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Cuando la música era protagonista del cine

El cine pone en movimiento la imaginación, buen principio para empezar cualquier cometido. Y su banda sonora es el clima, la temperatura que las imágenes siempre tienen detrás. Esas bandas memorables que hicieron del cine un verdadero espectáculo. Esas de ayer, con fuerza y garra. Elocuentes e inolvidables.

Por El Litoral

Domingo, 06 de septiembre de 2020 a las 01:01

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Es una manera de decir como en los años 30, 40, 50, 60; las bandas sonoras de filmes se “jugaban la vida” protagonizando cada secuencia, dando vida a los parlamentos, a los silencios, ejerciendo también, de manera exacta, el clima y el estado de ánimo exigidos por cada escena de la historia cinematográfica.
El salto de la tecnología cambió para siempre la ceremonia semanal del cine. Lo proyectó técnicamente, pero todo aceleró la anulación de la mística del séptimo arte. De pronto las grandes salas, que alojaban con gran comodidad a toda la gente en sus amplias plateas: baja, alta, cazuela y paraíso, fueron cercenadas por la conveniencia del peculio, que las convirtió en multicines, es decir, en el mismo predio de una mucho más, pero mucho más chica, tirando por tierra la magia de la ensoñación. Aún recordamos las largas colas para acceder, el silencio que todos hacíamos cuando lentamente las luces iban apagándose, primeramente el corrido del telón del generoso escenario, luego la imagen de inicio de la película que ya se proyectaba sobre el segundo telón transparente, donde se avizoraba el haz de luz con las imágenes sobre la gran pantalla que indicaban el inicio con el sonido cubriendo rápidamente todo el ámbito, que en silencio y pendientes nos sumíamos en la historia que ya se vislumbraba en los primeros fotogramas.
Las bandas sonoras que acompañaban cada producción eran protagonistas de excepción y casi como un duelo dirimían fuerzas con el elenco para darle más énfasis, veracidad, naturalidad, al libreto sacado del libro autoral. Es más, ocurrían hechos que popularizaban cada obra musical: los sellos discográficas sumaban a su repertorio temas que fueron éxitos de películas, extraídos justamente de ellas por sonar muy bien, asegurando la venta de taquilla como los propios discos que las radios se encargaban de difundir.
Han sido muchísimos los autores que imprimieron su impronta musical en la industria cinematográfica, pero muy pocos los que llegaron merecidamente al éxito. Para esta cita que pretende denotar la revolución del cine de esas décadas, tomamos algunos que han sido reflejos fieles de ese arte. Por ejemplo, el austríaco Max Steiner supo lanzar dos grandes aciertos amén de su abultado patrimonio: la banda sonora de “Lo que el viento se llevó” y el de “Casablanca”; también la famosa primera versión de “King Kong”. Aseguran los especialistas que Steiner fue el más importante compositor de los años 30. Los tres autores, Herbert Stohart, Harold Arlen y E. Y. Harburg, que dieron vida a la obra musical del “Mago de Oz”. El cine argentino también tuvo a muy importantes compositores, pero sobresalen: Lucio Demare por la banda sonora “La Guerra Gaucha”, dirigida por su hermano Lucas Demare. Lalo Schiffrin, el laureado músico argentino con una previa en su país antes de viajar a los Estados Unidos, “El Jefe”, con Alberto de Mendoza, dirigida por Ayala-Olivera. Para la televisión americana consolidó éxitos mundiales: “Starsky y Hutch”,“Mannix”, “Misión Imposible”, que en 1996 pasara al cine de la mano del director Brian de Palma, como así “Harry el Sucio”, “Bullit”, “The Cincinnati Kid”, etc. La recordada partitura de la película argentina “El Juan Moreyra”, de Leonardo Favio, compuesta por Pocho Leyes y Luis María Serra.
