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Retenciones: el Gobierno quiso encerrar al campo en su lógica del odio

Por Cynthia Hotton 

Publicado en Infobae

Las idas y vueltas del Gobierno con las retenciones y los cupos a la exportación ponen en evidencia que no sabe cómo bajar el precio de los alimentos. Por suerte dio marcha atrás con las medidas ante la reacción desesperada de los productores rurales. No fue un simple error de diagnóstico ni una medida improvisada. Ya antes lo había anunciado Cecilia Todesca, vicejefe de Gabinete; días después de que lo hiciera Matías Kulfas, ministro de Desarrollo Productivo, y pocas semanas luego del 12 de enero, cuando el campo tuvo que hacer un paro ante una amenaza similar del Ejecutivo.

Hagamos memoria. No pasó una semana luego de que Alberto Fernández dijera: “Preferiría no hacerlo, pero si el campo no entiende, voy a subir las retenciones o establecer cupos”. Parecía querer poner a los productores rurales entre la espada y la pared: si se resisten a la suba de retenciones, impondrán mayores restricciones a los cupos de exportación. También dijo: “Cuando estoy hablando de estas cosas no estoy contra el campo, estoy a favor de la mesa de los argentinos”. Es él mismo quien insinúa una oposición entre el campo y el resto de la sociedad. Una oposición que no existe, pero que se trató de instalar.

Lo cierto es que recién el miércoles pasado convocó a una mesa de diálogo con el campo. Los anuncios existieron y de algún modo admitió que las medidas que iba a tomar serían, como siempre que se aplicaron, un nuevo error. Aumentar las retenciones para bajar el precio interno de las materias primas no funciona. Según un reciente estudio de la Bolsa de Cereales, en el hipotético caso de que lograsen bajar un 10% los precios internos, el kilo de pollo que hoy está “cuidado” en $133,90 o del asado, a $429, bajaría apenas tres pesos y el pan, solo dos. Un número insignificante para el bolsillo del consumidor.

El cambio en verdad es significativo para las arcas del Gobierno. Las materias primas solo representan entre un 10% y un 20% del precio final en toda la cadena productiva. En el precio del pan inciden mucho más los impuestos, que componen un 25% del precio final, que el costo del trigo, que solo significa un 13%. El caso de la carne es similar: mientras el costo de la cría del novillo es del 30% y el del engorde el 22%, solo los impuestos equivalen a otro 30%. Nadie podía pretender en serio bajar el precio en góndola con este tipo de medidas.

Pocos admitirán en el Ejecutivo que para bajar el precio de los alimentos hubiera sido mucho más efectivo reducir la carga impositiva. La omisión deja en claro que las intenciones eran claramente recaudatorias, porque la suba de retenciones no causa la reducción indirecta del precio de los alimentos, sino que aumenta directamente la recaudación del Estado.

En el campo cada vez tienen más miedo de producir o invertir porque se está convirtiendo en una actividad de riesgo. Esto significa que en el futuro habrá menos oferta de materias primas también en el mercado interno y, por lo tanto, más inflación. ¿Tan difícil es entender que esta táctica en economía resulta autodestructiva? Aniquilar al enemigo no es como en política, acumular poder, sino generar desabastecimiento e inflación.

El pasado miércoles el Presidente además dijo: “Debemos sentarnos seriamente a ver cómo construimos a través del diálogo y prestarle menos atención a los profetas del odio”. Esperemos que este llamado al diálogo sea sincero. Las organizaciones rurales tienen hace tiempo propuestas para solucionar el problema y están esperando sentarse a la mesa con el Gobierno. En la producción, lo que funciona no es el miedo ni la coerción, sino el estímulo. Por ejemplo, que en el sector se repliquen incentivos similares al del rubro automotriz: si aumentan las exportaciones, disminuyen las retenciones, sin resentir la recaudación.

El problema del Gobierno con los productores se extiende a todos los sectores. Lo que sobre todo preocupa es que quiera convertir en “profetas del odio” a todo aquel que se anime a advertir la incompetencia o la prepotencia del oficialismo. Sin embargo, Fernández cae también en su propia trampa: él mismo se está convirtiendo en profeta del odio, intentando encerrar en su lógica al campo, el cual gracias a su razonabilidad y predisposición, pudo escapar. Tiene de quien aprender. En la Argentina el principal profeta de la lógica del odio es el kirchnerismo.

La impericia del Gobierno nos deja perplejos. Su apego a un relato falaz y fracasado, su papel de profesor bueno para juzgar quién es amigo o enemigo y su desesperación cortoplacista por aumentar la recaudación pusieron en riesgo la oferta de alimentos y están poniendo en riesgo el país.

Pero toda la dirigencia política está fallando hace años en crear y llevar adelante un plan a largo plazo que tenga por objetivo el desarrollo sustentable. La única salida a la crisis es poner el foco en la producción y el empleo en el marco de la ley.

Y es por esto que el profesor Fernández nos deja una nueva enseñanza: “Lo que creo que le falta a la Argentina son ideas, voluntad y ética de muchos”, dijo. El buen ejemplo comienza por casa. Necesitamos menos enfrentamientos y más diálogo sincero, menos relato y más políticas efectivas, menos coerción y más estímulos para la producción y el trabajo.

Los precios van a bajar el día en que recuperemos la confianza en un Gobierno que conduzca un plan consensuado de crecimiento. Y eso depende de incluir a todos los sectores en la construcción de un proyecto común. Necesitamos hechos y no palabras.

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