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Cristina nunca convocó una multitud semejante

Con la sucesión de concentraciones que se realizaron en los últimos días, Macri ya logró “dar vuelta” algo. La paliza del 11 de agosto proyectó en las horas siguientes la imagen de un presidente derrotado y depresivo, que empezaba a alejarse del poder dejando tras de sí una fuerza política moribunda. Esa percepción fue revertida sorpresivamente en estas últimas semanas en las que Macri, en parte, se reinventó. Ya no hace actos en gimnasios cerrados, ni es protegido por vallas. 
Al contrario: convoca a su gente a ganar la calle y se mezcla entre ellos. Así fue, por ejemplo, la llegada del sábado al acto final de campaña. Ese acto no sumó un millón de personas, pero hubiera desbordado varias veces la plaza de Mayo. Hay que remontarse a las impresionantes caravanas de Carlos Menem en 1995 para encontrar actos proselitistas de esta magnitud. Con el fervor popular que la rodeó y la rodea, Cristina nunca convocó una multitud semejante.
Y todo esto se produjo en el marco de una crisis económica muy seria, que es el resultado más sensible de la gestión macrista, y luego de una derrota electoral en las primarias que fue un mazazo para el ánimo de todos los simpatizantes de Cambiemos. Sin embargo, allí están: y son muchísimos los dispuestos a marchar detrás de Macri. Asegura Ernesto Tenembaum, en Infobae.
En ese marco, Macri, por primera vez, tarde quizás, logró cierta personalidad al arengar a una multitud. Su estilo de pastor evangélico ayer incorporó cierto contenido y, evidentemente, ese estilo significa algo para mucha gente. Carece del magnetismo que, en sus mejores momentos, tuvieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem y la misma Cristina. Pero ya no es el novato que improvisa, titubea, imposta demasiado las emociones. Es bastante claro que se trata de un libreto pensado. Pero, ¿alguna vez no lo es?
En los últimos días, la Casa Rosada difundió datos para demostrar que, en muchas provincias que desdoblaron, Macri obtuvo más votos que algunos candidatos de Cambiemos. Son estadísticas amañadas pero que ofrecen evidencia de que Macri está decidido a priorizar una vez más su liderazgo antes que la posibilidad de recrear la oposición.
En esa dinámica, Macri tiene intereses distintos a los de los líderes regionales de Cambiemos. Los gobernadores de la oposición, entre ellos Horacio Rodríguez Larreta, tendrán necesidad de dialogar. Macri, en cambio, querrá demostrar que el gobierno de Fernández es peor que el suyo.
Para Cambiemos, después del 10 de diciembre, puede ser importante empezar a presentarse como una propuesta diferente a la que acaba de fracasar, especialmente en el área económica: reinventarse. Macri es un símbolo de ese fracaso, y lo será mucho más si pretende demostrar que las cosas que ocurrieron no ocurrieron.
Macri cierra su mandato muy distinto al que asumió el 10 de diciembre de 2015. Por entonces, creía que era fácil derrotar la inflación y que, por ende, la pobreza bajaría en el país, que era posible atraer una lluvia de inversiones con solo correr a Cristina del poder, que su equipo estaba integrado por personalidades de excepción. Era un líder que se había ido corriendo progresivamente hacia el laicismo e insinuaba un discurso desarrollista. Es difícil saber qué es lo que aprendió sobre sus limitaciones, que se demostraron mucho más serias de lo que él creía. Es, al mismo tiempo, el jefe de un gobierno que fracasó en su desafío principal, pero un líder político capaz de seguir peleando en las condiciones más adversas. ¿Quién hubiera dicho hace solo un lustro que una multitud semejante iba a concurrir a uno de sus actos?
En algún sentido, es positivo para la Argentina que los presidentes sean despedidos por multitudes. Sería bueno, además, que la herencia que dejan sea menos dolorosas.

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Cristina nunca convocó una multitud semejante

Con la sucesión de concentraciones que se realizaron en los últimos días, Macri ya logró “dar vuelta” algo. La paliza del 11 de agosto proyectó en las horas siguientes la imagen de un presidente derrotado y depresivo, que empezaba a alejarse del poder dejando tras de sí una fuerza política moribunda. Esa percepción fue revertida sorpresivamente en estas últimas semanas en las que Macri, en parte, se reinventó. Ya no hace actos en gimnasios cerrados, ni es protegido por vallas. 
Al contrario: convoca a su gente a ganar la calle y se mezcla entre ellos. Así fue, por ejemplo, la llegada del sábado al acto final de campaña. Ese acto no sumó un millón de personas, pero hubiera desbordado varias veces la plaza de Mayo. Hay que remontarse a las impresionantes caravanas de Carlos Menem en 1995 para encontrar actos proselitistas de esta magnitud. Con el fervor popular que la rodeó y la rodea, Cristina nunca convocó una multitud semejante.
Y todo esto se produjo en el marco de una crisis económica muy seria, que es el resultado más sensible de la gestión macrista, y luego de una derrota electoral en las primarias que fue un mazazo para el ánimo de todos los simpatizantes de Cambiemos. Sin embargo, allí están: y son muchísimos los dispuestos a marchar detrás de Macri. Asegura Ernesto Tenembaum, en Infobae.
En ese marco, Macri, por primera vez, tarde quizás, logró cierta personalidad al arengar a una multitud. Su estilo de pastor evangélico ayer incorporó cierto contenido y, evidentemente, ese estilo significa algo para mucha gente. Carece del magnetismo que, en sus mejores momentos, tuvieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem y la misma Cristina. Pero ya no es el novato que improvisa, titubea, imposta demasiado las emociones. Es bastante claro que se trata de un libreto pensado. Pero, ¿alguna vez no lo es?
En los últimos días, la Casa Rosada difundió datos para demostrar que, en muchas provincias que desdoblaron, Macri obtuvo más votos que algunos candidatos de Cambiemos. Son estadísticas amañadas pero que ofrecen evidencia de que Macri está decidido a priorizar una vez más su liderazgo antes que la posibilidad de recrear la oposición.
En esa dinámica, Macri tiene intereses distintos a los de los líderes regionales de Cambiemos. Los gobernadores de la oposición, entre ellos Horacio Rodríguez Larreta, tendrán necesidad de dialogar. Macri, en cambio, querrá demostrar que el gobierno de Fernández es peor que el suyo.
Para Cambiemos, después del 10 de diciembre, puede ser importante empezar a presentarse como una propuesta diferente a la que acaba de fracasar, especialmente en el área económica: reinventarse. Macri es un símbolo de ese fracaso, y lo será mucho más si pretende demostrar que las cosas que ocurrieron no ocurrieron.
Macri cierra su mandato muy distinto al que asumió el 10 de diciembre de 2015. Por entonces, creía que era fácil derrotar la inflación y que, por ende, la pobreza bajaría en el país, que era posible atraer una lluvia de inversiones con solo correr a Cristina del poder, que su equipo estaba integrado por personalidades de excepción. Era un líder que se había ido corriendo progresivamente hacia el laicismo e insinuaba un discurso desarrollista. Es difícil saber qué es lo que aprendió sobre sus limitaciones, que se demostraron mucho más serias de lo que él creía. Es, al mismo tiempo, el jefe de un gobierno que fracasó en su desafío principal, pero un líder político capaz de seguir peleando en las condiciones más adversas. ¿Quién hubiera dicho hace solo un lustro que una multitud semejante iba a concurrir a uno de sus actos?
En algún sentido, es positivo para la Argentina que los presidentes sean despedidos por multitudes. Sería bueno, además, que la herencia que dejan sea menos dolorosas.