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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Un país que se repite a sí mismo

Quien ha mirado lo presente ha mirado todas las cosas: las que ocurrieron en el insondable pasado, las que ocurrirán en el porvenir”. Marco Aurelio, Reflexiones. Citado por Jorge Luis Borges en El tiempo circular. Historia de la Eternidad.

La pandemia de covid-19 nos ayudó (y nos ayuda) a dejar de lado por momentos esa sensación de eterno retorno, ese más de lo mismo que inquieta y nos frustra, y que invita a dejarse llevar por el pesimismo y la desesperanza. Pero está claro que debajo de su terrible manto, la Argentina sigue siendo la misma de siempre, y que los problemas de hoy y los desafíos de mañana son y serán los mismos que enfrentamos desde que tenemos memoria.

Tenemos un país sin Estado, prácticamente sin bienes públicos, pero donde una mayoría imponente de la clase dirigente y de la población cree que el Estado debe/puede ocuparse de todo. Y sostiene esa creencia a pesar de que ese Estado tiene un tamaño infinanciable, que ahoga con impuestos impagables al sector privado (que es el que genera riqueza) y que cuando no tiene posibilidad de endeudarse, usa el balance del Bcra y su capacidad de emitir moneda de manera irresponsable.

Para peor, como si con lo anterior no fuese suficiente, los asuntos de gobierno son manejados por políticos (y sorprendentemente también por técnicos) que están convencidos o se autoconvencen de que es posible “controlar” la inflación (fuente de pobreza y hambre) con congelamientos, controles, prohibiciones, aprietes y acuerdos sectoriales (cuyo aporte no ha ido nunca más allá de alguna foto para la ocasión), y que las políticas sociales son un sustituto perfecto de la consistencia macroeconómica. Recetas con olor a naftalina que nunca han funcionado más allá de algunos meses, y cuyas consecuencias han sido peores que la problemática que buscaban solucionar.

Vale la pena recordar que de los últimos 70 años, sólo en 13 tuvimos inflación de un dígito y que los precios en el primer bimestre del año subieron más que la inflación anual del 85% de los países que hoy existen (150 países de un total de 175).

El presente replica el pasado. A la inquietud que produce la inflación, se le agregan otras también de orden macroeconómico como la falta de dólares, el raquitismo de la inversión y el bajo crecimiento de la actividad y el empleo. Pero esas no son las únicas. Por donde se la mire, la Argentina está plagada de problemas que se repiten y que interactúan y se refuerzan entre ellos.

Una de esas fuentes de inquietud es la cuestión energética y, más precisamente, el abastecimiento de gas. Si bien el Gobierno parece haber reaccionado a tiempo, la cuestión energética volverá a ser uno de los temas que habrá que seguir de cerca al menos durante este año. La implementación del Plan Gas Ar (Plan Gas 4, como se lo conoce en el mercado) busca permitir un incremento de la producción con el fin de evitar no sólo mayores importaciones de gas (licuado y desde Bolivia), de forma de ahorrar la mayor cantidad de divisas posible, sino también de evitar cortes durante el invierno.

Pero, a pesar de que el plan luce prometedor, incluso desde los escritorios estatales no se prevé que logre incrementar la oferta de gas lo suficientemente rápido como para cubrir las necesidades invernales.

Según las proyecciones oficiales, la demanda invernal (suponiendo un invierno medio, no demasiado crudo) podría llegar a unos 169 millones de m3 diarios (en julio), mientras que la oferta local sería de unos 107 millones m3/día. 

En la memoria aparecen el racionamiento energético de mediados de los años 60, como resaltaba una crónica periodística de la época, el de los 70, los cortes de luz de Raúl Alfonsín y los de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner. O sea, se trata de problemas que reaparecen con insistencia desde hace más de 60 años, y cuya solución no admite más viejas recetas ni un enfoque parcial. Los puntos de contacto entre tales problemas son múltiples y como sostuvimos anteriormente, la interacción entre ellos no hace más que agravarlos.

Por ende, la solución de los problemas macro y estructurales de la Argentina debe ser encarada de manera integral y con una visión de conjunto. Encarar parcialmente las urgencias a medida que se presentan es el mejor camino para que reaparezcan -más temprano que tarde- en el futuro inmediato

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