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Convivencia ciudadana

Por José Ceschi

¡Buen día! Antes de ingresar a la Iglesia de San Francisco en Quito, Ecuador (7.7.15), el Papa Francisco recibió las llaves simbólicas de la ciudad. “Esto me permite -dijo entonces- presentarles algunas claves de la convivencia ciudadana a partir de este ser de casa; es decir; a partir de la experiencia de vida familiar”.
“Nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa. En una familia, los padres, los abuelos, los hijos son de casa. Ninguno está excluido. Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan. Su dolor es de todos. Me viene a la mente la imagen de esas madres o esposas. Las he visto en Buenos Aires haciendo colas los días de visita para entrar a la cárcel, para ver a su hijo o su esposo que no se portó bien, por decirlo en lenguaje sencillo, pero no los dejan porque siguen siendo de casa. ¡Cómo nos enseñan esas mujeres! En la sociedad, ¿no debería suceder también lo mismo? Y, sin embargo, nuestras relaciones sociales o el juego político en el sentido más amplio de la palabra -no olvidemos que la política, decía el beato Pablo VI, es una de las formas más altas de la caridad-, muchas veces este actuar nuestro se basa en la confrontación, que produce descarte. Mi posición, mi idea, mi proyecto se consolidan si soy capaz de vencer al otro, de imponerme, de descartarlo. Así vamos construyendo una cultura del descarte, que hoy día ha tomado dimensiones mundiales, de amplitud. ¿Eso es ser familia? En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo. Al contario, lo sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después. Las alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos. 
¡Eso sí es ser familia! (....)”.
Pasa lo mismo con la sociedad. Tenemos que involucrarnos en ella. Sentirnos parte. Dejemos de mirarla desde la tribuna. O peor, despreciarla con un “este país ...”.

¡Hasta mañana!

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Convivencia ciudadana

Por José Ceschi

¡Buen día! Antes de ingresar a la Iglesia de San Francisco en Quito, Ecuador (7.7.15), el Papa Francisco recibió las llaves simbólicas de la ciudad. “Esto me permite -dijo entonces- presentarles algunas claves de la convivencia ciudadana a partir de este ser de casa; es decir; a partir de la experiencia de vida familiar”.
“Nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa. En una familia, los padres, los abuelos, los hijos son de casa. Ninguno está excluido. Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan. Su dolor es de todos. Me viene a la mente la imagen de esas madres o esposas. Las he visto en Buenos Aires haciendo colas los días de visita para entrar a la cárcel, para ver a su hijo o su esposo que no se portó bien, por decirlo en lenguaje sencillo, pero no los dejan porque siguen siendo de casa. ¡Cómo nos enseñan esas mujeres! En la sociedad, ¿no debería suceder también lo mismo? Y, sin embargo, nuestras relaciones sociales o el juego político en el sentido más amplio de la palabra -no olvidemos que la política, decía el beato Pablo VI, es una de las formas más altas de la caridad-, muchas veces este actuar nuestro se basa en la confrontación, que produce descarte. Mi posición, mi idea, mi proyecto se consolidan si soy capaz de vencer al otro, de imponerme, de descartarlo. Así vamos construyendo una cultura del descarte, que hoy día ha tomado dimensiones mundiales, de amplitud. ¿Eso es ser familia? En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo. Al contario, lo sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después. Las alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos. 
¡Eso sí es ser familia! (....)”.
Pasa lo mismo con la sociedad. Tenemos que involucrarnos en ella. Sentirnos parte. Dejemos de mirarla desde la tribuna. O peor, despreciarla con un “este país ...”.

¡Hasta mañana!