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Cuaderno de viaje al corazón de los saberes rurales

Por Carlos Lezcano

Especial para El Litoral

Esta entrevista surgió de la lectura de unas breves y entrañables crónicas que escribió Eugenia Kusevitsky en 2020 en su Facebook, una bitácora que, como aquellos viajeros del siglo XVIII o XIX, iban acompañadas de dibujos y en el suyo, además, de algunas fotos.

El recorrido fue simple y breve porque va de Concepción por el Paso Aguirre a Mburucuyá y luego a Manantiales, justo “cuando agosto carga colores en su pincel”.

El viaje no es un paseo, porque no es solo un pasar por un lugar sino  un detenerse en cada sitio para zambullirse en esas realidades con una postura clara: “no romantizar” nada, es decir no folclorizar la pobreza. El camino y los encuentros fueron, persona a persona, una confluencia de saberes sencillos y hondos.

Eugenia mira y mira como florecen en las manos de las artesanas los objetos que realizan con vertical paciencia. Se acerca, se asombra y se conmueve ante cada artesana, esas portadoras de viejas historias, percibe la hondura del campo correntino y de regreso desovilla signo a signo las semillas y las flores, los bichitos y los sapos, los saberes dichos y los silencios, las miradas, las manos, en fin, la vida en esos lares al derecho y al envés.

Para Eugenia todo habla y por eso su viaje es demorarse en los detalles de la existencia de las personas que visita, es una experiencia de vida, un recorrido de asombros no solo visuales sino una atenta escucha de los latidos de esos parajes solares correntinos sintiendo el contraamparo de sus gentes.

El viaje es, en definitiva para ella, un dibujo en su corazón de ese mundo rural antiguo que pervive en cada persona, en su luz, en su sombra.

—El 14 de agosto estuviste en Manantiales. ¿Cómo llegaste ahí y quién es Mimí? 

—Dalmira Cañete es “Mimí”, así la conocen en el paraje. El viaje a Manantiales surge visitando Mburucuyá en realidad; viajamos con un equipo desde Concepción. Visitábamos los pueblos conociendo a los artesanos y artesanas que trabajan con técnicas tradicionales de Corrientes; a través del Programa de Artesanos de Iberá fui convocada por Hada Irastorza, a quien siempre agradezco las oportunidades que me brinda. Me ofrecí a acompañarla, a registrar, fotografiar, como una búsqueda personal, a documentar y difundir mediante crónicas pequeñas, oficios y trabajos más artesanales. Ver cómo puedo fusionar e incorporar a este paisaje nuestro a mi trabajo, ver cómo sirvo como herramienta para el programa. Todo el registro es por mi cuenta, fuera del programa mismo, pero este es la excusa que yo encontré para movilizarme. 

—¿Y qué estabas buscando? 

—Confío mucho en la ciclicidad de los procesos que llevan un cierre y se vuelven a abrir de otra manera. Este último tiempo me volví a encontrar o intenté reincorporarme a mi trabajo de diseñadora gráfica y seguir buscando cosas características de Corrientes, ampliando y profundizando un poco más vivencias que me identifiquen y que puedan inspirar a mi trabajo, aparte de seguir aportando identidad a mis proyectos. Busco tener un relato más fundamentado en las características de los colores, las formas, no solo morfológicas de las cosas y de las plantas, sino la forma de la gente, las comidas, el encuentro, los espacios, los ritmos... esas cuestiones. Siempre quiero encontrar las maneras de colocar esto dentro de mi trabajo. Me cuesta separar realmente dónde soy diseñadora, dónde difundo, dónde trabajo en asistencia a otras personas y colaboro, pero de un tiempo a esta parte ya me hallo en este lugar. Me gustan mucho el bordado, el tejido, la ilustración, e intento integrarlo todo, o lo que pueda. En los viajes voy tomando anotaciones de las personas a las que vamos visitando, pero sobre todo intento registrar y captar de alguna manera esos rasgos. 

—¿Qué viste en Dalmira? 

