Ingresar a la ciudad de Santo Tomé (Corrientes) es un privilegio inenarrable. Siglos de existencia la convierten en mágica. El poblado fue varias veces destruido y aun así supo levantarse entre las cenizas como el ave Fénix mostrando hoy una vitalidad extraordinaria que muchos la envidian.
Atesora un sinnúmero restos arqueológicos que son patrimonio de dominio público del Estado, junto a aquellos mitos, hay leyendas que se transmiten de generación en generación.
Como toda ciudad tiene sus públicos esotéricos que deberían ser del ámbito privado, pero como todo el mundo lo sabe, corre de boca en boca, cotilleos aquí y otros más allá, algunos creen otros no, pues es su soberano derecho.
Tuve el privilegio de compartir con varias personas una charla en la Biblioteca Popular y Museo de Santo Tomé, de una riqueza extraordinaria por la cantidad de elementos que se exhiben, codiciados para una ciudad de la Provincia.
El sitio se halla pegado a la Escuela N°141, espacio en que se encontraba el cementerio antiguo que como es habitual se hallaba al lado de la iglesia y dentro de ella estaban los muertos de rango social superior como se acostumbraba. El entonces camposanto se extiende hasta el Museo por lo que los responsables del mismo expresaron que no hacen un pozo ni para plantar una semilla, no vaya a ser que molesten a los restos aletargados soterrados.
Ese lar donde los espíritus de los pretéritos muertos continúan rondando sin hacer daño, es evidente que pertenecen a los que en el otro espacio ascendieron por energías positivas, ello no impide que de vez en cuando den un paseo por estos lugares, como lo afirman los antiguos pobladores depositarios de los saberes ancestrales, los nuevos habitantes de la pujante ciudad miran con desconfianza, hasta que un espíritu se les aparece y comienzan a temblar por tal miedo que les toma el cuerpo y la mente, poco a poco van cambiando de opinión.
Me relatan dos señores grandes, adultos mayores, más otros que se sumaron a la conversación, hechos increíbles. Canturreos antiguos rebotan en las paredes acompañando a las sombras que pasean a cualquier hora, en cualquier tiempo.
Entre los objetos que pudimos observar en el Museo nos encontramos con una sorpresa agradable. Se trata de un antiguo reloj de sol que perteneciera a Valentín Virasoro, que fuera donado por los hermanos Centeno. Se encontraba en el patio de la casa de los padres que iban a vender. El regalo se lo hizo Virasoro a don Paulino Centeno por su amistad con el mismo, es el bisabuelo de los Centeno de esa rama. “Lo único que recomiendo es que quiten el plantero que colocan sobre una pieza de mármol de tanto valor, con un artesano le hagan arreglar y funcionará de maravillas”. Algunas noches suele iluminarse como si quisiera decir algo. Otro hecho extraordinario del recinto, algunos atribuyen a la luz de la luna sobre el mármol, otros a acumulación de sol durante el día y los arandús (sabios) es el espíritu del receptor del regalo que visita su preciada joya.
Una mujer desconocida salió de la antigua casona del Museo cruzándose con habitantes de este mundo a veces, o del portón de la escuela otras para dirigirse hacia una casa a la vuelta del lugar de partida, en algunas oportunidades, en otra atraviesa limpiamente el portón de un antiguo garaje del vecino de enfrente.
Esta extraña mujer, vestida de celeste en ciertas ocasiones o de blanco en otras lleva sobre la cabeza un esbozo negro (mantilla negra) se desplaza con elegancia, sus vestiduras son de tiempos idos, largo hasta el piso sin que puedan verse los pies, mujer bonita a la vista de los transeúntes, que extrañados observan a la aparecida sin reconocerla nutriendo su curiosidad.
En tiempos anteriores en que algunos vecinos usaran el sombrero como una prenda obligatoria, al verla pasar la saludaban como correspondía sacándose la prenda mencionada de la cabeza con la inclinación respectiva, el espíritu devolvía la gentileza con una leve inclinación, pocas veces pudieron ver su rostro para bien de ellos.
El vecino narrador de los hechos hombre de edad, con una llamativa coleta en el pelo como los Patricios, comenta que no tiene horarios, a cualquier hora aparece la señora o señorita no lo sabemos, donosa camina con sus vestidos anticuados. Exhibe una larga cabellera negra, un cuerpo llamativo si puede llamarse cuerpo al del fantasma, que por gajes de la naturaleza se corporiza aunque más no sea parcialmente, para algunos, otros ven a una belleza incalculable luminosa cubierta parcialmente por el rebozo.
