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El caso del lobizón que vivió en Misiones

La leyenda, el mito y la realidad a veces se entremezclan y dan como resultado hechos sorprendentes que por allí tienen asidero y por momentos lindan con la ciencia ficción. Este es el caso de la leyenda del lobizón, que es normal escuchar comentarios en toda la región de la Mesopotamia, Corrientes, Chaco, Formosa, y Misiones, en especial. 

Personaje. La leyenda del lobizón es muy conocida.
En la noche. Así lo interpretó el dibujante Carlos Pedrozo.

Por Francisco Villagrán
villagranmail@gmail.com
Especial para El Litoral

Este es el caso que nos ocupa hoy, conocido como el de un lobizón que vivía en Misiones, atendía un negocio y era reconocido como tal por todos los vecinos. Durante más de 60 años el secreto se mantuvo en reserva en el marco de un pacto entre todos los pobladores de la pequeña localidad de Santa Inés, ubicada al noroeste de la provincia de Misiones. Tras el largo e inquebrantable silencio, ahora se sabe toda la verdad: durante muchos años habitó en el lugar un hombre que era lobizón, con absoluta normalidad y el permiso de todos los pobladores, incluso llegó a atender un almacén de ramos generales y en noches de luna llena se alejaba lo más posible de la zona para no afectar a sus vecinos con situaciones violentas. Así lo testimonió Ramón Martínez, oriundo del mencionado pueblo misionero, quien actualmente vive en la localidad bonaerense de Rafael Castillo. 
Martínez contó en un relato a la prensa porteña que “para todo el pueblo era normal que estuviera allí, todos sabíamos que él era un lobizón y él sabía que nosotros conocíamos su problema, era realmente un pacto y estábamos todos acostumbrados”. Martínez vivió en Misiones hasta los 13 años, tras lo cual se radicó con su familia en Buenos Aires, donde se casó y tuvo tres hijos. Definir como problema el asunto de este vecino tan extraño no era un hecho menor, más bien era considerado como una enfermedad terrible que tenía este desafortunado hombre. “Nadie le tenía miedo -explicó Martínez-, al contrario, lo respetábamos mucho. Era una persona correcta, educada y trabajadora. Lo que tenía no era observado como un fenómeno sobrenatural o demoníaco, sino como un problema o enfermedad que trajo de nacimiento, para toda su vida, algo que no tenía remedio ni solución. Ahora me permito romper el silencio pactado con todos los del pueblo, porque ya pasaron muchos años, la mayoría ya murió y su memoria lo merece. Seguramente ya habrá muerto él también”.  
Prosiguiendo el relato, aclaró que, en esa época, junto con su familia, habitaban una vivienda ubicada a escasos 200 metros del negocio propiedad de Santos Luna, a quien todos en el pueblo conocían como don Pancho. “Cuando yo nací en 1935 -explica-, don Pancho ya estaba instalado allí; mi padre, Dionisio, siempre nos contaba que había llegado de repente, tras comprar un terreno. Luego, lentamente fue haciendo su casa; lo particular es que la había levantado con barro. En mi niñez acostumbraba junto a los demás chicos observarlo construir su vivienda con barro. Era la única en la zona hecha así, pero la más bonita, pintada de blanco. Allí armó un negocio bastante productivo, era un almacén de ramos generales, porque tenía desde alimentos hasta herramientas. Venían de todos lados a comprarle cosas. En aquella época él tendría unos 45 años. Era un hombre delgado, alto y con el pelo lacio. No hablaba mucho, pero se tomaba su tiempo para explicar las características de las cosas que vendía. Atendía solo porque nunca formó familia ni tuvo empleados”. 
Martínez, emocionado al recordar los años de su infancia, acotó que “era una persona muy agradable, nunca estaba de mal humor y siempre estaba correctamente vestido para atender a los clientes”. Sin embargo, el hombre recordó un elemento extraño, tal vez el único a los ojos de los vecinos de Santa Inés. “No dejaba que lo toquen, y él se cuidaba mucho de no rozar siquiera a la gente. Además, tenía un olor muy particular, como el que podría tener un animal. No era desagradable, simplemente fuera de lo común, distinto. No era un aroma humano, aunque tampoco desagradable”, explicó.  