—Primero fue la sorpresa de encontrar cosas que uno cree que no existen en su tierra, o sí pero que no las vas a encontrar, esto del trabajo y los oficios tan arraigados al día a día, con una forma simple de vivir, que a veces me roza mucho. Una mujer sola, que vive en medio de los palmares, valiente, con sus vacas, sus gallinas y su montado, una sequía tremenda, sin la suficiente asistencia estatal, pero pasando sus días en una tranquilidad inconcebible a veces para quienes salimos de la ciudad. Una persona como ella, y tantas otras, con tantos conocimientos y sin poder, a su edad, tener comodidad, seguridad, es personal, quizás eso sea todo lo que ella necesite. Pero está en mí siempre esa cuestión que se mezcla entre romantizar esas situaciones y ver dónde está la dignidad de esa persona que encuentro, valorar lo que hace con las manos. Yo resignifico mucho a partir de ahí, pero sobre todo intento ser reflexiva y responder con mis acciones y decisiones. 

—El 18 de agosto estuviste con Pedro Gaúna... 

—Es un artesano, a quien yo le había encargado por WhatsApp un canasto para poder trasladar mis materiales de trabajo y difundir su trabajo. En el encuentro nos contaba los recuerdos que tenía de chico incursionando en la cestería con el papá. Esto me había reflejado mucho en su momento, como se puede volver a eso que se conoce en cualquier momento de la vida, contaba cómo un compañero de la escuela le había dicho “yo me acuerdo que vos en la primaria hacías cestos de paja” y narraba mucho esos recuerdos mientras hablábamos; se emocionó una cantidad. Él es repartidor y volvió a retomar el oficio, dándose cuenta de que el lugar donde más se hallaba trabajando era en su casa y que las personas deseaban tener lo que hace. 

—¿De qué material es? 

—La paja pirí, un junco que tiene atrás de su casa en el borde de la laguna, recolecta de ahí nomás, si no va a una laguna que está cerca en la entrada, pero eventualmente en la “limpieza” que la gente hace, se quedaba sin material... Mi intención de los viajes era ver lugares, armar un pequeño diario de viaje y después con la pandemia no pude seguir. Tuve un momento que vi que tenía muchos artesanos y artesanas registrados y quise publicar algo, pero entré en contradicciones: de no ser lo suficientemente responsable con algunas cuestiones como las que te contaba de Dalmira, y a veces también me pasa que no encuentro las palabras o expresiones que realmente puedan transmitir lo que siento o lo que busco compartiendo este material; me gustaría, en el fondo, que no sea algo cliché, que las personas puedan entender y sentir (a veces un poco egoísta como siento) lo que significa trabajar con las manos, tener un don, un oficio, moldear, crear y batallar en el proceso con pensamientos, con estructuras, con miedos, ese encuentro con una misma, uno mismo. Me resulta maravilloso esto. Que no quede como una cuestión folclórica o pura exterioridad. Y por otro lado esto, exactamente. Eso me frena siempre: hay una realidad económica, social, política y ecológica en la que están sumergidos nuestros pueblos y sus habitantes y no quiero nunca olvidarme de esto. En un momento después se nos ocurrió volver a lo de Dalmira para que nos enseñe a hilar y armarnos un campamentito en su casa, poder recompensarla, pagarle por esto, demostrarle que lo que sabe vale muchísimo para nosotras. Pensamos mucho esa idea y quizás pueda suceder. Encontrar las maneras de compartir, ayudar y aprender sin invadir. Y demostrarles que lo que hacen es necesario. 

—¿Cómo son sus herramientas? 

—Son súper rudimentarias, simples, suaves, gastadas; se las había hecho un hijo. Son unos artefactos fabricados a su medida especialmente para ella… Su telar tradicional también le armó su hijo y todo está en su casa. Todo en ese lugar era como de una misma paleta, los colores, el paisaje. Estábamos en un lugar marrón, todo era arena, una casa de barro, bien rancho, bajito, plantitas esparcidas. Cálido y ahumado.

—¿Era invierno? 

