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El antiguo Club Social de Corrientes 

Por Enrique Eduardo Galiana

Moglia Ediciones

Del libro Aparecidos, tesoros y leyendas

Qué tendrá nuestra ciudad en sus entrañas insondables de misterios, que tiene tantas cosas para contarnos con el idioma del viento, el agua de lluvia y el sol que la nutre y no puede burlar los muros de los secretos que el olvido y la desmemoria esconden como tesoros. 

¿Por qué otras ciudades hablan, cuentan sus historias, calles y veredas, viejos muros conversando con los humanos que hoy las habitan?... y la nuestra calla. Solo muestra a veces, sorpresivamente, algún arcano. Algo nos muestra. 

En una casona antigua, muy querida para mí, en una tarde de verano muy tranquila, sentí un ruido en una de las paredes que da sobre calle Salta. Observé la misma hacia arriba y lentamente, con la comodidad de quien tiene todo el tiempo del mundo, se desprendió el revoque moderno dejando a la luz una pintura amarilla cansada de estar en las sombras y asomó la originaria pared de tiempos lejanos, revoque de barro y pasto. El ruido de la caída, por el cansancio del material moderno, despierta en mí inquietud y alegría al ver semejante espectáculo. 

Esta casa es vecina, por así decirlo, con otra que pasando la plaza mayor (hoy 25 de Mayo) se ubica en la esquina de 25 de Mayo y Salta, actual Ministerio de Obras y Servicios Públicos, antiguo Club Social. 

Este Club que marcaba un límite entre las capas sociales correntinas, tiene varias historias que narrar. Desde brindis y jolgorios hasta tristezas infinitas, carpetas de juego de barajas en que más de uno perdió la dignidad y también la vida. 

En una tarde-noche, en las oficinas de Arquitectura de la Provincia, se observaban luces encendidas, el mozo pensó que era uno de los jefes que se quedó a trabajar hasta tarde, por ello caviló: “Le voy a llevar un café”. Presto lo hizo y subió (donde actualmente están los baños) creyendo que era uno de los conocidos, lo llama y no recibe respuesta. Cuando se acerca pensando que estaba ensimismado en su tarea y por ello no contestaba, se encuentra con un morocho fortachón, camisa a cuadros, que para sorpresa contaba con un pequeño detalle: no tenía cabeza. El pobre ordenanza salió disparando como un rayo de luz. Al otro día le contaron que es uno de los viejos espectros que rondan los pasillos, herencia de esta hermosa casona que era el “Social”. 

No termina allí la cuestión. Los serenos del ministerio mencionado conocen de memoria la historia de sus predecesores, quienes se habituaban a tirar unos colchones en las noches de verano durante sus guardias, para dormir un rato, pues eran dos y se turnaban para no incumplir con sus deberes. Lo sorprendente es que escuchaban en la parte de arriba, la caída de platos, ruidos de estanterías que se movían. Los serenos no iban a los baños de arriba, se arreglaban como podían en el patio, utilizando pozos para el efecto, como imaginarán. Todo se mantenía igual hasta que una madrugada uno de los serenos se despertó antes, estaba solo, y al lado de él estaba sentado el morocho sin cabeza. Murió de un paro cardíaco, con la sangre que emanaba de su boca y nariz escribió en el piso con el dedo, a duras penas, “el morocho”… 

Nadie al anochecer se queda en las oficinas de arriba, ni para ir al baño. Pero como si fuera magia, los tecleos de las máquinas de escribir y las luces que se encienden y apagan exhiben un ámbito de mucha actividad, de la cual sobresalen algunas risas y otras veces llantos desesperados. El único problema es que las máquinas que suenan están todas archivadas por estar en desuso. 

Dicen que cuando un ministro decidió realizar remodelaciones en el ministerio -las habladurías le endilgan la búsqueda de un tesoro-, contrató a un experto en construcción. Éste manifestó que las monedas que daban fosforescencia podían estar escondidas en los hierros “T”. ¿Descubrieron algo? En realidad no lo sabemos, porque si lo hubieran hecho los espectros que custodian el tesoro habrían desaparecido, por los menos algunos. 

Tampoco tratan un tema un poco forzado: un túnel o sótano que nadie sabe adónde va, está en el edificio como secreto mal guardado. Algunos afirman que cuando observan mucho el lugar, ven aparecer figuras que salen y entran como si se movieran normalmente, con sotanas o algo parecido. 

La historia del “Social” es de alegrías y tristezas: la gente pobre mirando cómo las copas de champán chocaban en brindis y bailes de exposición de vanidades; otras hablan de velorios de sus encumbrados miembros, donde el rol protagónico llevaban las lloronas profesionales, porque a algunos ni la mujer los lloraba. 

Es un edificio poblado de seres fantasmales, mete miedo. Muchos cuentan que más de uno, vencido en mesas de juego, terminó con un balazo en la cabeza en el patio del fondo, o ahorcado del viejo árbol. Bueno, por lo menos conviven los fantasmas en paz, los muertos trágicos, las figuras con sotanas y el hombre sin cabeza. Me pregunto: ¿Qué cuidan? 

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