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La pretensión de gobernar la cultura

Mientras se discute sobre el rumbo de la economía en el siguiente mandato presidencial, otro debate en paralelo preocupa a muchos, ya que allí se juegan los valores, la libertad y el futuro.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

El Estado fue el emergente de un tiempo histórico. Con el paso de los siglos ha ido tomando nuevas formas y en algún momento las corrientes totalitarias entendieron que este instrumento serviría para someter al resto.
El objetivo original era que un ente, pretendidamente imparcial, pudiera suministrar justicia y dirimir frente a cada conflicto de los particulares, aportando soluciones civilizadas que eliminen la ley del más fuerte.
Un grupo de personas especializado, ejerciendo el poder de policía conferido, se encargaría de que esas normas se cumplan a rajatablas y que nadie utilice la violencia como una alternativa para aplastar a todos.
En ese esquema tan simple, los gobiernos tenían como misión esencial garantizar que los ciudadanos pudieran ejercer la totalidad de sus derechos plenos y construir por sí mismos su propia felicidad, progreso y desarrollo.
No era una meta de los gobernantes proveer salud, educación, vivienda, asistencia, jubilaciones y tantas diferentes atribuciones que con el devenir de los años han cooptado reinventando casi todas sus funciones primarias.
Es labor, responsabilidad y decisión de cada individuo definir la magnitud del esfuerzo que dedicará a generar recursos para obtener acceso a las necesidades que considere más relevantes en su escala de prioridades.
En ese delirio creciente, ese que engendró Estados absolutamente megalómanos, despiadadamente desproporcionados, profundamente inviables e intrínsecamente ineficientes, los líderes de turno fueron por más.
Bajo el ridículo paradigma que sostiene que “donde hay una necesidad, existe un derecho” los más picaros y perversos han gestado el nacimiento de diversos métodos de apropiación de los recursos estatales para provecho personal y también para utilizarlos en la vil tarea de manosear la cultura.
No se han conformado con destruir, paso a paso, las bases del sistema de representación y el normal funcionamiento de la economía, amparados en insólitos argumentos siempre tan creativos como igualmente dañinos.
Se han ocupado de malgastar los dineros de quienes pagan impuestos hasta el cansancio. Han inventado todo tipo de artilugios y han manejado a su arbitrio el discurso para convencer a los más de la necesidad de agigantar el Estado nutriéndolo de ese dinero previamente detraído de los ciudadanos.
Su ambición por controlar todo jamás se detiene. Permanentemente orientan sus energías a inventar nuevas variantes de lo mismo y siempre lo hacen apelando a esa ideología funcional a sus mezquinos intereses.
El fin principal es gastar las partidas estatales a su antojo y utilizar todo ese poderoso arsenal disponible para conquistar votos y llevar agua para su molino beneficiando solo a los que adhieren a su perspectiva.
En ese contexto, la cultura ha pasado a ser uno de los bastiones preferidos de los extremismos. Nacionalistas y socialistas asumen que ganar una elección les confiere la potestad automática para torcer voluntades.
El que gobierna se cree así con total derecho a manipular sin restricciones la visión general de todos y a imponer sus percepciones personales subjetivas a cada uno de los habitantes a través de la maquinaria del Estado.
Unos y otros entienden que al obtener los favores electorales de la gente en los comicios, están autorizados a emprender una batalla en la que pueden usar el erario para amedrentar sin límites a quienes no piensan parecido.
Claro que no lo plantean tan burdamente. Ciertos eufemismos les permiten referenciar esa gesta que los emociona. Revalorizar grandes instantes de la historia local, recuperar las tradiciones, fomentar las expresiones culturales promoviendo espectáculos nacionales, son parte de ese cínico lenguaje.
Han tergiversado casi todo, desnaturalizando el concepto vital del buen gobierno. Bajo el pretexto de edificar ese inobjetable “bien común” intentan colonizar con sus retorcidas ideas a cualquier desprevenido.
No tienen freno, tampoco escrúpulos. No solo emplearán todo el aparato de la propaganda estatal para transmitir sus ilusiones, sino que aterrizarán también en todos los estamentos públicos con este absurdo alegato lineal.
Lo harán explícitamente en cada participación que tengan y en cada poder del Estado construyendo sistemáticamente un relato propio, con un deliberado contenido siempre sesgado y lo plantearán sin disimulo alguno.
Su máximo desafío será el sistema educativo, donde obligarán a los indefensos niños a “comprar” su mirada y a defenderla como la única verdad. Aspiran a adoctrinar a las nuevas generaciones. No les interesa que puedan pensar por sí mismos, con sentido crítico y mente abierta.
Ellos no creen en que solo han sido electos como representantes de la gente para administrar por un tiempo determinado la “cosa pública”. No comulgan con esa concepción eminentemente republicana.
No son ni tolerantes ni plurales, como les gusta decir a diario. Si realmente lo fueran comprenderían que el Estado no puede teñirse de colores ni preferencias ideológicas, que el gobierno no es para los que triunfan en las elecciones, sino la herramienta para garantizar a todos sus derechos.
La conquista del poder la asumen como un camino de imposición. La democracia es para ellos el vehículo que les permite tomar el mando legalmente para luego dominar a los que no piensan del mismo modo.
Serían incapaces de financiar con presupuestos públicos actividades que no se encuadren en su visión. Esa es la prueba más aplastante de su temeraria postura y de su intención de oprimir culturalmente a toda la comunidad.

