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Censura con sintonía fina

Cristina Kirchner y Hugo Chávez tienen mucho en común: ambos son presidentes, abusan de las “cadenas nacionales” y no miran con buenos ojos al periodismo que no comulga con sus ideales. A diferencia del gran lápiz rojo de los regímenes militares, hoy la censura tiene los delicados ribetes de la sintonía fina.

Por Jorge Eduardo Simonetti

En los últimos días, la Unasur expresó su solidaridad con el Eduador por la amenaza británica de anular la inmunidad diplomática de su embajada, pero no pudo incluir en la declaración un apoyo explícito a la decisión ecuatoriana de concederle asilo diplomático a Julian Assange, el fundador de Wikileaks. Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Argentina apoyaron la propuesta, pero se encontraron con la negativa de Brasil, Colombia, México y Chile.

Este hecho marca una clara coordenada en la evolución de los alineamientos de los países en la región subcontinental. Argentina tiene una mayor empatía con los populismos de izquierda, con los cuales se mimetiza en los temas centrales de gobierno y en los métodos de gestión.

A propósito del pronunciamiento de Unasur, Correa ha dado un mensaje político a la comunidad internacional que es absolutamente contradictorio con su política interna en la materia. Assange, publicó miles de documentos secretos de numerosos gobiernos, que han mostrado al mundo la gran hipocresía de muchos países, especialmente de Estados Unidos, que se afanan por mostrar una cara y que en los pliegues de los secretos de estado, tienen realmente otra. Esto lo ha podido hacer gracias a la libertad de expresión que gozaba Wikileaks en su sede europea.

Podrá hacer lo mismo desde ­suponga-mos- su sede ecuatoriana?, cuando sabemos que Correa tiene denuncias por 533 ataques de su gobierno a periodistas, una ley de medios mucho más sesgada que la nuestra, con un Consejo de Regulación con facultades de sancionar a los medios, ha clausurado radios, canales de TV y diarios, abusa de las “cadenas nacionales”, multiplica medios en manos del Estado, sanciona con cárcel e indemnizaciones millonarias a periodistas y medios, a través de una Justicia que está en comisión, sin estabilidad y sometida la permanencia de sus jueces a las decisiones de Correa.

En el mismo sentido, lo de Venezuela es ya muy conocido, y se trata de un denominador común, de un hilo conductor, que atraviesa una parte importante de América Latina, precisamente dónde se asientan los populismos de sesgo dictatorial.

Martín Dinatale y Alejandra Gallo, autores del libro “Luz, cámara... Gobiernen”, publicado en Buenos Aires en 2010, con el patrocinio de la Fundación Konrad Adenauer, observan un nuevo paradigma en la relación prensa-poder en la región y advierten que “desde hace más de cinco años, los periodistas de América latina empezamos a sufrir en carne propia el peso del poder de los presidentes de turno y el avance de un nuevo paradigma en la comunicación política: una corriente eléctrica de impunidad, autoritarismo y avasallamiento a la libertad de expresión se desató en cadena en la gestión de varios presidentes de América latina, sin distinción alguna de ideología política”.

A ese paradigma y a esos vientos la Argentina no está ajena, aunque quizás con características especiales, con modo propio de encarar la política de medios, con una impronta particular, pero no por ello menos nociva en relación al modo de relacionar la información pública con el gran público.

Con el repetido discurso de la lucha contra las oligarquías, grupos económicos y mediáticos que se oponen a las transformaciones del modelo nacional y popular, todo método es bueno para imponer el pensamiento único, monodireccional, con definiciones de verdad revelada, pasando el disenso a conceptualizarse como crítica destructiva y adversarial.

Un prestigioso periodista como Joaquín Morales Solá, ha dicho que en Argentina hay un clima de creciente hostilidad para el ejercicio del periodismo independiente o crítico del poder, pero no hay censura.

En lo personal, sí creo que hay censura, no aquella burda al estilo catoniano o del Consejo de Regulación de Correa, sino otra, más peligrosa, a veces sutil, otras no tanto, pero que corre disimulada en el discurso y entre los pliegues de declarados objetivos altruistas pero con una marca indisimulable en el orillo.

La ley de medios apunta a atomizar los medios, para que de un lado del ring esté el gobierno con su propio poder comunicacional más el de los amigos del poder, y del otro un puñado de medios débiles, pequeños y sin peso, de manera tal que se conozca una sola cara de la realidad: la que quiere el Gobierno.

Hoy el Estado controla el 80% de las terminales periodísticas (que no es lo mismo que el 80% de la audiencia), ya sea directamente o a través de “empresarios amigos”, financiando los primeros con el presupuesto (Canal 7, Encuentro, Radio Nacional, etc.) y los otros con la pauta publicitaria (Canal 9, América, C5N, Canal 23, diversas radios, Página Doce, revista Veintitrés, etc.). A los que no están en este paquete, los trata de destruir o atomizar, para que pierdan todo poder comunicacional.

Con una suerte de “cadenitis” en clave nacional, síndrome que afecta a algunos presidentes latinoamericanos (Chávez batió el récord, con 70 horas de “cadena nacional” en lo que va de 2012), se instaura el moderno cambalache siglo XXI, y lo que era mezcla de biblia y calefón hoy es mixtura entre la expropiación de YPF con las bondades de la carne de cerdo o la construcción de la “isla del cine”, y tantas parecidas.

Sin diferenciar cuestiones importantes de las secundarias, todo se “cadeniza”, como si los temas fueran lo mismo, ordinarizando un método de comunicación que debe ser utilizado de manera extraordinaria para asuntos graves e importantes. Un Aló Presidenta cada vez más enciclopedista, con saturación de histrionismo y versatilidad, complementan el cuadro de copamiento de los minutos de aire y del espacio comunicacional.

Obviamente, nunca una conferencia de prensa dónde se pueda preguntar algo, contrastar información, conocer de esos temas que han sido borrados del vocabulario oficial como inflación, inseguridad y tantas cosas.

Es cierto, en Argentina no se detiene periodistas, no se clausuran medios, no se instauran organismos censores, no se utilizan todos los métodos (algunos sí) de Chavez o Correa.

Lo que aquí existe es la sintonía fina en materia comunicacional, en la que no se ejerce censura directa de la opinión divergente, pero se obstaculiza su difusión, no se detienen periodistas, pero se los acorrala en su capacidad de obtener información y de trasladarla al gran público, no se clausuran medios, pero se los disecciona o compra con pauta oficial. Menos burdo pero más maquiavélico, e igual de perverso.

A diferencia del gran lápiz rojo de los regímenes militares, hoy la censura tiene los delicados ribetes de la sintonía fina.

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