Cuerpo con rastros 
En torno al problema del almacenero, Martínez reveló que “todo el pueblo sabía su historia, pero no inquietaba a nadie y de ese modo sabíamos que don Pancho tenía un ritual que repetía todos los jueves por la tarde. Alrededor de las 17, cerraba su negocio y desaparecía, regresaba al otro día, ya de madrugada, y a las 8.30 abría su almacén. En ocasiones tenía rastros en su cuerpo de que no la había pasado bien la noche anterior en su transformación: tenía rasguños, moretones, vendas en el cuerpo, en los brazos especialmente, demostraba problemas al caminar -rengueaba-, pero nunca nadie le preguntaba nada, por respeto. A lo sumo, lo que se escuchaba los viernes eran comentarios de los vecinos, quienes se anoticiaban de las heridas de don Pancho, pero nada más. Se sabía que se iba los jueves temprano porque al caer la noche se transformaba en lobizón y salía a correr por los campos vecinos, y como no quería causar problemas en el pueblo, se alejaba lo más posible de la zona”. 
Sobre su forma de ser, refirió que “era una persona extremadamente organizada, por eso se tomaba el trabajo de abandonar el pueblo mucho antes de que se iniciara el proceso de la transformación. Jamás dejó que su problema afectara a los vecinos. La prueba está que nuestros padres nos mandaban a comprar cosas a su negocio sin hacernos muchas recomendaciones”. 
Un peón rural de la zona, Martín Sánchez, que continuamente atravesaba los campos de la región por razones laborales, tuvo el privilegio de ser el único que pudo observar en directo al almacenero Santos Luna convertido en lobizón. “Ocurrió un viernes en horas de la madrugada, cuando don Pancho regresaba a su casa a toda velocidad, pero tuvo que detenerse ante un puente de madera de troncos, puesto así, con una distancia entre los troncos que hacía imposible el paso de los animales, para que no se salieran del campo. Con esta estructura se topó don Pancho y debió reducir la velocidad para pasar despacio, y allí pude verlo de cerca: era un lobo con cara casi humana, la de don Pancho, con muy pocos pelos, y corriendo en cuatro patas a gran velocidad rumbo a su vivienda. Tenía los ojos como dos bolas de fuego por la intensidad que tenían y sus orejas eran largas; la verdad, no tuve miedo, sólo me quedé sorprendido por la inesperada aparición”, finalizó Sánchez. ¿Verdad, mito o leyenda? Vaya uno a saber con exactitud, lo cierto es que, en la mayoría de los campos de nuestra Mesopotamia, la gente cree y comenta hasta hoy esas tradiciones y leyendas que perduran en el tiempo.

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El caso del lobizón que vivió en Misiones

La leyenda, el mito y la realidad a veces se entremezclan y dan como resultado hechos sorprendentes que por allí tienen asidero y por momentos lindan con la ciencia ficción. Este es el caso de la leyenda del lobizón, que es normal escuchar comentarios en toda la región de la Mesopotamia, Corrientes, Chaco, Formosa, y Misiones, en especial. 

