El actual edificio del Colegio Nacional tuvo su antecesor en el que construyeron los jesuitas, de buen material cocido, con arcos de medio punto, galerías y columnas de troncos de madera dura, tejas musleras de barro cocido, fue un gran avance para el rancherío de la ciudad en la época de su instalación.
Expulsados los sacerdotes, fue recinto del cabildo, casa de gobierno, lugar de asambleas, reuniones de toda índole y allá por el año 1869 bajo la presidencia de Sarmiento se instaló el Colegio Nacional, en 1870 bajo el mismo presidente la Escuela de Preceptores que darán a la provincia los primeros maestros normales nacionales, entre ellos Ramón Contreras y Manuel Vicente Figueredo, entre otros, figuras expectables de la sociedad pasaron por sus aulas, muchos estudiantes pobres del interior se vieron beneficiados por becas que los ayudaron a romper la barrera entre la ignorancia y el saber.
En el siglo XX se inauguró el nuevo edificio, que aún conserva el túnel que va hacia el río, según afirman los entendidos.
La cosa es que el lugar siempre estuvo y está poblada de aparecidos y fantasmas que transitan por el lugar, algunos atribuyen a profesores como el fantasma del profesor Fitz Roy o de Gómez y así se van sucediendo nombres, pero que las sombras deambulan a sus anchas por el lugar, cargado de cientos de años de historia, es verdad, a muchos los asusta por sus formas de aparecer de pronto y desaparecer sin explicación alguna, a otros ni siquiera los asombra por la costumbre que tienen de toparse cotidianamente con ellos.
Un detalle muy importante de las confirmaciones recogidas de personas serias, que cuando brindan su declaración coinciden, es que los espectros visten de manera distinta, son ropas percibidas entre la nebulosa de lo secreto y oculto, pertenecen a distintas épocas. Se mezclan pues sotanas de jesuitas con vestimentas de calzas, levitas, trajes más modernos etc.
El interrogante válido a formular y de hecho lo hacemos, es por qué tanta actividad espiritual concentrada en un lugar, que si bien histórico no pudo tener muchas desgracias en el sitio de su emplazamiento.
La respuesta estaba frente a nosotros mismos, nos faltaba ese ingrediente del razonamiento lógico necesario en la ciencia para dilucidar las dudas humanas. Si había un convento, había una iglesia y si había una iglesia necesariamente había un cementerio, pues allí está la respuesta.
El cementerio de los jesuitas, motivo de enfrentamiento permanente entre sus seguidores y sus enemigo recalcitrantes, no sólo los que integraban las otras congregaciones sino los vecinos comuneros de la ciudad, que se
disputaban con los sacerdotes de Loyola, el derecho arbitrario e injusto de hacer trabajar a los indios como esclavos, unos por medio de las encomiendas, mitas, yanaconazgo y reducciones, y otros con sus misiones, ambas instituciones esclavistas de dominación y mano de obra barata, perversas sin duda alguna.
Pues bien, en el cementerio de los jesuitas fueron a parar los restos de tanta gente seguidora fiel de sus designios, eran ilustrados, jamás miraban de frente, intrigantes del mejor oficio, poseedores de riquezas inmensas por el manejo de la banca internacional, y como ya se dijo en estos relatos encontraron oro, de dónde lo sacaban sigue siendo un secreto, algunos le atribuyen facultades mágicas de alquimistas.
Que los jesuitas enseñaron a cocinar los ladrillos y aplicaron en la ciudad de Corrientes la ciencia de la arquitectura que venía desde lejos, no hay ninguna duda, porque desde 3500 años antes de la era cristiana el ladrillo cocido se halla en construcciones de toda Europa, Asia menor y norte del África, el arco romano o de medio punto con un ladrillo cuneiforme, secreto de la estabilidad de las grandes obras que hasta hoy se conservan como testimonio de nuestro aserto.
