Ana proveniente de lugares extraños de Europa del Este como se ha dicho, enseñaba a sus hijas conocimientos antiguos, secretos, que aprendió de generación en generación, como curar el empacho, mordeduras de víboras, conocía cada planta que encontraba, y aprendía de los lugareños cómo curar el empacho, el mal de ojo, el fuego de San Antonio y cuanto secreto oculto había, es de suponer que por el lugar abundaran las curanderas, hechiceras con las cuales mantenía buena relación, hasta le enseñaron la nigromancia (capacidad de hablar con los muertos) según la Biblia.
Lo que no le enseñó a nadie salvo a sus hijas –haciéndoles jurar que no dirían nada a nadie con excepción de sus hijos si los tuvieran–, era a maldecir, esa fuerza endemoniada que era el último recurso de los pueblos que eran atacados y hasta morían sin saber por qué, como los romaníes (gitanos), armenios, los judíos, los homosexuales, los indios, negros etc. Ayudaba a mucha gente del barrio y fuera de él.
Samuel desde el inicio de su matrimonio siempre trató bien a su familia, lo mismo que a sus vecinos, pero no era un hombre que pueda definirse como generoso, era más bien era tacaño, avaro, enfermedad que lo envilecía. Gastos para vestidos dignos y alimentos los proveía, pero lo demás lo atesoraba en un sitio que sólo conocían Ana y él, posteriormente sus hijas. Muchas veces volvía a la casa con monedas de oro de oscuro origen, explicaba que si hablaban los matarían, “no hay que mostrar la leche”, afirmaba.
Con los vecinos era muy correcto, ayudaba físicamente, algunas veces con obsequios del Paraguay, especialmente a la familia de su entrañable amigo Ricardo; jamás negó un plato de comida a nadie pero no pasaba de ese muro, fue agradecido hasta el final, pero ese era el límite.
Pasaron los años y la casa fue testigo del crecimiento de las niñas, se educaron en la escuela pública argentina, no había otro país como éste aseguraban Samuel y Ana.
Como contraste, como es natural, los padres envejecieron,
la más deteriorada por el trabajo de la casa, tareas afuera más una pequeña granja en el patio con gallinero, era Ana.
Sumado a ello enseñó a sus hijas a tejer en el telar, fabricando los hilos de algodón, tejiendo, confeccionando productos de buena calidad, chales, mantas, servilletas y otras.
El tiempo minó su salud, una tarde de abril la muerte se presentó advirtiéndole que pronto partiría al otro plano.
En su despedida recomendó a sus hijas ya señoritas, de 18, 17 y 14 años que utilizaran los conocimientos que les brindó para el bien, nunca para el mal, salvo si se encontraban como ella había vivido en situaciones graves, allí podían usar la maldición, la nigromancia, ella acudiría a ayudarlas, ni siquiera a su padre debían decirle, las hizo jurar, las abrazó y en ese instante de felicidad la muerte blanca la envolvió en su manto y se la llevó.
Partió en paz sin rito funerario alguno. Los cementerios ya eran laicos pero existía uno que no estaba autorizado por nadie, salvo la gente del lugar ubicado en una lomada arbolada del Bañado Norte. Le dieron sepultura con dignidad y un cajón construido en la zona, se compraba en el almacén de ramos generales, la cruz de madera con una placa de metal hecha a punzón recodaba su nombre.
Un piadoso vecino muy asiduo a la iglesia católica leyó la biblia, ofició de mediador ante Dios ante la falta de sacerdotes, no iban mucho por el lugar, el tiempo de los sacrificios evangelizadores angaú había pasado. Toda la gente del barrio acompañó a su morada final a la señora Ana, muy respetada y querida, muchos le debían la vida.
Detrás callado y cerrado caminaba Samuel con su traje de capitán de barco de la carrera, estaba desolado, había fallecido su amada.
Terminado el velorio Margarita rezó la Novena para que el alma boyante de Ana ascendiera a los cielos, según su creencia. Las hijas lloraban desconsoladamente abrazándose, el padre nunca fue muy expresivo ni cariñoso con ellas, las adoraba pero se había creado un distanciamiento respetuoso, Ana las consumió.
La mayor continuó con las tareas de la madre, eran niñas bonitas, ayudada por sus hermanas continuaron hilando y tejiendo, curando, extraordinariamente mostraban la misma solidaridad y respeto que Ana.
Samuel en cambio se encerró en un silencio atronador, mantenía el mismo rigor en cuanto a los gastos y economía del hogar, “quien nada tuvo –decía Ricardo– no sabe vivir”, trataba de convencerlo de cambiar, de marcharse al centro porque podía hacerlo, que sus hijas tuvieran un mejor pasar que las calles de barro, falta de servicios básicos como cloacas, luz, agua potable. Eran consejos dirigidos por un buen hombre envejecido a su amigo igualmente avejentado. Pero estaba sordo, ciego, mudo, su mente se cerró más al perder al amor de su vida, aclarando que nunca le regaló a su esposa una mísera cadena de oro, lloraba por cualquier motivo.
Los candidatos que pretendían acercarse a las niñas eran ahuyentados por el padre, era de temer, portaba un revólver de gran calibre y una espada corta de la marina, las quejas de sus hijas no le hacían mella. Se agravó la situación cuando la técnica más la edad, impusieron la jubilación del viejo capitán, estaba en la casa como un perro cancerbero. Florinda encaneció prematuramente, nunca tuvo el coraje de marcharse, sus hermanas la imitaron, juraron a su madre que no abandonarían al Capitán, tenían miedo en vez de amor al padre viejo, sus vidas fueron sólo y únicamente de sacrificios, la juventud se les escapaba.