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“Negociando” el bienestar

Los autores Chemes y Pérez Bahamonde nos traen una anécdota que puede enmarcarse en la propuesta de “Habilidades y estrategias para una mejor convivencia”. 
La simpleza con que un hombre de trabajo decide “experimentar” en su espacio de convivencia, plasma la mirada con que el sentido común puede decodificar una propuesta que tiene opciones de complejidad, pero que en este caso, busca su mejor alternativa de simplificación. De esta manera seguimos enriqueciendo el marco de propuestas que nos ayudan a “disparar” modos de creatividad en la tan valiosa y necesitada comunicación cotidiana. Sirva esta propuesta sólo como un disparador para plantearnos el infinito abanico de posibilidades que precisamos usar para mejorar nuestra calidad de vida y propiciar así la salud y el confort emocional.

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Por Marta Chemes
Especial para El Litoral

Por José Pérez Bahamonde
Especial para El Litoral

Ramón -encargado del edificio donde vivimos- nació en Sáenz Peña (Chaco). Vino a Bs. As. y se dedica al mantenimiento del edificio. Está casado y tiene dos hijos de 20 y 18 años.
A propósito de haber recibido de regalo uno de nuestros libros de la colección “Ser Feliz y/o Tener Razón”, comentaba:
“El tema me ha llamado la atención. Yo no soy de andar mucho con apreciaciones psicológicas, pero esto que dicen ustedes, me pareció muy concreto; así que decidí empezar a probar algunas negociaciones”.
Coincidió que antes de hablar con la familia, estuve charlando con un colega que andaba muy mortificado por la actitud de un vecino: este era un hombre muy agresivo, de mal carácter, que cada vez que le hablaba a mi colega, lo hacía con modales y gestos realmente despreciativos.
Total que este amigo, ya se sentía mal predispuesto y receloso ni bien lo veía.
“¡Hay que negociar, hermano!”, le dije (era mi oportunidad). “Me parece que vos podés usar esta idea: mirá, hablale al hombre de buena manera. Decile que te gustaría consultarle sobre una ‘negociación’, en la que ‘podrían salir ganando los dos’. El es comerciante... Seguro que esto le va a llamar la atención. Entonces, le explicás: ‘Mire, yo puedo ofrecerle muy buen servicio en el edificio y aquí en su departamento: atención, rapidez, cuidado, seguridad... Sólo necesito de usted que me hable bien ¿Sabe? Yo me pongo nervioso cuando usted me habla enojado, y cuando me contrario, ya no rindo de la misma manera. Si usted me da una mano con el trato, seguro que salimos ganando los dos... Usted, la tranquilidad de sentirse bien atendido, y yo, al sentirme mejor, seré más eficiente en mi trabajo’”.
“Probá  -le dije a mi amigo- y después me contás”.
Al cabo de unos días, me llamó para tomar unos mates.
Nada más sentarnos y me dijo: “¡Anduvo bárbara la negociación! Vamos a ver si dura. Pero por ahora, parece muy interesante. Hasta nos saludamos con una sonrisa”.
En casa, no hay grandes problemas. Pero tampoco es muy relajado el clima. Mi señora está siempre sola; se queja de que el tiempo no le alcanza para llevar adelante la casa y algunos trabajitos de costura que hace.
En realidad, lo que me decidió, fue algo que me tocó personalmente. Me gusta mucho la música y uso bastante un walkman mientras trabajo. Tengo mis grabaciones ordenadas, y cada vez que buscaba mi material encontraba los pendrives desordenados; me irritaba en gran manera, pero, en medio de la bronca, esta vez me dije: “¡Llegó la hora, compañero!” Y en la cena encaré el tema.
La sorpresa grande, vino cuando un domingo al mediodía, mi esposa dijo:
“Ustedes hablan de que yo rezongo mucho y tengo poco humor... Bueno. Con esto de hablar las cosas para entenderse, yo también quiero probar: Si al levantarme, no encuentro tazas de desayuno sucias; ni migas por todos lados, propongo un rico almuerzo con buena cara... Y... Si toda la ropa sucia está en canasto, y la limpia colgada, entonces, una mejor cena y, ¡hasta me pongo linda!”
Su aguda observación de cómo había funcionado la negociación con mis hijos, la había animado a plantear las cosas de otra manera que no fueran los rezongos y las discusiones interminables y sin éxito. Naturalmente que, con variaciones, pero la apertura estaba hecha, y en el clima familiar, lo de negociar, pasó a ser tema tanto de humor como de conversaciones más serias, con comentarios que nos van dando una idea sobre la importancia de los deberes y derechos familiares.
Ayer, llegó nuestra hija, trayendo a casa un compañero de teatro. “Este es Fabian. Venimos negociando algunas cosas y estamos pensando ponernos de novios”.
No sé si todos los caminos de la comunicación conducen al entendimiento, pero lo que puedo asegurar, es que, en casa, además de que todos nos hablamos bastante más, también he descubierto que estamos teniéndonos más en cuenta; que nos vamos escuchando más, y con ciertas claves de humor... Esto me va gustando más que antes”.
“Voy a ver si sigo leyendo”.

