ellitoral.com.ar

Domingo 17de Noviembre de 2019CORRIENTES18°Pronóstico Extendidoclima_parcial_noche

Dolar Compra:$57,50

Dolar Venta:$62,50

El más humano de todos los derechos

imagen_0

Por el doctor Juan José R. 
Laprovitta
Ex secretario de Culto 
de la Nación. 
Especial para El Litoral

Luego de escuchar el mediocre debate presidencial el domingo 13, donde uno de los exponentes dando la espalda a la doctrina política que dice sostener, propuso legalizar el aborto para evitar los clandestinos, sentí el imperativo de escribir estas líneas, y proclamar que:
El más humano de todos los derechos es el derecho a nacer.
Auspiciar la legalización del aborto en nombre de la libertad, encubre la intención de promover los antivalores, que son el fundamento de la cultura de la muerte. Porque el derecho a la vida desde la concepción no es una realidad aislada de la verdad y la libertad. Muy por el contrario, la vida cuando es separada de la verdad y la libertad, cae inexorablemente abatida por la confusión y la muerte. Y este hecho es un fenómeno paradójico en esta posmodernidad, se niega y reniega la excelencia de las virtudes, del Orden Natural y Sobrenatural en nombre de la libertad, trastocando el sentido auténtico de la vida, en un marco de lenguaje y acciones para promover precisamente los antivalores, fundamentos de la cultura de la muerte. Los ejemplos abundan como las proclamas y los hechos realizados, en aumento, de las feministas y demás seguidores de la ideología de género, el nuevo libreto de la izquierda marxista. Pero, y el primer derecho, el básico, el sustancial: el derecho a la vida es trastocado, negado y combatido. Pregunto: las personas que así actúan, ¿dónde comenzaron su existencia humana?
“La vida humana comienza con la fecundación, esto es un hecho científico con demostración experimental”, declaración de la Academia Nacional de Medicina, Buenos Aires, 28 de julio 1994. Por tanto, el niño por nacer es tan ser humano como toda persona y merece el mayor de los respetos y el reconocimiento de sus derechos. Luego, el aborto es el mayor de los crímenes, porque se destruye la vida del ser humano más inocente e indefenso.
Si no se respeta el primer derecho, que es el derecho a la vida, mal se puede pretender que los derechos que hacen al bien y a la dignidad de toda persona humana se respeten. Por esto afirmamos que vivimos una paradoja, porque quienes declaman y reclaman tanto los derechos humanos, generalmente son los que propician el aborto. 
Y uno de los pobres argumentos que esgrimen para tal fin, es que con la legalización del aborto se eliminarían los abortos clandestinos. Tal afirmación es falsa. Pues en todos los países donde se legalizó el aborto, los clandestinos no sólo no desaparecieron, sino aumentaron. Claro, porque al ser legal abortar, optan por el aborto más barato, el clandestino, antes que enfrentar los gastos de las clínicas abortivas. Las estadísticas, por tanto, indican que la despenalización del aborto provoca más muerte en las mujeres y en más niños por nacer. 
Con el aborto no sólo se mata la vida de un niño, sino también se destruye el vínculo natural entre la madre y el niño. Siendo los efectos psicopatológicos del aborto uno de los más acuciantes de la actualidad, cuando la madre y a veces el padre, descubren con estupor su culpa parricida. Esto demuestra como el aborto es la antítesis de la verdad y la libertad, valores y pilares de la dignidad y derechos humanos.
El aborto no sólo destruye vidas inocentes y genera graves trastornos conductuales en la madre y el padre, sino también produce pingües ganancias para las clínicas y profesionales abortivos, pues los desechos de niños asesinados en el santuario materno son utilizados para transplantes, alta cosmética, etc.
Esta realidad es la más perversa que se conoce con una proyección sin parangón, cuando gobiernos y fundaciones gastan millones de dólares promoviendo al aborto no sólo como aceptable, sino como expresión de libertad. 
Es la manifestación más clara del enfrentamiento, del hastío, de la rebelión, de la soberbia del hombre contra su Creador y Su Ley, porque Dios lo creó al hombre a su imagen y semejanza. San Juan Pablo II escribió en Evangelium Vitae: “En estas circunstancias los cristianos tienen que actuar. No es fácil en una situación en la que a veces hay una falsificación deliberada de las enseñanzas de la Iglesia y un desprecio hacia quienes la promueven… La acción debe ser al mismo tiempo educativa y política. Se debe hacer una profunda catequesis sobre el Evangelio de la Vida, que se presenta como un desafío a la cultura dominante allí donde la dignidad y los derechos humanos se ven amenazados por la cultura de la muerte. La elección en favor de la vida no es una opción privada sino uno de los requisitos básicos para una sociedad moral y justa”.
Y precisamente una República moral y justa es lo que anhelamos y buscamos fervientemente todos los argentinos. ¡Este es el camino!

