Por Marta Chemes
Especial para El Litoral
Por José Pérez Bahamonde
Especial para El Litoral
Vamos a contarles nuestro secreto: nosotros además de compartir nuestro campo profesional, somos marido y mujer; también los directivos de la Fundación E Jendú. Veníamos charlando hasta que empezamos a escribir cosas y luego nos propusimos lo más difícil: “Si vos y yo que somos colegas, que somos marido y mujer nos mandamos la experiencia seguramente vamos a tener la certeza de todas estas cosas que estamos planteando y que por ahora oscilan en la clínica del consultorio, la vida cotidiana, la reflexión y el estudio”.
Claro, una cosa es ponerse a escribir un libro repartiéndose los capítulos y otra bien distinta es mirarnos a los ojos y decirnos: ¿Nos largamos? Vos y yo vamos a tener que conversar, desarrollar, discutir y acordar uno por uno todos los temas. Y si de eso emerge nuestra relación, es porque la comunicación es posible. Es porque la danza Hormonas vs. Neuronas es posible cuando la integridad del ser humano se pone al servicio de su proyecto.
Fueron dos años muy duros, porque una cosa es lo que se habla y otra es la energía de lo cotidiano y la sensación de que a mí… “me importa un bledo ser feliz, la razón es mía…”. En realidad pasó de todo. Aprendimos a decirnos: “Mira, en este momento me siento muy enojada/o y debo tener menos de la mitad de la escucha necesaria. Mejor paremos...”. Y viceversa.
Claro que, la experiencia de “ser feliz” fue tan interesante que aquí estamos, atreviéndonos con “Hormonas vs. Neuronas”.
Ha habido momentos en los que nos ha costado muchísimo y ha sido un aprendizaje muy fuerte el poder llegar a comprender las razones del otro. Comprender es mucho más que entender. Comprender es llevar los contenidos de lo que uno entiende a la comprensión de la realidad efectiva y emocional de la otra persona, esto implica algo increíblemente maravilloso que es intentar ponerse en el lugar del otro. En el lugar en el que yo elijo enojarme, también puedo elegir ponerme en el lugar del otro. Precisamente para que suceda la comunicación, yo he de estas instalado en mi isla y el otro en la suya.
Tengo una anécdota muy linda que guardo en un lugar muy especial, porque fue una experiencia importante con nuestro primer libro: “Aportación de las minorías a la identidad cultural nacional”, recorriendo España. Fue en Allariz- Orense (el pueblo donde nació Pepe), un catedrático de la universidad de Vigo, por entonces presidente de la academia Galaico-Portuguesa, asistía a la presentación de nuestro libro.
Nosotros estábamos hablando de globalización y entonces él me dijo: “Te está faltando aprender a usar una palabra que responde a lo que estas queriendo explicar. Esta palabra es Glocalización. La Globalización sucede si aparece la glocalización. Y te explico: Hoy en España, mañana en tu tierra, y en realidad en todo el planeta, si cada uno se preocupa por conocerse, por descubrir las buenas cosas de su identidad por conocer a su familia y reconocer las buenas cosas que suceden en el grupo familiar, por conocer su comunidad y reconocer sus características, por conocer su religión, la música el canto y las diferentes expresiones artísticas y culturales, esa persona va a tener un caudal, un bagaje que le va a permitir compartir con otras personas que conocen también lo propio.
Cuando dos integrantes de dos pueblos, de dos regiones, de dos países diferentes se pueden mostrar y dar a conocer toda esa riqueza que tienen, está sucediendo un fenómeno planetario: la globalización que se fundamenta en la glocalización. Vos me tenés que enseñar cómo es tu chamamé, yo te puedo enseñar cómo es mi muiñeira. Yo te puedo enseñar cómo es la gaita gallega y vos me podés enseñar cómo es el bandoneón que suena en tu tierra, eso es glocalización.
Cuando escuché todo eso que me emocionó muchísimo, evidentemente porque me pareció tan claro empecé a entender que si esto lo llevamos al consultorio, en realidad íbamos a estar trabajando sobre el concepto más importante de la individualidad.
La individualidad es la construcción de la persona, que poniéndole palabras a sus emociones, a sus vivencias, se da a conocer, y puede comunicarse con el otro, porque la individualidad no es egoísmo, el egoísmo sucede cuando el otro no me importa, la individualidad pasa cuando me interesa darme a conocer y por lo tanto el otro me importa mucho. Ahí sentí como empezaba la semillita de “Ser feliz y/o tener razón”.
Cuando entendí eso empecé a comprender profundamente la manera de abordar este proyecto que para nosotros significa un hijo más. Es la obligación moral, cada vez que nos reunimos, de transmitir la importancia de la actitud de comunicarse.
La actitud de comunicarse es aquella en la cual preciso estimular, incentivar la escucha del otro y además de eso darme yo a conocer. No tanto licenciarme en conocimiento del otro, como el darme yo a conocer para conseguir, de esta manera, que el otro abra su actitud y que también sienta interés para darse a conocer.