Por Francisco Villagrán
villagranmail@gmail.com
Especial para El Litoral

Este es el caso que nos ocupa hoy, conocido como el de un lobizón que vivía en Misiones, atendía un negocio y era reconocido como tal por todos los vecinos. Durante más de 60 años el secreto se mantuvo en reserva en el marco de un pacto entre todos los pobladores de la pequeña localidad de Santa Inés, ubicada al noroeste de la provincia de Misiones. Tras el largo e inquebrantable silencio, ahora se sabe toda la verdad: durante muchos años habitó en el lugar un hombre que era lobizón, con absoluta normalidad y el permiso de todos los pobladores, incluso llegó a atender un almacén de ramos generales y en noches de luna llena se alejaba lo más posible de la zona para no afectar a sus vecinos con situaciones violentas. Así lo testimonió Ramón Martínez, oriundo del mencionado pueblo misionero, quien actualmente vive en la localidad bonaerense de Rafael Castillo. 
Martínez contó en un relato a la prensa porteña que “para todo el pueblo era normal que estuviera allí, todos sabíamos que él era un lobizón y él sabía que nosotros conocíamos su problema, era realmente un pacto y estábamos todos acostumbrados”. Martínez vivió en Misiones hasta los 13 años, tras lo cual se radicó con su familia en Buenos Aires, donde se casó y tuvo tres hijos. Definir como problema el asunto de este vecino tan extraño no era un hecho menor, más bien era considerado como una enfermedad terrible que tenía este desafortunado hombre. “Nadie le tenía miedo -explicó Martínez-, al contrario, lo respetábamos mucho. Era una persona correcta, educada y trabajadora. Lo que tenía no era observado como un fenómeno sobrenatural o demoníaco, sino como un problema o enfermedad que trajo de nacimiento, para toda su vida, algo que no tenía remedio ni solución. Ahora me permito romper el silencio pactado con todos los del pueblo, porque ya pasaron muchos años, la mayoría ya murió y su memoria lo merece. Seguramente ya habrá muerto él también”.  
Prosiguiendo el relato, aclaró que, en esa época, junto con su familia, habitaban una vivienda ubicada a escasos 200 metros del negocio propiedad de Santos Luna, a quien todos en el pueblo conocían como don Pancho. “Cuando yo nací en 1935 -explica-, don Pancho ya estaba instalado allí; mi padre, Dionisio, siempre nos contaba que había llegado de repente, tras comprar un terreno. Luego, lentamente fue haciendo su casa; lo particular es que la había levantado con barro. En mi niñez acostumbraba junto a los demás chicos observarlo construir su vivienda con barro. Era la única en la zona hecha así, pero la más bonita, pintada de blanco. Allí armó un negocio bastante productivo, era un almacén de ramos generales, porque tenía desde alimentos hasta herramientas. Venían de todos lados a comprarle cosas. En aquella época él tendría unos 45 años. Era un hombre delgado, alto y con el pelo lacio. No hablaba mucho, pero se tomaba su tiempo para explicar las características de las cosas que vendía. Atendía solo porque nunca formó familia ni tuvo empleados”. 
Martínez, emocionado al recordar los años de su infancia, acotó que “era una persona muy agradable, nunca estaba de mal humor y siempre estaba correctamente vestido para atender a los clientes”. Sin embargo, el hombre recordó un elemento extraño, tal vez el único a los ojos de los vecinos de Santa Inés. “No dejaba que lo toquen, y él se cuidaba mucho de no rozar siquiera a la gente. Además, tenía un olor muy particular, como el que podría tener un animal. No era desagradable, simplemente fuera de lo común, distinto. No era un aroma humano, aunque tampoco desagradable”, explicó.  

Cuerpo con rastros 
En torno al problema del almacenero, Martínez reveló que “todo el pueblo sabía su historia, pero no inquietaba a nadie y de ese modo sabíamos que don Pancho tenía un ritual que repetía todos los jueves por la tarde. Alrededor de las 17, cerraba su negocio y desaparecía, regresaba al otro día, ya de madrugada, y a las 8.30 abría su almacén. En ocasiones tenía rastros en su cuerpo de que no la había pasado bien la noche anterior en su transformación: tenía rasguños, moretones, vendas en el cuerpo, en los brazos especialmente, demostraba problemas al caminar -rengueaba-, pero nunca nadie le preguntaba nada, por respeto. A lo sumo, lo que se escuchaba los viernes eran comentarios de los vecinos, quienes se anoticiaban de las heridas de don Pancho, pero nada más. Se sabía que se iba los jueves temprano porque al caer la noche se transformaba en lobizón y salía a correr por los campos vecinos, y como no quería causar problemas en el pueblo, se alejaba lo más posible de la zona”. 
Sobre su forma de ser, refirió que “era una persona extremadamente organizada, por eso se tomaba el trabajo de abandonar el pueblo mucho antes de que se iniciara el proceso de la transformación. Jamás dejó que su problema afectara a los vecinos. La prueba está que nuestros padres nos mandaban a comprar cosas a su negocio sin hacernos muchas recomendaciones”. 
Un peón rural de la zona, Martín Sánchez, que continuamente atravesaba los campos de la región por razones laborales, tuvo el privilegio de ser el único que pudo observar en directo al almacenero Santos Luna convertido en lobizón. “Ocurrió un viernes en horas de la madrugada, cuando don Pancho regresaba a su casa a toda velocidad, pero tuvo que detenerse ante un puente de madera de troncos, puesto así, con una distancia entre los troncos que hacía imposible el paso de los animales, para que no se salieran del campo. Con esta estructura se topó don Pancho y debió reducir la velocidad para pasar despacio, y allí pude verlo de cerca: era un lobo con cara casi humana, la de don Pancho, con muy pocos pelos, y corriendo en cuatro patas a gran velocidad rumbo a su vivienda. Tenía los ojos como dos bolas de fuego por la intensidad que tenían y sus orejas eran largas; la verdad, no tuve miedo, sólo me quedé sorprendido por la inesperada aparición”, finalizó Sánchez. ¿Verdad, mito o leyenda? Vaya uno a saber con exactitud, lo cierto es que, en la mayoría de los campos de nuestra Mesopotamia, la gente cree y comenta hasta hoy esas tradiciones y leyendas que perduran en el tiempo.