—Era invierno, sí. Seco, se notaba en los animales también. En agosto no llovía hacía una cantidad de tiempo. Ella estaba allí y nos mostró cómo hilaba. La pude filmar,  se súper emocionó. Cuando comenzamos a hablar sacó todas sus cosas: manta, boina, poncho, crochet; todas sus herramientas, todo lo que tenía ahí en el momento. Y de alguna manera se la veía reflejada en todo esto. Y esta situación se repite visitando a todos los artesanos y artesanas: comparten con una humildad y un desapego sinceros. Quisiera poder imitar ese comportamiento en mi vida. 

—¿Cuántos saberes puede atesorar una tejedora? 

—Encuentro el tejido como una analogía y una metáfora en todas las cuestiones de la vida, no solo en el tejer como oficio, sino en tejer los vínculos, en tejer los conocimientos; son personas autodidactas  las que visitamos, aprendieron viendo e imitando a sus familiares, a un maestro o maestra cercana. Y entonces el tejido, no solo en lo material sino en lo inmaterial que va arrastrando, que va uniendo. 

—En esos viajes el viento es una constante, ¿no?

—Sí, pienso en la importancia del viento en la música, en el tejido y en la cestería misma. El viento siempre me toca particularmente de entre los elementos de la naturaleza, porque es muy importante no solo en la cuestión del secado de las fibras, sino que tiene esa metáfora de acercanos y alejarnos de situaciones y personas. Acompaña siempre, y cuando se termina de tejer algún cesto o alguna pieza, siempre es importante que airee, que se terminen de secar y marcan la pieza. Viajamos justo en un tiempo en que todas las siestas soplaba el viento Norte, tan presente en nuestra poesía, y a ella le comenzó a doler la cabeza un día que habíamos salido a buscar espartillo en Paraje Capilla, en San Miguel, y luego de haber pasado el día, antes de dormir caí en la cuenta de que el viento había estado todo el tiempo presente, en el movimiento y en el estar en el paisaje, como arrastrándonos. Es una linda metáfora para mí. 

—¿Qué es Flor de Luna? 

—Es un proyecto, una forma de cooperativa, un equipo de mujeres que trabaja en Córdoba; muy diversas en su conformación y desde que me invitaron a colaborar como ilustradora me dieron la oportunidad de transmitir y expresar lo que me trasciende. Siempre intenté aprovechar esa característica federal que tiene y darle lugar en mi trabajo al guaraní, como una constante. El guaraní no solo como lenguaje, sino como forma de vida y valores que están presentes entre nosotrxs, aunque no siempre registremos... 

—¿Qué es el lunario, cómo influye ese movimiento que está muy presente en tu trabajo? 

—Las lunaciones como cierres y aperturas, ritmos más cortos en el tiempo, eso me organiza mucho mis estados emocionales. Organizo mi vida en función de eso, porque tomé la costumbre desde chica, hace bastantes años, cuando comencé a interiorizarme junto con mis amigas en el ciclo menstrual de la mujer, y tomé mucho de eso para manejar mi propia agenda; en un momento, bastante radical. Me di cuenta de que es una herramienta súper poderosa. Por un lado ver cómo sería en las personas, pero más que nada los ritmos de la naturaleza, de los movimientos de la tierra. Ver sobre todo cómo esa cuestión de la claridad, la sombra y la oscuridad, intenta integrar eso a mi trabajo, y en el diseño siempre está esa cuestión del círculo, de lo rítmico, de los movimientos, lo cíclico. Y el lunario me ayudó a organizar mis ritmos en base a decir “bueno, estos tiempos son de actividad, estos tiempos son de calma, acá podemos hacer tales cosas en la huerta”. Ahora que puedo trabajar en la tierra y que tengo mi casa con patio, entonces me aboco mucho a eso, a contemplar; y voy ahí, intentando organizar de vuelta fuera del cuadrado, del calendario como una cuestión rígida, sino intentar movilizar un poco en base a esto. 

—A fines de octubre, en Pellegrini, trabajando en primavera, te encontraste con Marcela Hidalgo. ¿Quién es? 