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La pretensión de gobernar la cultura

Mientras se discute sobre el rumbo de la economía en el siguiente mandato presidencial, otro debate en paralelo preocupa a muchos, ya que allí se juegan los valores, la libertad y el futuro.

Por Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
@amedinamendez
 

El Estado fue el emergente de un tiempo histórico. Con el paso de los siglos ha ido tomando nuevas formas y en algún momento las corrientes totalitarias entendieron que este instrumento serviría para someter al resto.
El objetivo original era que un ente, pretendidamente imparcial, pudiera suministrar justicia y dirimir frente a cada conflicto de los particulares, aportando soluciones civilizadas que eliminen la ley del más fuerte.
Un grupo de personas especializado, ejerciendo el poder de policía conferido, se encargaría de que esas normas se cumplan a rajatablas y que nadie utilice la violencia como una alternativa para aplastar a todos.
En ese esquema tan simple, los gobiernos tenían como misión esencial garantizar que los ciudadanos pudieran ejercer la totalidad de sus derechos plenos y construir por sí mismos su propia felicidad, progreso y desarrollo.
No era una meta de los gobernantes proveer salud, educación, vivienda, asistencia, jubilaciones y tantas diferentes atribuciones que con el devenir de los años han cooptado reinventando casi todas sus funciones primarias.
Es labor, responsabilidad y decisión de cada individuo definir la magnitud del esfuerzo que dedicará a generar recursos para obtener acceso a las necesidades que considere más relevantes en su escala de prioridades.
En ese delirio creciente, ese que engendró Estados absolutamente megalómanos, despiadadamente desproporcionados, profundamente inviables e intrínsecamente ineficientes, los líderes de turno fueron por más.
Bajo el ridículo paradigma que sostiene que “donde hay una necesidad, existe un derecho” los más picaros y perversos han gestado el nacimiento de diversos métodos de apropiación de los recursos estatales para provecho personal y también para utilizarlos en la vil tarea de manosear la cultura.
No se han conformado con destruir, paso a paso, las bases del sistema de representación y el normal funcionamiento de la economía, amparados en insólitos argumentos siempre tan creativos como igualmente dañinos.
Se han ocupado de malgastar los dineros de quienes pagan impuestos hasta el cansancio. Han inventado todo tipo de artilugios y han manejado a su arbitrio el discurso para convencer a los más de la necesidad de agigantar el Estado nutriéndolo de ese dinero previamente detraído de los ciudadanos.
Su ambición por controlar todo jamás se detiene. Permanentemente orientan sus energías a inventar nuevas variantes de lo mismo y siempre lo hacen apelando a esa ideología funcional a sus mezquinos intereses.
El fin principal es gastar las partidas estatales a su antojo y utilizar todo ese poderoso arsenal disponible para conquistar votos y llevar agua para su molino beneficiando solo a los que adhieren a su perspectiva.
En ese contexto, la cultura ha pasado a ser uno de los bastiones preferidos de los extremismos. Nacionalistas y socialistas asumen que ganar una elección les confiere la potestad automática para torcer voluntades.
El que gobierna se cree así con total derecho a manipular sin restricciones la visión general de todos y a imponer sus percepciones personales subjetivas a cada uno de los habitantes a través de la maquinaria del Estado.
Unos y otros entienden que al obtener los favores electorales de la gente en los comicios, están autorizados a emprender una batalla en la que pueden usar el erario para amedrentar sin límites a quienes no piensan parecido.
Claro que no lo plantean tan burdamente. Ciertos eufemismos les permiten referenciar esa gesta que los emociona. Revalorizar grandes instantes de la historia local, recuperar las tradiciones, fomentar las expresiones culturales promoviendo espectáculos nacionales, son parte de ese cínico lenguaje.
Han tergiversado casi todo, desnaturalizando el concepto vital del buen gobierno. Bajo el pretexto de edificar ese inobjetable “bien común” intentan colonizar con sus retorcidas ideas a cualquier desprevenido.
No tienen freno, tampoco escrúpulos. No solo emplearán todo el aparato de la propaganda estatal para transmitir sus ilusiones, sino que aterrizarán también en todos los estamentos públicos con este absurdo alegato lineal.
Lo harán explícitamente en cada participación que tengan y en cada poder del Estado construyendo sistemáticamente un relato propio, con un deliberado contenido siempre sesgado y lo plantearán sin disimulo alguno.
Su máximo desafío será el sistema educativo, donde obligarán a los indefensos niños a “comprar” su mirada y a defenderla como la única verdad. Aspiran a adoctrinar a las nuevas generaciones. No les interesa que puedan pensar por sí mismos, con sentido crítico y mente abierta.
Ellos no creen en que solo han sido electos como representantes de la gente para administrar por un tiempo determinado la “cosa pública”. No comulgan con esa concepción eminentemente republicana.
No son ni tolerantes ni plurales, como les gusta decir a diario. Si realmente lo fueran comprenderían que el Estado no puede teñirse de colores ni preferencias ideológicas, que el gobierno no es para los que triunfan en las elecciones, sino la herramienta para garantizar a todos sus derechos.
La conquista del poder la asumen como un camino de imposición. La democracia es para ellos el vehículo que les permite tomar el mando legalmente para luego dominar a los que no piensan del mismo modo.
Serían incapaces de financiar con presupuestos públicos actividades que no se encuadren en su visión. Esa es la prueba más aplastante de su temeraria postura y de su intención de oprimir culturalmente a toda la comunidad.