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Presidente sinusoidal

Por El Litoral

Domingo, 06 de febrero de 2022 a las 00:43

Por Emilio Zola
Especial Para El Litoral

De dónde salió este presidente que se enchamiga con el interlocutor al punto de cantar loas al anfitrión de turno sin evaluar el impacto de sus declaraciones públicas? Alberto Fernández es fruto de un experimento de la pragmática política que le permitió al peronismo recuperar el poder en tiempo récord, mediante una alianza pensada para cosechar votos de todo el espectro ideológico, pero no para ejercer las múltiples responsabilidades de gobierno en un contexto de crisis como el que abordó el Frente de Todos en 2019, cuadro que se agravó exponencialmente en marzo de 2020, con la llegada del coronavirus.
Sus atributos como jefe de Gabinete de Néstor Kirchner en la primera mitad de la década pasada son (y siempre lo fueron) un insumo incompleto para configurar una figura presidencial con el aplomo y la cintura política requeridos a fin de navegar en las turbulentas aguas de una economía quebrada, como timonel de un conglomerado de fuerzas políticas con intereses contrapuestos.
La ilusión de un jefe de Estado equilibrado y con destreza política para satisfacer tanto las expectativas de la sociedad como las de sus aliados se diluyó en cuestión de meses con las primeras vacilaciones de una gestión que nunca mostró firmeza en el rumbo elegido, desde la fallida expropiación de Vicentín hasta el férreo confinamiento a una argentinidad que se desengañó con sus propios ojos, cuando el presidente terminó de regalar el triunfo electoral de 2021 a la oposición con aquella fiesta de cumpleaños de su consorte, en plena cuarentena covidiana.
¿El matriarcado de Cristina Fernández de Kirchner influyó en la conducta errática de Alberto? Sí, claro. ¿Las aspiraciones de los sectores de centro representados por Sergio Massa significaron en ciertos momentos condicionamientos para las decisiones presidenciales? Seguramente. Pero el gran responsable del desaguisado nacional sigue siendo el titular del Poder Ejecutivo, debido a una razón insoslayable: nunca mantuvo su eje.
La actitud condescendiente para con el jefe del Kremlin, Vladimir Putin, certifica la vocación camaleónica de un Alberto Fernández que asume posiciones según el entorno. Así como es capaz de decirle a su colega ruso que el Fondo Monetario sojuzga a los países para someterlos a las reglas subyugantes del capitalismo salvaje, no tiene empacho en marcar diferencias raciales, como en aquel pastiche discursivo en el que discriminó a los “argentinos que vienen de los barcos” de los “brasileros que vienen de la selva” y los “mexicanos que vienen de los indios”.
El punto es que si la mimetización de Alberto respondiera a criterios estratégicos de geopolítica, vaya y pase. Pero sus expresiones se reducen a una pulsión por el quedar bien con el interlocutor de turno. Pasó cuando aplicó la letra de Lito Nebbia ante el presidente español, Pedro Sánchez, y volvió a ocurrir en Rusia, cuando expresó su afán de convertir a la Argentina en la puerta de entrada del viejo Soviet a América Latina.
¿Qué ganó el país con esa muestra de lamebotismo por parte de su máxima autoridad? Nada. O mejor dicho: nada positivo. Solamente empantanó las negociaciones con el Fondo Monetario en un acuerdo prendido con alfileres cuyas condiciones potenciales (ajuste energético, veeduría de auditores externos) provocaron un cisma sin retorno en el oficialismo.
Tres días antes de la cumbre con Putin, la alianza gobernante sufrió el golpe interno más traumático de su corta existencia, con la renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque justicialista de la Cámara de Diputados. El hijo bipresidencial dio el portazo en desacuerdo absoluto con el entendimiento impulsado por el ministro de Economía, Martín Guzmán, un costo altísimo que la gestión albertista hubo de pagar con tal de concretar la que hasta el momento es la única decisión económica estructural de su gobierno.Ante la dimisión de Máximo, la propia Kristalina Georgieva habló del peligro de complicaciones en la consumación del entendimiento dado que todavía falta la homologación parlamentaria y la división del Frente de Todos enciende una luz de alerta en el proceso de renegociación de pasivos. Pero 72 horas después, desde la Plaza Roja, fue el presidente argentino quien dinamitó el camino de coincidencias con el FMI.
Entonces… Si Alberto iba a tomar distancia del Fondo con expresiones menospreciativas como las pronunciadas en su gira internacional, ¿por qué mejor no anticipó opinión antes de sufrir una baja irreparable como la de un presidente de bloque apellidado Kirchner que además es el líder de un movimiento interno con ramificaciones en toda la estructura gubernamental?
No hay respuesta para tamaño descalabro político. Solo podemos colegir que el presidente de la Nación, en muchos casos, articula sus pensamientos sin la ilación que el razonamiento válido impone.
Quizás estemos en esta instancia bisagra de la realidad nacional frente al principal problema de la liga partidaria que Cristina y sus acólitos han dado en llamar Frente de Todos: la ausencia de un argumento medular en el ejercicio del poder, de un norte unificador de criterios como el que se requiere en la epistemología para dar por verdadero un precepto, cualquiera sea.
Para comprender este déficit del modelo gobernante en general y de Alberto Fernández en particular habremos de apelar a John Hospers, un filósofo abanderado de las ideas libertarias que a mediados del siglo pasado dejó sentadas las bases del pensamiento lógico al analizar las fuentes del conocimiento y las condiciones que deben darse para que una idea equis se corresponda con la realidad. Veamos: el Frente de Todos se presentó ante el electorado como una alternativa que llegaba para domar una economía desmadrada tras el fracaso del plan económico de Nicolás Dujovne. Y lo hizo sobre la base de varias premisas que parecieran tener asidero en el razonamiento deductivo de los votantes.
¿De qué manera la gente se convenció de que elegir a la dupla Fernández-Fernández era la mejor opción? Articulando las siguientes proposiciones difundidas por la estrategia de campaña del peronismo: a) La presidencia de Néstor Kirchner ordenó la economía después del desastre delarruista; b) Alberto Fernández fue la mano derecha de Néstor Kirchner en ese período de recuperación; c) Cristina Fernández de Kirchner eligió a Alberto Fernández porque lo consideraba idóneo para el ejercicio del poder. Conclusión: Alberto Fernández, por todas esas razones, era “el” presidente que necesitaba la República para revivir los gloriosos tiempos del reverdecer económico de 2003 a 2007.
Dice Hospers en su “Introducción al análisis filosófico”, que la percepción de las personas puede sufrir tergiversaciones que arrojan como resultado una decisión equivocada. Es lo que pasó en las elecciones de 2019, cuando el pensamiento deductivo de los electores se inspiró en percepciones de la historia reciente para entender que el candidato esgrimido por Cristina sería algo así como una suma de virtudes atribuidas a sus antecesores. Hubo evidentemente un error de apreciación generalizado, no porque los votantes hayan recibido información incorrecta, sino porque accedieron a preceptos superficiales, datos parciales que disimularon la realidad de un personaje prácticamente inclasificable. Había que haber indagado más en las características profundas del hoy presidente para acertar en el juicio y advertir que su desempeño, por tratarse de un individuo sinusoidal capaz de borrar con el codo lo que escribió con la mano, sería lo que hoy vemos: un desatino que preludia la derrota del PJ dentro de dos años.

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