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Lamento boliviano

Por el doctor Angel Gabriel Correa
Especial para El Litoral

La actual situación del vecino país del altiplano genera para la razón crítica una serie de laberintos de difícil resolución que intentaremos salvar sin caer en extravíos. Para ello necesitamos interrogarnos sobre la esencia de la democracia.
Un sistema democrático tiene inicialmente reglas y normas de convivencia política, que generalmente no se cumplen en su totalidad. Pero eso no habilita a descalificar al sistema como totalitario, sino, en todo caso, demuestra su imperfección.
Una transgresión leve, o aun media, no habilita a renegar del sistema sino que genera dentro del sistema la forma de enmendar la falta. Esto es en definitiva un sistema democrático en efervescencia, con vitalidad. 
A cada transgresión, el propio sistema encuentra –dentro de las previsiones legales– soluciones que aunque puedan demorar un poco en llegar, resulta todavía enmarcado dentro de la democracia. Esto es lo que pasa en USA actualmente con el pedido de enjuiciamiento al presidente Trump. Distintos intereses generan distintas acciones y opiniones tratando de imponer un punto de vista ante la mayoría de ciudadanos que todavía no se han formado una idea definitiva del debate. Posiblemente, ello ocurra el año próximo cuando llegue el momento de reelegir o no al presidente, momento en el que el pueblo dará su opinión.
Es que dentro de una democracia el momento del sufragio es sin dudas el más importante. Debe el pueblo expresarse y tomar una decisión. Lo primero es el modo de contar esas expresiones y por eso la manera de contabilizar los votos adquiere cada día mayor importancia.
En este proceso, se exige el máximo rigor pues falsear los números de votos, cambiar el sentido o hacer desaparecer votos constituye una falta grave que pone en crisis a todo el sistema. Aquí  nace el totalitarismo.
Un presidente surgido de una elección fraudulenta carece de legitimidad y no podrá luego ejercer el cargo en plenitud, generando con ello la caída de todo el sistema democrático que descansa en la limpieza de la elección.
En Bolivia lo que ocurrió fue exactamente una crisis desatada en el momento del sufragio. Hasta ese momento era una democracia imperfecta, tratando de enmendar los errores y tratando de imponer una idea que fuera seguida por la mayoría. Un sospechoso apagón seguido por un cambio de tendencia generó indignación en la población. En estos casos el oficialismo, en ejercicio del poder y, por lo tanto, garante de las elecciones, pretendió primero defender el dudoso resultado y luego ante el informe de la OEA (Organización de Estados Americanos) retrocedió y quiso convocar a nuevas elecciones.
En este punto, el sistema democrático ya estaba destruido por la ausencia de legitimidad y desconfianza en los futuros comicios. Eran momentos de prudencia y civismo.
Lo que ocurrió después fue la clásica comedia de enredos latinoamericanos. Una entidad u organismo con algún prestigio, poder o ascendencia todavía vigente pretendió ser el guardián del sistema. En este caso fueron las fuerzas armadas y policiales, siempre prestas a ser guardianes del orden, pero pudo haber sido alguna Iglesia, universidades, banqueros, etc. El escenario estaba servido.
Olvidaron una regla básica que explica que las brujas y los políticos pueden convocar a fantasmas. Pero luego de ser convocados esos fantasmas, las brujas pueden mandarlos de regreso y ellos obedecen; los políticos, una vez que convocan a fantasmas, no pueden hacerlos volver. 
En estos casos los hechos tienen su propia dinámica que desborda cualquier lógica inicial, debiendo ser encauzados lo más pronto posible. Los que invocan el término golpe de Estado como una letanía olvidan este principio y pretenden volver las cosas al estado anterior. La voluntad sólo puede ser expresada hacia adelante, nunca hacia atrás. La historia es por ello hacia adelante.
Lo que queda es sólo un lamento, sin mayor utilidad buscando resolver la crisis de un modo principista, como si ello generara una asepsia que ya no es posible ante la gravedad de los hechos. Los sucesos son tercos. Ahora lo urgente es dejar de lamentarse y volver lo más pronto posible a que el pueblo se exprese.