¿Te gustó la nota?
Comentarios
Logo

El más humano de todos los derechos

Por el doctor Juan José R. 
Laprovitta
Ex secretario de Culto 
de la Nación. 
Especial para El Litoral

Luego de escuchar el mediocre debate presidencial el domingo 13, donde uno de los exponentes dando la espalda a la doctrina política que dice sostener, propuso legalizar el aborto para evitar los clandestinos, sentí el imperativo de escribir estas líneas, y proclamar que:
El más humano de todos los derechos es el derecho a nacer.
Auspiciar la legalización del aborto en nombre de la libertad, encubre la intención de promover los antivalores, que son el fundamento de la cultura de la muerte. Porque el derecho a la vida desde la concepción no es una realidad aislada de la verdad y la libertad. Muy por el contrario, la vida cuando es separada de la verdad y la libertad, cae inexorablemente abatida por la confusión y la muerte. Y este hecho es un fenómeno paradójico en esta posmodernidad, se niega y reniega la excelencia de las virtudes, del Orden Natural y Sobrenatural en nombre de la libertad, trastocando el sentido auténtico de la vida, en un marco de lenguaje y acciones para promover precisamente los antivalores, fundamentos de la cultura de la muerte. Los ejemplos abundan como las proclamas y los hechos realizados, en aumento, de las feministas y demás seguidores de la ideología de género, el nuevo libreto de la izquierda marxista. Pero, y el primer derecho, el básico, el sustancial: el derecho a la vida es trastocado, negado y combatido. Pregunto: las personas que así actúan, ¿dónde comenzaron su existencia humana?
“La vida humana comienza con la fecundación, esto es un hecho científico con demostración experimental”, declaración de la Academia Nacional de Medicina, Buenos Aires, 28 de julio 1994. Por tanto, el niño por nacer es tan ser humano como toda persona y merece el mayor de los respetos y el reconocimiento de sus derechos. Luego, el aborto es el mayor de los crímenes, porque se destruye la vida del ser humano más inocente e indefenso.
Si no se respeta el primer derecho, que es el derecho a la vida, mal se puede pretender que los derechos que hacen al bien y a la dignidad de toda persona humana se respeten. Por esto afirmamos que vivimos una paradoja, porque quienes declaman y reclaman tanto los derechos humanos, generalmente son los que propician el aborto. 
Y uno de los pobres argumentos que esgrimen para tal fin, es que con la legalización del aborto se eliminarían los abortos clandestinos. Tal afirmación es falsa. Pues en todos los países donde se legalizó el aborto, los clandestinos no sólo no desaparecieron, sino aumentaron. Claro, porque al ser legal abortar, optan por el aborto más barato, el clandestino, antes que enfrentar los gastos de las clínicas abortivas. Las estadísticas, por tanto, indican que la despenalización del aborto provoca más muerte en las mujeres y en más niños por nacer. 
Con el aborto no sólo se mata la vida de un niño, sino también se destruye el vínculo natural entre la madre y el niño. Siendo los efectos psicopatológicos del aborto uno de los más acuciantes de la actualidad, cuando la madre y a veces el padre, descubren con estupor su culpa parricida. Esto demuestra como el aborto es la antítesis de la verdad y la libertad, valores y pilares de la dignidad y derechos humanos.
El aborto no sólo destruye vidas inocentes y genera graves trastornos conductuales en la madre y el padre, sino también produce pingües ganancias para las clínicas y profesionales abortivos, pues los desechos de niños asesinados en el santuario materno son utilizados para transplantes, alta cosmética, etc.
Esta realidad es la más perversa que se conoce con una proyección sin parangón, cuando gobiernos y fundaciones gastan millones de dólares promoviendo al aborto no sólo como aceptable, sino como expresión de libertad. 
Es la manifestación más clara del enfrentamiento, del hastío, de la rebelión, de la soberbia del hombre contra su Creador y Su Ley, porque Dios lo creó al hombre a su imagen y semejanza. San Juan Pablo II escribió en Evangelium Vitae: “En estas circunstancias los cristianos tienen que actuar. No es fácil en una situación en la que a veces hay una falsificación deliberada de las enseñanzas de la Iglesia y un desprecio hacia quienes la promueven… La acción debe ser al mismo tiempo educativa y política. Se debe hacer una profunda catequesis sobre el Evangelio de la Vida, que se presenta como un desafío a la cultura dominante allí donde la dignidad y los derechos humanos se ven amenazados por la cultura de la muerte. La elección en favor de la vida no es una opción privada sino uno de los requisitos básicos para una sociedad moral y justa”.
Y precisamente una República moral y justa es lo que anhelamos y buscamos fervientemente todos los argentinos. ¡Este es el camino!