Por Eduardo Ledesma Pregunta
Versión gráfica: Belén Da Costa
En este episodio de Eduardo Ledesma Pregunta, charlé con el doctor Ricardo Torres, uno de los cirujanos más destacados de la Argentina y América Latina. Pionero en cirugía laparoscópica, formó a más de 7 mil médicos en la región, creó centros de entrenamiento en varios países y en 2023 recibió el Premio Konex en Ciencia y Tecnología.
En este episodio habla de los inicios de la cirugía mínimamente invasiva, de la formación de nuevas generaciones de médicos, del vínculo entre técnica y sensibilidad en el quirófano, de la salud pública y del compromiso de hacer medicina de excelencia desde Corrientes hacia el mundo.
Una charla sobre ciencia, docencia y humanidad en la práctica médica.
Usted fue uno de los primeros en realizar una colecistectomía laparoscópica en el país, cuando esa técnica era prácticamente desconocida. Entonces, ¿de qué se trata esa cirugía y qué se siente estar en un lugar no transitado antes?
Ese fue un acontecimiento único, por eso sé la fecha exacta: fue el 13 de junio de 1991. Veníamos buscando en ese momento junto a mi gran amigo y socio, el doctor Orban y al doctor Beltrán el caso ideal, o sea, el caso fácil. Ese caso fácil, por inexperiencia, por ser la primera y demás, nos llevó casi tres horas de tiempo. Hoy esa misma cirugía lleva 15 minutos en las manos de cualquier cirujano laparoscopista, así que con esto te imaginarás que fue un acontecimiento muy especial. Lo tuvimos que hacer con mucho cuidado, con inexperiencia. Era un procedimiento que nos habíamos capacitado, pero que en todo el mundo era muy nuevo. Y cuando resultó exitoso, la verdad que fue una satisfacción de tal magnitud que hoy todavía me acuerdo el día, la hora y cómo lo festejamos a posteriori de que la enferma se fue de alta.
¿Y en qué consiste básicamente la técnica?
Hasta esa fecha, para sacar la vesícula o para abordar cualquier órgano intraabdominal, hacía falta hacer una incisión. Una incisión es hacer un tajo, abrir el abdomen, ir con las manos y si hay que sacar la vesícula, se saca la vesícula. Esto fue un cambio radical en la manera de operar en todo el mundo, porque en vez de abrir el abdomen, se hacía agujeros a través de un tubito que tiene un punzón. Ese punzón perfora la pared del abdomen, luego saca el punzón y se pone una óptica dentro y uno empieza a ver todo el abdomen en una pantalla de televisión. Y a través de esos agujeros se hacen las maniobras quirúrgicas para extraer el órgano. Eso trajo aparejado un cambio excepcional, primero en la manera de operar, que antes operábamos con las manos, tocando y mirando directamente, y ahora lo empezábamos a hacer como lo hacen los que juegan los videojuegos electrónicos. Lo hacíamos desde afuera con unos palitos y mirando un televisor. Y acá nos teníamos que imaginar la profundidad de campo y todo. O sea, una manera nueva de operar. Pero esa manera nueva tuvo un despegue tan extraordinario a favor del paciente, que realmente revolucionó la cirugía. A partir de la cirugía laparoscópica, las grandes operaciones se transforman en el posoperatorio, en una recuperación rapidísima, a veces de 24 horas. Estamos en condiciones de sacar gran parte de un estómago y que el paciente al día siguiente se vaya de alta, caminando y solamente con agujeritos en el abdomen.
A mí me impresionó un poco el número de 7.000 cirujanos bajo entrenamiento suyo, pero más allá del número, ¿qué ve en los médicos jóvenes que todavía lo entusiasma hoy?