—Es una bordadora de Colonia Pellegrini; también llegué a ella por el mismo programa de Artesanos del Iberá, en la que estamos ayudando o estoy ayudando, haciendo algunas asistencias para ver cómo podemos generar algunos productos que ella pueda bordarlos y venderlos, con alguna identidad más local, del pueblo. Siempre me pasa que a la hora de abarcar un proyecto o de mirar, o de entrar, a ver en qué estación estamos, cuáles pueden ser los hilos que podemos tirar para empezar a trabajar. Ella borda muchísimas flores; nuestra visita fue en primavera, entonces le dije “vamos a bordar flores” y lo hicimos en patios gigantes, plantas por todos lados, e inspirarnos de eso. Nos reímos esa siesta juntas y quedamos en que íbamos a seguir hablando y compartiéndonos fotografías de flores por WhatsApp para descubrir sus nombres. Los animales también están muy presentes.

—¿Cómo es ese trabajo del registro? 

—A veces necesito algo externo para expresarme o para volcar lo que me está pasando en ese momento (en las rondas de bordado que organizo a veces, comenzamos por ver qué pasa alrededor) y siempre me encuentro mirando lo que está pasando cerca, a veces muy cerca. En un momento fueron los grillos, fueron los primeros cantos y ahora me pasa con las ranas todo el tiempo, la humedad, las lluvias, ellas salen, entran. Estoy atenta a ver lo que está alrededor y todo el tiempo estoy tomando eso. Y con los pájaros me pasa lo mismo, cuando trabajé en los esteros estaba todo el tiempo rodeada de ese tipo de animales, de conversaciones en torno de eso. 

—¿Creés que hoy ese mundo muere o mundo renace?

—Creo que hay mucha incertidumbre en torno a lo que realmente va a pasar con los oficios, con los conocimientos y el trabajo artesanal, no sé si muere o renace. Siento que van a seguir entre nosotrxs mientras haya quienes busquen aprender y transmitir, pero como dije, intento no romantizar estas cosas, no es verdad que son eternas o por lo menos esa es mi percepción, que van a estar ahí hasta que alguien las tome… hay una cuestión de cuidado que merecen esas cosas ¿no? No creo que vivan eternamente y no veo políticas que fomenten tanto el desarrollo y la transmisión de esos conocimientos o el espacio en el que puedan vivir. Espacios para intercambiar, trasmitir, ofrecer, vender. Generalmente el trabajo artesanal, el oficio, termina pasando a un segundo plano, un pasatiempo en la vida de las personas y de los artesanxs que conocen y saben de técnicas tradicionales. Esto en algún punto es grave que no haya realmente políticas públicas que puedan fomentar ese trabajo, y por otro lado un extractivismo y aprovechamiento desmedido de los recursos. Entro en una cuestión de: me encanta escribir, me encanta trasmitir. Pero además de eso, qué más se puede hacer para que no muera, ¿no? 

—Esas visitas, ¿influyeron en tu trabajo de diseñadora? 

—Influye en mi trabajo de diseñadora e influyó también en mi oficio de docente. Me pasa en las clases de la Facultad, soy adscripta en la materia de Tipografía I, de la Unne, y sí, noto que mi discurso es totalmente distinto cuando vuelvo de estos lugares, porque me enfoco más en encontrar soluciones y en proyectar o encaminar a los proyectos situados. Entonces, mi misión, mi sentido está más atento de lo que está pasando más cerca y no tanto imitando o intentando incorporar cosas que se hacen en otros lado. En el diseño gráfico pasa mucho eso, es una disciplina que todo el tiempo está mirando cuáles son las nuevas tendencias, cuáles son las nuevas formas (aunque esto está cambiando lentamente en algunos espacios) y, en realidad, lo que siento valioso es lo que se pueda integrar de acá. Busco la identidad gráfica de la zona, que integre formas, colores, letras, texturas y olores, y siento que sí, que esto me traspasa, quizás algunas veces logro transmitir mejor o peor, pero lo tomé como un compromiso. Miro el entorno, qué pasa, qué colores hay, cómo habla la gente, si lee, si no lee; e intento encontrar algo propio, no repetir lo que se hace en otros lugares sino crear y diseñar desde este lugar. Y ni hablar del trabajo en equipo, de la importancia de la diversidad de las voces y las percepciones, aprender a escuchar, a integrar otras vidas a la mía. 

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