Por Emilio Zola
Especial Para El Litoral
La vertiginosidad con que las noticias, las pseudonoticias y los miles de datos sueltos que en forma de memes, tuits, reels y toda esa parafernalia fugaz inundan el cosmos para bombardear la psiquis de la masa consumidora supera cada día sus propias marcas, hasta alcanzar niveles paroxísticos que parecieran no encontrar techo. Sin embargo, la revolución digital encuentra su límite en sí misma, pues resulta maleable, manipulable al punto de que aquello hoy es, en el instante siguiente puede no ser.
Esa posibilidad de que el dueño de una ventanilla de expendio, con un golpe de tecla, elimine el producto que vendió cuando ya estaba en las manos de quien lo compró, transforma a los medios de comunicación en meros enunciadores volátiles de una realidad editable, no antes, sino después de haber sido relatada. Y cuando eso pasa, las supuestas garantías de veracidad que acreditaba tal o cual sitio noticioso se esfuma cual cortina de humo que, al desaparecer, desnuda intenciones solapadas del emisor.
Pasa todos los días, todo el tiempo, en innumerables espacios de expresión alojados en el universo virtual. Pero hace pocos días el ejemplo más crudo de este falla del sistema tuvo lugar en Clarín, punta de lanza de un holding de las comunicaciones que con su bien ganado prestigio buscó en 2019 ponerse a la vanguardia en cuestiones de género al designar como editora de la sección específica a la periodista Mariana Iglesias, autora de una columna que el viernes 11, al poco tiempo de haber sido publicada, desapareció del dominio web.
El material, como se dice en las redacciones, quemaba las manos porque abordaba con tono crítico el rol provocativo y procaz de la conductora Viviana Canosa en las pantallas del canal América. Pero aun así atravesó todos los filtros del proceso de publicación y fue incluido en la edición digital hasta que —se presume— alguien con las jinetas suficientes llamó para darlo de baja in limine. Borrado del mapa, el link que antes permitía clickear el texto, arrojaba como resultado la frase ponciopilatesca: “Oooops. La página a la que intenta acceder no está disponible. Continúe navegando…”.
En todos los diarios del mundo, todos los días, se bajan notas por motivos de lo más diversos. Pero sucede durante el debate previo a la decisión final e irreversible de publicarlas. Antes de eso, cotidiana y constantemente, tiene lugar una pulseada (la mayoría de las veces amistosa) entre editor y redactor, si se quiere, entre empresario y periodista, en la que ambas partes argumentan razones por sí o por no, hasta dónde escalar con el impacto de un informe, hasta qué profundidades llegar con una investigación equis, siempre con el objetivo de cuidar la calidad del producto periodístico sin poner en peligro la ecuación económica que lo sostiene. Es natural y se llama instinto de supervivencia.
Lo que no es natural es que el editor, en un rapto de arrepentimiento, presionado por quien sabe qué intereses superiores, caiga en la tentación de suprimir algo que ya estaba en el éter y que, por ende, había sido divisado, leído y deglutido por una porción del público cualquiera sea su envergadura numérica. Con que un solitario internauta haya visto la nota de Iglesias sobre Canosa antes de ser eliminada de Internet, bastaba para que sobreviniera el escándalo. Que es lo que sucedió, con lo cual la maniobra censora resultó un tiro por la culata.
El contenido deleteado es picante, duro, pero no para morirse. Unos breves seis párrafos en los que se objeta el cariz injuriante de Canosa al referirse al movimiento feminista, con un repaso por las multas que enfrentó por sus diatribas y actings (como aquel episodio en el que bebió hidroxicloroquina, después del cual un niño murió por hacer lo mismo). Pero si la intención era que el gran público no se enfocara en tales consideraciones, la determinación de desaparecerlas de la red produjo el efecto inverso.
Las capturas de la nota atiborraron Twitter, Facebook y YouTube, con lo cual la masa no solo se enteró en detalle de los dichos allí plasmados, sino que lo hizo a través de comentarios subjetivos, con glosas añadidas por la cosecha personal de los objetores de la estratagema ocultista.
Como está demostrado desde tiempos inmemoriales, el marketing convoca, pero el antimarketing magnetiza al punto de la obsesión. Prohibir algo es invitar al desafío de romper las barreras que lo vetan para acceder a eso que otros quieren ocultar. Psicología pura, que en este caso vino a aplicarse con la infalibilidad matemática de la causalidad, en vez de por las vías sedimentarias de la casualidad.
Si la columna de Mariana Iglesias no hubiera sido embrumada, ni siquiera estaríamos hablando de ella. Es más: esta columna no habría sido escrita por cuanto los párrafos más irritantes de tal producción periodística andarían hoy flotando por el inconmensurable mar de información de la web, sin más interesados que aquellos integrantes de las minorías lectoras identificadas con la causa del pañuelo verde.
Y el inmenso, mayoritario mundo no lector, solo habría accedido a dicha prosa por efecto casual, meramente algorítmico.
La digitalización, por ende, plantea el problema de la intervención de los contenidos a posteriori de ser entregados libremente a la sociedad. Pero por eso mismo, también presenta un segundo (y más complejo) problema, que es el de la rectificación subjetiva de la censura por parte de terceros cuyas posiciones tomadas conducen a enfervorizar el discurso con el objetivo de malograr la imagen pública del propalador atricionado (en este caso Clarín), cayendo en el exceso de trepanar la conciencia pública con argumentos desproporcionados y generalizadores sobre la base del siguiente sofisma: si lo hizo una vez, lo hizo siempre.
Por ende, si mentir en las redes tiene consecuencias inmediatas al reaccionar instantáneamente los desmentidores, la acción de desmentir también enfrenta el dilema de la credibilidad en razón de que utiliza el mismo medio virtual. Por lo tanto, una versión corregida (aun apegada a la verdad real) es pasible de ser modificada, sobreactuada y reconstruida hasta el infinito por el simple hecho de que no hay sustrato físico que la contenga inalterable.
O sí lo hay. Y está al alcance de cualquiera. En especial de los gerontes que todavía apuestan al papel, que se dan el tiempo para disfrutar de un mate mientras hojean el diario para entrar de lleno a la tierra firme de la lectura codificada por el viejo método de Gutenberg. Allí las reglas de juego están claras y a menos que un psicópata (que los hubo) salga a quemar libros, nadie podrá borrar lo ya plasmado.
Como ejercicio de constatación, propongo: quien desee verificar si esta columna fue alterada por mis editores a posteriori de su publicación, no tiene más que buscar el ejemplar impreso de El Litoral y comparar.
Los diarios que, estoicos, mantienen sus ediciones gráficas, entregando cada madrugada la frescura de la tinta invulnerable, están por ese motivo consagrados a la eternidad, cual fedatarios de una historia que podrá ser escamoteada por mil manos en la superficie líquida de la realidad virtual, pero permanecerá indeleble, preservada para siempre en la pétrea celulosa de las hemerotecas.