Eran científicos de todo el mundo conocido y comerciantes sagaces, y en el puerto de Corrientes se permitían realizar el contrabando, restando ingresos a la corona española y portuguesa, nadie se salvaba de su codicia, enseñaban lo suficiente para ser tenidos como benefactores,
por eso muchos vecinos enviaban a sus hijos a la escuela que dirigían los misioneros, que por cierto pertenecían a las familias acomodadas, porque los pobres estaban excluidos de la educación de cualquier tipo, salvo la servidumbre mansa de la esclavitud, negra o blanca.
Los que eran sus seguidores decidían ser enterrados en el cementerio de los jesuitas, sí señor, como lo digo, en el mismo sitio en que se levanta el actual Colegio nacional, soterrados se encuentran los restos de cientos de correntinos que recibieron sepultura en el lugar.
Lo raro y extraordinario del caso es que los ladrones de tumbas, no hayan logrado conseguir una mísera lápida del antiguo cementerio de esta congregación, especialmente las que se encontraban en la iglesia, lo mismo ocurrió con los cementerios de la capilla Matriz. Dónde
quedaron las bóvedas, cruces y ornamentos a que tan habituados están los seres humanos a utilizar en su menaje mortuorio, baza de leyendas y mitos, teniendo en cuenta que la Matriz desapareció recién a fines del siglo XIX, qué se hizo con los restos de los enterrados en su recinto, primeros pobladores de la ciudad.
Y del cementerio de los jesuitas dónde están los restos de los difuntos, de las placas, lápidas y recuerdos de su existencia, es que alguien las tiene escondidas, o las tiraron como tiramos tanta historia con las demoliciones de viejas casas, obra de los asesinos del urbanismo histórico.
De allí deriva la explicación entonces, de tanta actividad espiritual dentro del nuevo edificio, que de noche infunde miedo, sus galerías externas, aseguran vecinos y transeúntes se ven pobladas de sombras fugaces, figuras con vestimentas diferentes, sombreros extraños, algunos inclusive con plumas, mucha actividad espectral recorre el establecimiento educativo, su base, la tierra milenaria fue, es y será siempre un cementerio, porque las cenizas de los muertos que en ella fueron enterrados con sus almas, quedaron en muchos casos ancladas en el lugar, voces, murmullos, el sonar de campanas cuando sólo existe una, traen voces lejanas del más allá, tratando de transmitir mensajes extraños a los que hoy somos pasajeros del tiempo, no quedó una placa que explique que allí yacen tantos desconocidos y olvidados.
Muchos de los profesores que ejercieron en el actual recinto, se cuidaban mucho de recorrer los pasillos en las mañanas temprano, la siesta o los atardeceres cayendo la noche, por el temor que les asustase una figura extraña, que susurra o pasa leyendo un libro, arrastrando una sotana o murmurando palabras incomprensibles.
Lamento que muchos profesores del tiempo atrás, que sólo ustedes hayan sido configurados como almas boyantes, resulta un incordio porque muchos otros los acompañan en el cementerio de los jesuitas, soterrados en los cimientos yacen pasiones, odios, crímenes, amores realizados y truncados, largas vidas y cortas de niños cuyos blancos cajones devoró la tierra, en su eterno consumo de cenizas de las cuales partimos.
Lo único que subsiste como testimonio de éstos sacerdotes jesuíticos, son las tallas que realizaban los indios bajo su dirección, según me han dicho una colección importante de estas tallas fueron regaladas al señor Benjamín Solari, no lo conozco. Otra que provenía del pueblo de San Miguel, la original se encontraba en manos de la familia Clavert Gallino, cuyo destino desconozco, otras las observé cuando las restauradoras trabajaban con ellas en el Museo Casa de los Martínez.
Hasta aquí llegamos, sonaron las campanas, muchos espíritus marchan con apremio a la misa de los jesuitas, otros van a visitar a sus muertos en el Colegio Nacional.