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Prisioneros de sus propias recetas clientelares

En épocas de calamidades la sociedad demanda especial atención por parte de los gobiernos y los caudillos despliegan su costado más perversamente dadivoso. La historia inexorablemente culmina de la peor manera. 

Por Alberto Medina Méndez

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez

Esta dinámica se ha constituido en un círculo vicioso casi eterno que, pese a la evidencia demoledora, se repite dramáticamente como esa sucesión de errores tan completamente predecibles como absolutamente injustificables.

En ocasiones tan inusitadas, muchos ciudadanos creen, honestamente, en que el Estado puede mágicamente resolverlo todo. Entienden que cuando asoma un acontecimiento de características singulares no hay más remedio que acudir a estos instrumentos para hacerle frente a la desgracia.

Bajo ese paradigma, el coronavirus ha encajado perfectamente en esa descripción. Ante semejante coyuntura las decisiones extremas como los confinamientos y la aplicación de restricciones desproporcionadas se multiplicaron en todo el planeta con una ingeniosa variedad de matices.

Luego sobrevino el aterrizaje de un conjunto de disposiciones extraordinarias de la mano de incalculables fondos públicos destinados a paliar los esperables impactos en la flamante realidad global. En una demostración de poder, las grandes potencias aprobaron aceleradamente “generosos” paquetes que garantizaban el financiamiento de programas de asistencia a los damnificados por esta inusual adversidad.

Subvenciones a empresas, subsidios a desocupados, apoyo para ciertos segmentos y una artillería de creativas formas de repartir el dinero ajeno y también aquel otro espuriamente impreso para aceitar la maquinaria distributiva como si nadie la pagara, ya son parte del paisaje. Subsidios a la oferta, a la demanda, amparos puntuales y sectoriales fueron la partitura de ese repertorio inicial que luego se ha ido perfeccionando

Por estas latitudes, las naciones menos desarrolladas apelaron a otras variantes menos onerosas, pero igualmente simpáticas para los votantes. Los políticos, ni siquiera frente a la catástrofe pierden sus mañas y no desperdician ninguna ocasión a la hora de obtener el máximo provecho.

Aquí, la liturgia local, haciendo gala de su infinita inventiva, además de recurrir a las tradicionales herramientas agregó una ampulosa batería de medidas de inconfundible corte populista.

Precios máximos en alimentos, congelamiento de tarifas de servicios, prohibición de desalojos, suspensión de aumentos de alquileres, prórrogas recurrentes de la vigencia de la doble indemnización por despido y la lista prosigue así casi indefinidamente.

Lo que llegó como una excepcionalidad se ha transformado no sólo en una nefasta rutina, sino en una suerte de indestructible telaraña. Los argumentos utilizados oportunamente no se han desvanecido para nada y eso es grave.

La pandemia, las cuarentenas y la avalancha de regulaciones implementadas durante meses gestaron una colosal recesión que derivó en desempleo, cierres de empresas, deterioro del salario, disminución de las ventas, engendrando un cóctel explosivo de insospechadas proporciones.

Nadie parece haber tomado nota de las distorsiones provocadas por esta clase de determinaciones cuasimesiánicas. Negocios que se desarticulan rápidamente, desinversión inmobiliaria, obsolescencia tecnológica, caída de la rentabilidad, desincentivos a la generación de puestos de trabajo, informalidad creciente, entre tantas otras secuelas muy elocuentes.

Cuanto más tiempo se prolonguen estos disparates, más impetuosas serán las repercusiones negativas de mediano plazo. En economía se puede hacer cualquier cosa, pero es imposible eludir las consecuencias de esas acciones. Los testimonios que validan esta afirmación están a la vista más que nunca.

El problema de estas supuestas “fabulosas” soluciones es que escapar de ellas resulta tortuoso para todos. Algunos ciudadanos creen que esas protecciones deberían configurar un derecho inalienable, permanente y por lo tanto cualquier intento por desarticular este anhelo merece una condena moral. Lo que en su momento fue una excelente noticia para la comunidad y que colocaba a esos líderes al nivel de los superhéroes no se puede sostener indefinidamente. Los gobernantes son conscientes de este drama, aunque no tengan el coraje de reconocerlo públicamente. Así emerge un nuevo conflicto en proceso. Es que el complejo dilema actual consiste en establecer cuándo finalizar el ciclo de las ayudas y cómo interrumpir esa secuencia financieramente insostenible en el tiempo. Lo que nació como una esperanza para todos, en cierta circunstancia marginal, ahora se parece a una cárcel y ningún político sabe muy bien cómo desarmar esta madeja sin pagar elevados costos en su popularidad.

Aunque parezca mentira, la ciudadanía y la dirigencia política se encuentran entrampados gracias a sus fallidas creencias. Lo que parecía obvio e ineludible en aquel instante hoy es un intríngulis difícil de esquivar, al menos sin soportar los azotes derivados de un abrupto desenlace.

La inteligencia estará en desmantelar eficazmente aquello, lo que implica hacerlo de una vez y sin escalas, ya que en estos menesteres sólo se amplificarían los efectos adversos complicando las chances de alcanzar estándares de sensatez que pongan a cada cosa en su lugar.

Como siempre, el primer paso consiste en entender lo que sucede. El siguiente es hacer el duelo comprendiendo que hay que huir pronto de este esquema y que eso debe hacerse velozmente para evitar mayores daños.

Luego habrá que diseñar un pormenorizado plan que sea capaz de minimizar la destrucción durante la transición y sobre todo que pueda brindar certezas sobre el futuro a los actores para que quede claro el rumbo definitivo. 

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