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“Negociando” el bienestar

Los autores Chemes y Pérez Bahamonde nos traen una anécdota que puede enmarcarse en la propuesta de “Habilidades y estrategias para una mejor convivencia”. 
La simpleza con que un hombre de trabajo decide “experimentar” en su espacio de convivencia, plasma la mirada con que el sentido común puede decodificar una propuesta que tiene opciones de complejidad, pero que en este caso, busca su mejor alternativa de simplificación. De esta manera seguimos enriqueciendo el marco de propuestas que nos ayudan a “disparar” modos de creatividad en la tan valiosa y necesitada comunicación cotidiana. Sirva esta propuesta sólo como un disparador para plantearnos el infinito abanico de posibilidades que precisamos usar para mejorar nuestra calidad de vida y propiciar así la salud y el confort emocional.

Por Marta Chemes
Especial para El Litoral

Por José Pérez Bahamonde
Especial para El Litoral

Ramón -encargado del edificio donde vivimos- nació en Sáenz Peña (Chaco). Vino a Bs. As. y se dedica al mantenimiento del edificio. Está casado y tiene dos hijos de 20 y 18 años.
A propósito de haber recibido de regalo uno de nuestros libros de la colección “Ser Feliz y/o Tener Razón”, comentaba:
“El tema me ha llamado la atención. Yo no soy de andar mucho con apreciaciones psicológicas, pero esto que dicen ustedes, me pareció muy concreto; así que decidí empezar a probar algunas negociaciones”.
Coincidió que antes de hablar con la familia, estuve charlando con un colega que andaba muy mortificado por la actitud de un vecino: este era un hombre muy agresivo, de mal carácter, que cada vez que le hablaba a mi colega, lo hacía con modales y gestos realmente despreciativos.
Total que este amigo, ya se sentía mal predispuesto y receloso ni bien lo veía.
“¡Hay que negociar, hermano!”, le dije (era mi oportunidad). “Me parece que vos podés usar esta idea: mirá, hablale al hombre de buena manera. Decile que te gustaría consultarle sobre una ‘negociación’, en la que ‘podrían salir ganando los dos’. El es comerciante... Seguro que esto le va a llamar la atención. Entonces, le explicás: ‘Mire, yo puedo ofrecerle muy buen servicio en el edificio y aquí en su departamento: atención, rapidez, cuidado, seguridad... Sólo necesito de usted que me hable bien ¿Sabe? Yo me pongo nervioso cuando usted me habla enojado, y cuando me contrario, ya no rindo de la misma manera. Si usted me da una mano con el trato, seguro que salimos ganando los dos... Usted, la tranquilidad de sentirse bien atendido, y yo, al sentirme mejor, seré más eficiente en mi trabajo’”.
“Probá  -le dije a mi amigo- y después me contás”.
Al cabo de unos días, me llamó para tomar unos mates.
Nada más sentarnos y me dijo: “¡Anduvo bárbara la negociación! Vamos a ver si dura. Pero por ahora, parece muy interesante. Hasta nos saludamos con una sonrisa”.
En casa, no hay grandes problemas. Pero tampoco es muy relajado el clima. Mi señora está siempre sola; se queja de que el tiempo no le alcanza para llevar adelante la casa y algunos trabajitos de costura que hace.
En realidad, lo que me decidió, fue algo que me tocó personalmente. Me gusta mucho la música y uso bastante un walkman mientras trabajo. Tengo mis grabaciones ordenadas, y cada vez que buscaba mi material encontraba los pendrives desordenados; me irritaba en gran manera, pero, en medio de la bronca, esta vez me dije: “¡Llegó la hora, compañero!” Y en la cena encaré el tema.
La sorpresa grande, vino cuando un domingo al mediodía, mi esposa dijo:
“Ustedes hablan de que yo rezongo mucho y tengo poco humor... Bueno. Con esto de hablar las cosas para entenderse, yo también quiero probar: Si al levantarme, no encuentro tazas de desayuno sucias; ni migas por todos lados, propongo un rico almuerzo con buena cara... Y... Si toda la ropa sucia está en canasto, y la limpia colgada, entonces, una mejor cena y, ¡hasta me pongo linda!”
Su aguda observación de cómo había funcionado la negociación con mis hijos, la había animado a plantear las cosas de otra manera que no fueran los rezongos y las discusiones interminables y sin éxito. Naturalmente que, con variaciones, pero la apertura estaba hecha, y en el clima familiar, lo de negociar, pasó a ser tema tanto de humor como de conversaciones más serias, con comentarios que nos van dando una idea sobre la importancia de los deberes y derechos familiares.
Ayer, llegó nuestra hija, trayendo a casa un compañero de teatro. “Este es Fabian. Venimos negociando algunas cosas y estamos pensando ponernos de novios”.
No sé si todos los caminos de la comunicación conducen al entendimiento, pero lo que puedo asegurar, es que, en casa, además de que todos nos hablamos bastante más, también he descubierto que estamos teniéndonos más en cuenta; que nos vamos escuchando más, y con ciertas claves de humor... Esto me va gustando más que antes”.
“Voy a ver si sigo leyendo”.