La fatal arrogancia de los argentinos
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La fatal arrogancia de los argentinos

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

Es posible que sea el espíritu deportivo tan arraigado por estas latitudes. Tal vez sea una cuestión ancestral o quizás producto de ese tan particular esquema migratorio que consiguió integrarse con la tradición europea.
Es complejo saber cuál es la causa, pero sí es elocuente que el argentino promedio dispone de un nefasto instinto competitivo que lo convierte en insoportable ante la derrota y delirantemente exitista frente a la victoria.
Esa criticable conducta lo lleva a creerse el mejor de todos en ciertas circunstancias y, en otras, repentinamente, la peor escoria del planeta. La realidad, probablemente, no esté ubicada en ninguno de esos dos extremos.
Algunos creen que la necesidad de sobresalir, producto de la manifiesta inseguridad, lleva a exagerar todo para ser idolatrado o victimizado, según el desenlace. Ser intrascendente no parece ser un rol muy confortable.
Si algo ha salido mal es porque alguien es culpable de ese fracaso. En ese caso vale la pena identificarlo rápidamente para amedrentarlo con múltiples insultos y despotricar contra él utilizando todos los medios a la mano.
Obviamente, cuando todo sale extraordinariamente bien, el mérito es indiscutiblemente propio y es motivo suficiente para iniciar una secuencia interminable de burlas sistemáticas cuya meta es humillar al adversario.
Esa patética actitud no representa a la generalidad, ya que la inmensa mayoría de los locales no encaja en esa deplorable descripción, sin embargo, el enorme ruido que hace ese grupo minoritario alcanza para señalar a todos por esos presuntos atributos.
En el actual escenario del coronavirus ha reaparecido, una vez más, esta dinámica archiconocida. Claro que en esta ocasión la temática es más sensible y, por ello, esta ya habitual fachada es mucho más repudiable.
Una cosa es alardear desmesuradamente por un triunfo en un partido de fútbol convirtiéndolo en un hecho épico, y otra situación bien diferente es exhibir orgullosamente cifras que contabilizan muertos sólo porque son menores que las de otras naciones a las que, cínicamente, después se invoca como hermanas.
No existe la posibilidad del éxito cuando todo se trata de enumerar fallecimientos o cuando las familias se empobrecen sistemáticamente resignando calidad de vida, futuro y proyectos personales con sueños rotos.
No hay nada para alegrarse. En todo caso se está intentando dar lo mejor para minimizar el impacto y salir eventualmete de esta pesadilla con el menor daño. No será gratis esta aventura y el desafío es superarla disminuyendo un drama que habrá que aceptar con una genuina humildad.
Frente a esta calamidad se debe ser muy cauto. Se sabe poco y nada de ella, y a cada momento se refutan creencias que sólo tienen unas pocas semanas de haber sido originalmente planteadas. La ciencia avanza, estudia el asunto en profundidad, pero no dispone de rotundas definiciones.
Las noticias diariamente reportan los números de infectados, de decesos y personas hospitalizadas. Utilizar estas estadísticas para establecer un ranking de la tragedia es, como mínimo, brutalmente perverso.
Ante ese panorama, caer en la trampa de compararse con otros países, ya no para aprender sino para intentar ufanarse de una supuesta grilla de gloriosos aciertos, es de una altanería incalculable e inadmisible.
En momentos en los que absolutamente nadie sabe por qué en algunas naciones el virus fue tan potente mientras que en otras no, arribar a conclusiones parece un acto de pedantería totalmente inaceptable.
Los más prestigiosos científicos no han logrado explicar aún cuál es la razón por la que el covid-19 ha sido tan arrasador en ciertas regiones de una comunidad y que, a escasos kilómetros, en otra muy cercana, ha transcurrido de forma casi imperceptible. Decenas de interrogantes siguen sin respuesta.
Ninguna de las hipótesis se impone. El clima, la densidad poblacional, el vínculo globalizado, las costumbres domésticas, las actividades económicas; nada de eso explica integralmente el comportamiento del virus.
Cuando esa temeraria posición de vanagloriarse es encabezada públicamente por las máximas autoridades, el problema institucional es mucho más grave. Allí donde debería reinar la prudencia, emerge, sin filtro alguno, una grosera e imperdonable arrogancia.
Hace muy pocas semanas que esta histeria colectiva se apoderó del mundo casi inexplicablemente. Es bastante engorroso entender hasta ahora las razones por las que se ha reaccionado de este modo.
Es mucho más difícil aún saber si se ha reaccionado adecuadamente en base a lo conocido, o con una desproporción irracional tomando como base de análisis ciertas coyunturas asimilables ocurridas en el pasado.
En las competencias los resultados no se festejan jamás hasta que no finaliza el juego. Pareciera que los más ansiosos están dispuestos a celebrar anticipadamente luego de afirmar que no saben ni cómo sigue, ni cuándo ni cómo termina. Se trata, claro está, de una postura inconsistente.
Llamar a la reflexión sobre esto puede parecer un esfuerzo sin sentido. Pero tal vez sea mejor que quedarse en silencio y dejar que el discurso único se instale en las mentes de los más incautos sin resistencia alguna.