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Por el doctor Angel Gabriel Correa
Especial para El Litoral

La actual situación del vecino país del altiplano genera para la razón crítica una serie de laberintos de difícil resolución que intentaremos salvar sin caer en extravíos. Para ello necesitamos interrogarnos sobre la esencia de la democracia.
Un sistema democrático tiene inicialmente reglas y normas de convivencia política, que generalmente no se cumplen en su totalidad. Pero eso no habilita a descalificar al sistema como totalitario, sino, en todo caso, demuestra su imperfección.
Una transgresión leve, o aun media, no habilita a renegar del sistema sino que genera dentro del sistema la forma de enmendar la falta. Esto es en definitiva un sistema democrático en efervescencia, con vitalidad. 
A cada transgresión, el propio sistema encuentra –dentro de las previsiones legales– soluciones que aunque puedan demorar un poco en llegar, resulta todavía enmarcado dentro de la democracia. Esto es lo que pasa en USA actualmente con el pedido de enjuiciamiento al presidente Trump. Distintos intereses generan distintas acciones y opiniones tratando de imponer un punto de vista ante la mayoría de ciudadanos que todavía no se han formado una idea definitiva del debate. Posiblemente, ello ocurra el año próximo cuando llegue el momento de reelegir o no al presidente, momento en el que el pueblo dará su opinión.
Es que dentro de una democracia el momento del sufragio es sin dudas el más importante. Debe el pueblo expresarse y tomar una decisión. Lo primero es el modo de contar esas expresiones y por eso la manera de contabilizar los votos adquiere cada día mayor importancia.
En este proceso, se exige el máximo rigor pues falsear los números de votos, cambiar el sentido o hacer desaparecer votos constituye una falta grave que pone en crisis a todo el sistema. Aquí  nace el totalitarismo.
Un presidente surgido de una elección fraudulenta carece de legitimidad y no podrá luego ejercer el cargo en plenitud, generando con ello la caída de todo el sistema democrático que descansa en la limpieza de la elección.
En Bolivia lo que ocurrió fue exactamente una crisis desatada en el momento del sufragio. Hasta ese momento era una democracia imperfecta, tratando de enmendar los errores y tratando de imponer una idea que fuera seguida por la mayoría. Un sospechoso apagón seguido por un cambio de tendencia generó indignación en la población. En estos casos el oficialismo, en ejercicio del poder y, por lo tanto, garante de las elecciones, pretendió primero defender el dudoso resultado y luego ante el informe de la OEA (Organización de Estados Americanos) retrocedió y quiso convocar a nuevas elecciones.
En este punto, el sistema democrático ya estaba destruido por la ausencia de legitimidad y desconfianza en los futuros comicios. Eran momentos de prudencia y civismo.
Lo que ocurrió después fue la clásica comedia de enredos latinoamericanos. Una entidad u organismo con algún prestigio, poder o ascendencia todavía vigente pretendió ser el guardián del sistema. En este caso fueron las fuerzas armadas y policiales, siempre prestas a ser guardianes del orden, pero pudo haber sido alguna Iglesia, universidades, banqueros, etc. El escenario estaba servido.
Olvidaron una regla básica que explica que las brujas y los políticos pueden convocar a fantasmas. Pero luego de ser convocados esos fantasmas, las brujas pueden mandarlos de regreso y ellos obedecen; los políticos, una vez que convocan a fantasmas, no pueden hacerlos volver. 
En estos casos los hechos tienen su propia dinámica que desborda cualquier lógica inicial, debiendo ser encauzados lo más pronto posible. Los que invocan el término golpe de Estado como una letanía olvidan este principio y pretenden volver las cosas al estado anterior. La voluntad sólo puede ser expresada hacia adelante, nunca hacia atrás. La historia es por ello hacia adelante.
Lo que queda es sólo un lamento, sin mayor utilidad buscando resolver la crisis de un modo principista, como si ello generara una asepsia que ya no es posible ante la gravedad de los hechos. Los sucesos son tercos. Ahora lo urgente es dejar de lamentarse y volver lo más pronto posible a que el pueblo se exprese.