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La hora de mejorar la inteligencia estatal

Por El Litoral

Jueves, 01 de agosto de 2024 a las 18:12

La disolución de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) para crear cuatro entidades especializadas que funcionarán bajo la órbita de la nueva Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) abre una oportunidad excepcional para que la Argentina, al fin, desarrolle un sistema de inteligencia consistente que se aboque a proteger a la comunidad y a realizar aportes en la preservación de la seguridad internacional, en relación con servicios similares del extranjero. Pero esta misma reformulación conlleva, también, riesgos insoslayables.
Como se recordará, el Gobierno publicó en el Boletín Oficial los decretos 614 y 615. Con ellos creó el Servicio de Inteligencia Argentino, la Agencia de Seguridad Nacional y la Agencia de Ciberseguridad, que serán monitoreadas por una División de Asuntos Internos, que funcionará como organismo de control de los anteriores.
Bien diseñados, con los recursos presupuestarios adecuados y sobre todo con el personal más idóneo al frente, la nueva estructura de inteligencia puede saldar una de las mayores deudas que arrastra la democracia argentina desde 1983. Cuatro décadas llenas de oprobio y vergüenza que esperamos y deseamos que de este modo queden atrás.
Basta recordar algunos de los muchos y graves tropiezos que durante esos 40 años registraron todos los presidentes en el área de inteligencia. Desde la presencia de Raúl Guglielminetti en tiempos de Raúl Alfonsín y los dos atentados y la causa AMIA durante la presidencia de Carlos Menem a las “coimas en el Senado”. También podemos citar los sobresueldos que salían de la SIDE destinados a políticos, jueces y periodistas; las escuchas telefónicas ilegales y el despido de Gustavo Beliz cuando se enfrentó con Antonio “Jaime” Stiuso durante la presidencia de Néstor Kirchner, la nefasta influencia del general César Milani durante el cristinismo y la banda “Super Mario Bros” en la pésima gestión de Gustavo Arribas y Silvia Majdalani. Y la intervención de la AFI y el ingreso de militantes de La Cámpora con Alberto Fernández. En todo este oscuro panorama se destaca otro hecho lamentable y, todavía, misterioso: la muerte del fiscal Alberto Nisman no se puede explicar sin tomar en cuenta la actividad de los servicios de inteligencia.
Con semejantes antecedentes –entre otros muchos ejemplos vergonzosos que podríamos citar–, debemos reaccionar con cautela ante el anuncio de esta reformulación del sector de inteligencia. ¿Estamos ante una reforma real o ante otro ejemplo más de gatopardismo? ¿Estamos ante un cambio verdadero o un mero cambio de nombre –otro más en apenas unos años– para que en realidad nada cambie en aquello que el gran politólogo italiano Norberto Bobbio denominó el sotto governo?
En ese sentido, invitamos pues a la Comisión Bicameral de Fiscalización de Organismos y Actividades de Inteligencia del Congreso Nacional a prestar especial atención a la ejecución de los “fondos reservados”, que fueron incrementados, a la selección de personal y al cumplimiento de los objetivos trazados dentro de la legislación vigente. A qué se destine el dinero de los contribuyentes, quiénes encarnarán la letra de la ley y qué harán cada uno de ellos resultará clave.
Dada la nueva estructura de inteligencia, sin embargo, resulta evidente que otro de los grandes desafíos pasará, sin dudas, por lograr una coordinación eficiente entre el Servicio de Inteligencia Argentino, la Agencia de Seguridad Nacional y la Agencia de Ciberseguridad. Solo así se evitarán los recelos y el tabicado de la información que suele registrarse en toda burocracia.
La Argentina ya padeció dos terribles ataques terroristas en las postrimerías del siglo XX, con apoyo logístico desde la Triple Frontera, y la posibilidad de un tercer atentado resulta un riesgo con el que lidian nuestros servicios de seguridad e inteligencia.
Para contar con una estructura de inteligencia que funcione como tal resultará decisivo designar a los mejores funcionarios, a los más idóneos, a los más preparados, a los que tengan fojas de servicio intachables. No lo fue el senador nacional Oscar Parrilli, al que la propia Cristina Kirchner trataba como un lacayo, como tampoco lo fue Arribas, en el gobierno de  Macri.
Ahora, ¿cuáles son los méritos del señor Sergio Neiffert para liderar semejante estructura de inteligencia? Según señala su currículum, es experto en el manejo de recursos públicos y privados.
La esperanza está puesta en que hay un cambio profundo.

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