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La fatal arrogancia de los argentinos

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez

Es posible que sea el espíritu deportivo tan arraigado por estas latitudes. Tal vez sea una cuestión ancestral o quizás producto de ese tan particular esquema migratorio que consiguió integrarse con la tradición europea.
Es complejo saber cuál es la causa, pero sí es elocuente que el argentino promedio dispone de un nefasto instinto competitivo que lo convierte en insoportable ante la derrota y delirantemente exitista frente a la victoria.
Esa criticable conducta lo lleva a creerse el mejor de todos en ciertas circunstancias y, en otras, repentinamente, la peor escoria del planeta. La realidad, probablemente, no esté ubicada en ninguno de esos dos extremos.
Algunos creen que la necesidad de sobresalir, producto de la manifiesta inseguridad, lleva a exagerar todo para ser idolatrado o victimizado, según el desenlace. Ser intrascendente no parece ser un rol muy confortable.
Si algo ha salido mal es porque alguien es culpable de ese fracaso. En ese caso vale la pena identificarlo rápidamente para amedrentarlo con múltiples insultos y despotricar contra él utilizando todos los medios a la mano.
Obviamente, cuando todo sale extraordinariamente bien, el mérito es indiscutiblemente propio y es motivo suficiente para iniciar una secuencia interminable de burlas sistemáticas cuya meta es humillar al adversario.
Esa patética actitud no representa a la generalidad, ya que la inmensa mayoría de los locales no encaja en esa deplorable descripción, sin embargo, el enorme ruido que hace ese grupo minoritario alcanza para señalar a todos por esos presuntos atributos.
En el actual escenario del coronavirus ha reaparecido, una vez más, esta dinámica archiconocida. Claro que en esta ocasión la temática es más sensible y, por ello, esta ya habitual fachada es mucho más repudiable.
Una cosa es alardear desmesuradamente por un triunfo en un partido de fútbol convirtiéndolo en un hecho épico, y otra situación bien diferente es exhibir orgullosamente cifras que contabilizan muertos sólo porque son menores que las de otras naciones a las que, cínicamente, después se invoca como hermanas.
No existe la posibilidad del éxito cuando todo se trata de enumerar fallecimientos o cuando las familias se empobrecen sistemáticamente resignando calidad de vida, futuro y proyectos personales con sueños rotos.
No hay nada para alegrarse. En todo caso se está intentando dar lo mejor para minimizar el impacto y salir eventualmete de esta pesadilla con el menor daño. No será gratis esta aventura y el desafío es superarla disminuyendo un drama que habrá que aceptar con una genuina humildad.
Frente a esta calamidad se debe ser muy cauto. Se sabe poco y nada de ella, y a cada momento se refutan creencias que sólo tienen unas pocas semanas de haber sido originalmente planteadas. La ciencia avanza, estudia el asunto en profundidad, pero no dispone de rotundas definiciones.
Las noticias diariamente reportan los números de infectados, de decesos y personas hospitalizadas. Utilizar estas estadísticas para establecer un ranking de la tragedia es, como mínimo, brutalmente perverso.
Ante ese panorama, caer en la trampa de compararse con otros países, ya no para aprender sino para intentar ufanarse de una supuesta grilla de gloriosos aciertos, es de una altanería incalculable e inadmisible.
En momentos en los que absolutamente nadie sabe por qué en algunas naciones el virus fue tan potente mientras que en otras no, arribar a conclusiones parece un acto de pedantería totalmente inaceptable.
Los más prestigiosos científicos no han logrado explicar aún cuál es la razón por la que el covid-19 ha sido tan arrasador en ciertas regiones de una comunidad y que, a escasos kilómetros, en otra muy cercana, ha transcurrido de forma casi imperceptible. Decenas de interrogantes siguen sin respuesta.
Ninguna de las hipótesis se impone. El clima, la densidad poblacional, el vínculo globalizado, las costumbres domésticas, las actividades económicas; nada de eso explica integralmente el comportamiento del virus.
Cuando esa temeraria posición de vanagloriarse es encabezada públicamente por las máximas autoridades, el problema institucional es mucho más grave. Allí donde debería reinar la prudencia, emerge, sin filtro alguno, una grosera e imperdonable arrogancia.
Hace muy pocas semanas que esta histeria colectiva se apoderó del mundo casi inexplicablemente. Es bastante engorroso entender hasta ahora las razones por las que se ha reaccionado de este modo.
Es mucho más difícil aún saber si se ha reaccionado adecuadamente en base a lo conocido, o con una desproporción irracional tomando como base de análisis ciertas coyunturas asimilables ocurridas en el pasado.
En las competencias los resultados no se festejan jamás hasta que no finaliza el juego. Pareciera que los más ansiosos están dispuestos a celebrar anticipadamente luego de afirmar que no saben ni cómo sigue, ni cuándo ni cómo termina. Se trata, claro está, de una postura inconsistente.
Llamar a la reflexión sobre esto puede parecer un esfuerzo sin sentido. Pero tal vez sea mejor que quedarse en silencio y dejar que el discurso único se instale en las mentes de los más incautos sin resistencia alguna.