En ocasiones a veces gira la cabeza hacia el observador, exteriorizando se rostro blanco transparente, en que resalta el cráneo hueco; el que observó la escena se llevó un susto inolvidable. Por qué a unos los asusta más que a otros no es el interrogante, son cuestiones de los espíritus boyantes. Los destinatarios buenos reciben bondad, los malos reciben su merecido.
Una mañana, una profesora de gran prestigio de Santo Tomé llamada Corina se dirigía a su casa, cuando se cruzó con la mujer de cabello negro, vestido celeste y mantilla. La observó con atención, la espectral figura inclinó la cabeza como con descuido a modo de saludo introduciéndose, ante el asombro de la docente, en las paredes del garaje de la casa frente al Museo. La docente caminó hacia el lugar para ver si había algún resquicio por dónde ingresar, pero no lo había. Lentamente un temor le invadió impeliéndole a alejarse del lugar, desde entonces cambió de rumbo no sin antes dar la noticia en la ciudad, que se expandió como reguero en el pueblo (hoy ciudad).
Curiosos, que existieron siempre como lo soy yo, decidieron dirigirse a la casa de un fotógrafo que años antes vivía a la vuelta, los familiares de éste los recibieron con cara expectante tratando de entender el motivo de la visita
de los caballeros. Al exponerles su preocupación sobre la mujer de celeste con mantilla, simplemente se dirigieron hacia una de las habitaciones, trajeron una fotografía antigua, de las primeras en la historia, que al exhibirla produjo el efecto de generar temor en unos, en otros miedo. Todos afirmaron que esa mujer muy bonita por cierto era la que se paseaba por los alrededores.
Ante la sorpresa de los visitantes el dueño de casa, descendiente del antiguo fotógrafo, les explicó que era su bisabuela la que estaba enterrada en el antiguo cementerio y como muchas otras, su tumba no fue respetada, cuando se construyó sobre el mismo la Escuela Nº 141 que queda en la esquina de la iglesia.
Si nos paramos frente al santuario a la izquierda ubicamos perfectamente el enterratorio, oculto por manos de los vivos negligentes.
Los arquitectos e ingenieros simplemente taparon a los viejos muertos olvidando sus nombres, cruces, placas o lo que fuere; igual criterio siguieron los que construyeron las calles, como las casas vecinas frente al Museo, que también fueron parte del cementerio.
El olvido se apoderó de los yacentes, que “ni en la paz de la tumba creen”, dijo uno de los espíritus que escuchan el bullicio de los recreos, las clases, el tránsito peatonal, sumados a los de vehículos de distintos portes. Varios de los espíritus cuando se abre un portal salen a recorrer su ciudad como antaño, sin atender a los escalofríos que estimulan, ¿Son eternos no?
Antes de despedirme cerca de la plaza escuché un canto saudade, observé una figura de celeste que cruzaba la calle, saludé con cabeceo, me devolvió la atención del mismo modo, ¿Será que vino a despedirse de mí?
Un médium que pudo comunicarse con la mujer del rebozo negro, obtuvo por respuesta: “Nadie nos defendió a los que pasamos al otro mundo supra terrenal, con el agravante que nos han olvidado”.
Por ello cuando alguien se atrevía a discutir las órdenes de no levantar los restos del cementerio, simplemente era despedido, por lo que concluimos que la dama de celeste es el alma ambulante de una mujer que descansaba en la paz de su tumba, la que fue hollada sin respeto alguno, al igual que todos los difuntos que yacen hoy bajo los pisos de los edificios que citamos.
Los cementerios de ese antiquísimo pueblo seguían el lineamiento de los jesuitas: se dividían en cuatro. Un cuarto para las mujeres, otro para los hombres, luego los niños fallecidos bautizados, el otro para los que nacieron muertos o no fueron bautizados. Los que murieron por enfermedades contagiosas eran enterrados lejos del casco urbano, ninguno con cajón, iban directo a la tierra, el cajón era un medio de transporte del cadáver a través de la plaza Mayor, luego reutilizado durante largos años, hasta no hace mucho tiempo.
Son espíritus que pasean por los lares que habitaron antiguamente, sus energías quedaron pegadas a la ciudad que los vio nacer, vivir y morir, nadie les da una respuesta a tan ingrato destino. Su historia quedó enterrada.
No se asombren si en algunos días ven encendidas velas, (candelas) son los herederos de los antiguos difuntos que visitan su ciudad de la que se alejaron pero no olvidan a sus seres queridos.
Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”
“Homenaje a la memoria urbana”
Octava parte