El prolífico italiano nacido en Milán, Nino Rota, que desde muy joven compuso para cine. Los títulos que acompañó su música hablan por sí mismos y eso que solamente mencionamos algunos: “Amarcord”, “8 y ½”, “La Dolce Vita”, “La Strada”, “El Padrino”, “Romeo y Julieta”, de Zefirelli. Dimitri Tiomkin, nacido en Ucrania pero nacionalizado estadounidense, compuso importantes bandas sonoras: “Alicia en el país de las maravillas”, de Disney; “La sombra de una duda”; “A la hora señalada”, cantada por Franklin Lane, protagonizada por Gary Cooper y Grace Kelly; “Gigante”, con James Dean; “Duelo de Titanes”, con Kirk Douglas y Burt Lancaster; “El viejo y el mar”, con Spencer Tracy; “Río Bravo”; “El Alamo”, con John Wayne; “Los cañones de Navarone”; “55 días en Pekín”, etc. El inglés John Williams, con una carpeta de éxitos rotundos: “E. T. El Extraterrestre”, “Tiburón”, “Superman”, “La Guerra de las Galaxias”, “Indiana Jones”, “Parque Jurásico”, etc. Bernard Herrman, con dos películas míticas: “Ciudadano Kane”, de Orson Welles, y “Psicosis”, de Alfred Hitchcock.
Es decir, la banda sonora no solo permitía coprotagonizar con el elenco de igual a igual siguiendo cada tic de estado anímico: intenso, sereno, dramático, de marcado suspenso, alegría, saludable humor, las pausas que acrecentaban cada escena, que también es sonido que se suma a la banda para enriquecerla, sino que ejercía con idéntica fuerza de expresión al brillante parlamento. Hoy, sin embargo, la música depuso su ubicación pasando a segundo plano, ya que los efectos especiales pasaron a sumar, tomando su lugar. 
Decíamos que las productoras, para sumar suceso, se encargaban de difundir los pasajes de bandas sonoras de mayor gancho, produciendo con caracterizados sellos discográficos discos que rápidamente se vendían y aseguraban de antemano una legión de espectadores, es decir, taquilla millonaria. De esos temas de películas que se escuchaban por doquier a través de radios y hasta en el tarareo y el silbido de las personas, podemos mencionar: “El amor es una cosa esplendorosa”, de la producción “Angustia de un querer”, con William Holden y Jennifer Jones; “Los puentes sobre el río Kwai”, el pasaje marcial que con silbidos escenificaban a los soldados americanos e ingleses, prisioneros de los japoneses, interpretada por William Holden, Alec Guinness y Sessue Hayakawa; “Algo para recordar”, cantada por Vic Damone, interpretada por Gary Grant y Deborah Kerr; la recordada “Laura”, con Gene Tierney y Dana Andrews; “Según pasan los años”, “Casablanca”. Pero hay una banda sonora que nos golpeó fuertemente a los amantes del cine y que alguna vez hicimos lo mismo, solicitándole al proyectorista de algún cine amigo que nos regale algún fotograma de celuloide de la película soñada. Yo lo sé porque lo hice mucho antes que “Cinema Paradiso”, sin descalificar esa obra maestra de la nostalgia de un tiempo que fue, cuando la sensibilidad nos hacía “zancadillas”, motivándonos hasta las lágrimas en tantos recuerdos tristes y felices de la niñez. Ennio Morricone, el gran compositor nacido en Roma, supo plasmar toda la emotividad en la película de Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso”. Su versión toca hasta los tuétanos y nos hace vibrar memorando ese cine cuyas ficciones eran realidades que humedecían los ojos o producían saludables alegrías. Ennio Morricone tuvo grandes éxitos componiendo bandas sonoras, entre otras: “The Hateful Eight”, “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo”, “La misión” y, por supuesto, “Cinema Paradiso”, en 1988. Ese cine cómplice en el que nos metíamos de cabeza, ese espectáculo inigualable que nos hacía llorar o reír ha dejado ese principio de fabricante de sueños. Creíbles. Posibles. Tan ciertos que nuestra niñez los hacía posibles porque la imaginación era una facultad sin límites, pero más que nada se parecía bastante a nosotros mismos. Sabíamos por nuestra perseverancia de que en el horizonte estaba la esperanza haciendo posible lo imposible. La banda sonora de ayer, brillante y notoria, la voz, el susurro, el canto, hacían del cine un relato destacado. Porque soñar es saludable y motiva a intentar siempre hasta lograrlo.

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