estructurales de la sociedad. Sólo ofrecen paliativos y pocas veces consiguen avanzar en algo. El país enfrentará en muy pocos meses más una nueva oportunidad de repensar su porvenir. Los ciudadanos reflexionan ahora sobre aspectos secundarios, vinculados a los estilos, a las formas y no al fondo. Todo lo que se observa ahora es cómo se presentan los candidatos, se discuten nombres y nunca proyectos, se sigue a las personas y no a las ideas. Esto implica un final cantado. Nada bueno saldrá de ese esquema. 
Por mucho que se esfuercen los gurúes en plantear falsas disyuntivas, la nación deberá asumir muy pronto sus enigmas y afrontarlos. Las imperceptibles tonalidades no brindan soluciones para esa agenda.
Evitar el debate profundo y hacer de cuenta que no pasa nada, no ayudará a sortear este intríngulis. Imaginarlo es demasiado infantil. Los problemas están ahí, agudizándose y listos para mostrar su peor cara. Si no se asume la realidad ella, más tarde o más temprano, concurrirá a la cita.

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Optando entre matices

El año electoral plantea una situación tan incómoda como inconducente. La grieta sigue al rojo vivo, pero las imprescindibles medidas ni siquiera aspiran a asomarse.
 

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

La incertidumbre se ha apoderado del escenario. La gente viene transitando momentos de angustia extrema porque cree que su futuro depende de cuestiones que se terminarán de dilucidar en algunos pocos meses más.
Uno de los datos que corroboran los preocupantes estándares de subdesarrollo de esta sociedad es la enorme influencia que tienen los comicios presidenciales en la cotidianidad de los ciudadanos.
Cuando los proyectos personales, los sueños y los anhelos de cada habitante están tan gigantescamente supeditados a un incidente político significa que se ha confirmado el catastrófico fracaso como comunidad.
Los países más desarrollados del mundo, esos que tantos desean imitar y que estiman ejemplos dignos de consideración, no sufren estos cimbronazos. Allí los cambios políticos son evolutivos y no dramáticos.
La inmensa mayoría hoy siente que el rumbo se está definiendo de un modo exagerado. No sólo aparece esta división ya clásica que separa a tantas familias y amigos, sino que todo se percibe como una tragedia insostenible.
No se puede, ni se debe, subestimar ningún proceso político, pero tampoco es fácil adivinar qué sucederá en cada caso, porque lo que afirman los políticos no necesariamente es lo que finalmente harán si logran triunfar. Hacer futurología no parece demasiado recomendable en esta coyuntura. Intentar analizar qué es lo que ocurrirá si triunfan en las elecciones unos u otros no es una tarea sencilla e implica partir de múltiples suposiciones.
Si para evaluar todas esas interpretaciones sólo se considera la retórica de los candidatos se puede arribar a ciertas conclusiones, pero si se toman en cuenta las acciones concretas que cada uno ha llevado adelante en la práctica, los resultados de esas elucubraciones serán bien diferentes.
Es bastante complejo en tiempos de brutal cinismo creer en la interminable dinámica de los discursos demagógicos. No existen antecedentes suficientes para considerar ese paradigma como una referencia razonable.
Sobre lo que se dice se puede opinar y mucho, pero sobre lo ocurrido en términos pragmáticos, la discusión se acota, porque ya no se trata de retorcidas suposiciones, sino de realidades contundentes menos ambiguas.
En ese contexto, los oportunistas de siempre no pierden la ocasión de proponer una mirada apocalíptica. Se trata de un perverso juego que invita a la gente a decidir entre una alternativa aceptable y el caos. Bajo esa dialéctica opera el sistema y suele conseguir su mezquino objetivo.
Todo se plantea en términos de blanco o negro, como si esos colores estuvieran disponibles en esta gama que ofrece la política. Eso no es verdad, esas no son las variantes entre las que habrá que decidir.
Ateniéndose a los hechos, mirando lo que sucede y dejando de lado las pasiones, las actuales supuestas opciones cuando gobernaron implementaron planes que tienen una larga nómina de alevosas similitudes.
Un Estado elefantiásico, torpe e ineficaz, una corrupción enquistada en todas las jurisdicciones del gobierno, un empresariado prebendario e hipócrita, un sindicalismo fraudulento, en definitiva, corporaciones por doquier con poder discrecional que interfieren en la vida de la gente.
Una justicia cuestionable, un sistema educativo pésimo, un servicio de salud inequitativo, un régimen político sin representatividad y una economía intervencionista, con presión tributaria insoportable, regulaciones que desalientan la inversión, industrias subsidiadas y una legislación laboral deplorable son sólo una parte ínfima de este inmoral cóctel de décadas.
Es muy difícil visualizar diferencias sensibles en materia de propuestas relevantes entre los actores de la política contemporánea. Todos esbozan sólo sutiles matices de este absurdo desmadre, de este ridículo dislate.
En todo caso la polémica pasa, simplemente, por los niveles de intensidad que cada uno de los sectores imprime sobre las problemáticas actuales. Es importante tomar nota de esta circunstancia para no dejarse confundir. Pese a la lógica binaria que instalan los interesados en esta polarización, nadie habla de revolucionar nada, mucho menos aún de solucionar algo, o resolver las causas intrínsecas de cada uno de los dilemas a enfrentar. No existen propuestas que vayan al hueso, que intenten erradicar eternos conflictos, que sean el remedio para los padecimientos estructurales de la sociedad. Sólo ofrecen paliativos y pocas veces consiguen avanzar en algo. El país enfrentará en muy pocos meses más una nueva oportunidad de repensar su porvenir. Los ciudadanos reflexionan ahora sobre aspectos secundarios, vinculados a los estilos, a las formas y no al fondo. Todo lo que se observa ahora es cómo se presentan los candidatos, se discuten nombres y nunca proyectos, se sigue a las personas y no a las ideas. Esto implica un final cantado. Nada bueno saldrá de ese esquema. 
Por mucho que se esfuercen los gurúes en plantear falsas disyuntivas, la nación deberá asumir muy pronto sus enigmas y afrontarlos. Las imperceptibles tonalidades no brindan soluciones para esa agenda.
Evitar el debate profundo y hacer de cuenta que no pasa nada, no ayudará a sortear este intríngulis. Imaginarlo es demasiado infantil. Los problemas están ahí, agudizándose y listos para mostrar su peor cara. Si no se asume la realidad ella, más tarde o más temprano, concurrirá a la cita.