Primero empecemos con ese número de 7.000. El hecho de haber visto las ventajas que tenía esta cirugía y ante la experiencia personal de nuestro grupo, que tuvimos que aprender solos, tuvimos que aprender quizás hasta por el camino del error y el acierto. Nos costaba mucho implantar un método que era francamente beneficioso para el paciente, pero que era difícil de aprender. No había dónde, ni había cómo, ni quién enseñe. Y así fue entonces que este grupo, que estaba incluido el doctor Orban, llevamos a la Facultad de Medicina la idea de hacer un centro de entrenamiento en ese tipo de operaciones. Y para entrenar a esas personas teníamos que crear simuladores, no lo podíamos hacer en seres humanos. Entonces creamos elementos con vísceras de animales, con reproducción de órganos en silástica, etcétera, etcétera. Armamos este centro de entrenamiento que cumple este año 26 años de vida ininterrumpida. Durante la pandemia lo hicimos online, pero fue la única diferencia. Pero hace 26 años que estamos enseñando cómo se adquieren las habilidades de esta técnica, que es totalmente diferente a la anterior.
Antes de entrar al ser humano, aún con la experiencia adquirida.
Exacto. Lo que pasa es que hay un nivel básico y después vienen distintos profesionales a perfeccionar un determinado tipo de operación. Entonces en este centro actualmente, dada la gran tecnología que tiene, se puede tomar un curso de cirugía laparoscópica de colon, por ejemplo. Entonces viene un cirujano que sabe hacer vesícula, pero que todavía le falta hacer la patología intestinal. Entonces toma ese curso. Y así como eso hay de todo. Hay cirugía de la obesidad, hay cirugía ginecológica, urológica, pediátrica, de paredes. Tenemos alrededor de 17 cursos especializados en distintas áreas.
Ese laboratorio está acá.
Acá, pertenece a la Facultad de Medicina de la UNNE y es reconocido internacionalmente por sus características. Es realmente impactante.
Usted es médico, cirujano, docente, investigador. Entonces la pregunta más humana es cómo cómo se administra el ego en una carrera de tanto impacto y dónde usted se refugia cuando eso pesa.
El ego es el principal enemigo de cualquier médico porque todos son conscientes que nosotros manejamos vidas humanas. El juicio que tenemos que tener o del juicio que aplicamos con nuestros pacientes son los resultados. Así que yo diría que no nos podemos dejar manejar por el ego, por más que yo esté muy reconocido porque me hayas invitado a un programa tan prestigioso como el tuyo, tengo que manejar ese ego de tal manera de que el paciente sea lo principal. Si uno quiere ser médico, el paciente es lo único que importa, lo demás es totalmente secundario. Y los reconocimientos habitualmente vienen sin que uno lo busque. Cuando uno está en la búsqueda de ellos, parece que no se los encuentra, y cuando uno hace lo que le gusta y lo que cree que es mejor para su paciente, las cosas vienen solas, incluso más de lo que uno esperaba. Así que yo aconsejaría que cualquiera que quiera hacer medicina se olvide del ego, porque lo principal es el paciente, no uno.
Doctor, ¿qué pasa con la salud pública y cómo se sostienen equipos como este laboratorio o este centro de entrenamiento en una universidad pública donde siempre faltan cosas no? Y donde además incide mucho el contexto.
En realidad, siempre falta algo. Eso creo que es la regla de la vida y por más que parezca que está todo perfecto, uno siempre quiere más. Eso es bueno porque permite evolucionar, permite gestionar para ir mejorando. En términos generales, la salud pública en la Argentina es muy buena. Yo he recorrido toda Latinoamérica por razones profesionales, y les puedo asegurar que Argentina está en el top de la atención médica pública. Por supuesto, pueden faltar cosas, pero, por ejemplo, en el Hospital Escuela de la Ciudad de Corrientes se hace cualquier tipo de cirugía mínima invasiva de las más elevadas y complejas que hay en el mundo. Y eso se ha conseguido, no del día a la mañana, se ha conseguido con un grupo de trabajo que va no presionando, sino convenciendo a las autoridades de salud pública de que todo es en beneficio de la población, de que tiene costo beneficio, porque parece que la tecnología fuera cara y resulta que cuando uno la analiza termina siendo barata porque ahorra complicaciones, ahorrarías de internación, gastos en remedios, etcétera, etcétera. Con un grupo de trabajo que tenga el convencimiento, la fuerza y la llegada política para para ir consiguiendo cosas se puede. Lo mismo se repite en las grandes ciudades, Córdoba, Santa Fe, ni hablar de Buenos Aires. Con las universidades pasa exactamente lo mismo.