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Godofredo San Martín, una gloria de nuestros carnavales

 Muchas veces se dan las casualidades. Hace unas horas se dio un caso así, poco después de reiterar por vía de mi Facebook, la necesidad de rendir homenaje a Godofredo San Martín, como parte de un programa que iba a involucrar a varios de los  destacados de nuestros carnavales. 
Mis pedidos tuvieron aceptable repercusión, hasta que, el “diablo metió la cola”. 
En medio de innumerables muestras de adhesión a la propuesta, se filtró otro mensaje. El de un familiar del recordado, querido y respetado coreógrafo de la comparsa Ara Berá, a lo cual el bailarín dedicó muchísimas horas de trabajo, años tras años. Inquebrantable, enojadizo cuando las coreografías no salían como él quería. Hizo que, en los ensayos en el club Obras Sanitarias de los años 60/70, sean una muestra cabal de lo que debía ocurrir en la avenida Costanera General San Martín o en la angosta 3 de Abril y los shows. Ese mensaje decía, “Roberto, mi tío Godofredo falleció en diciembre del 2018 a los 88 años”. Quedé helado. Me vinieron a la memoria los ensayos coreográficos y la charla que mantuve con él durante una hora, la última vez que vino, en el 2011 para sumarse a la Cofradía del Rayo y, así, celebrar los 50 años de su Ara Berá. 
Por entonces ya rondaba en los 80 años de vida. Igual subió a la carroza de donde bajaba a cada rato para hacer delirar a la concurrencia en los corsos. Porque “Godo” era eso: espíritu, ganas, respeto por la gente, vibración, danza, carnaval. Como ocurrió medio siglo antes, cuando cada uno de sus movimientos hacían estremecer a las tribunas, al igual que sus danzarines carnestolendos, como esos “indios” inolvidables en la mitad de la década del 60. Más y más. 
Godofredo, trabajador incansable a pura voluntad, transpirando la camiseta que lo agotaba, pero no por eso dejaba de trabajar en su hotel Colón al día siguiente, hasta el próximo ensayo comparsero. 
En ese 2011 me confesó que su frustración fue no poder ir a bailar a los EE. UU., pero seguramente se dio el gusto de recibir ovaciones en los corsos. 
Se fue en silencio, porque así fue su vida más allá de las estridentes músicas carnavaleras. Que vibraba a cada “¡Ara Berá, solo!”. 
Su vida se apagó en Buenos Aires, donde se radicó años atrás. Ya no está entre nosotros, pero Ara Berá no lo podrá olvidar. Un homenaje, ese que debió recibirlo en vida, será una digna despedida. Godo, serás recordado por siempre.                  
   Roberto Capara

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Godofredo San Martín, una gloria de nuestros carnavales

 Muchas veces se dan las casualidades. Hace unas horas se dio un caso así, poco después de reiterar por vía de mi Facebook, la necesidad de rendir homenaje a Godofredo San Martín, como parte de un programa que iba a involucrar a varios de los  destacados de nuestros carnavales. 
Mis pedidos tuvieron aceptable repercusión, hasta que, el “diablo metió la cola”. 
En medio de innumerables muestras de adhesión a la propuesta, se filtró otro mensaje. El de un familiar del recordado, querido y respetado coreógrafo de la comparsa Ara Berá, a lo cual el bailarín dedicó muchísimas horas de trabajo, años tras años. Inquebrantable, enojadizo cuando las coreografías no salían como él quería. Hizo que, en los ensayos en el club Obras Sanitarias de los años 60/70, sean una muestra cabal de lo que debía ocurrir en la avenida Costanera General San Martín o en la angosta 3 de Abril y los shows. Ese mensaje decía, “Roberto, mi tío Godofredo falleció en diciembre del 2018 a los 88 años”. Quedé helado. Me vinieron a la memoria los ensayos coreográficos y la charla que mantuve con él durante una hora, la última vez que vino, en el 2011 para sumarse a la Cofradía del Rayo y, así, celebrar los 50 años de su Ara Berá. 
Por entonces ya rondaba en los 80 años de vida. Igual subió a la carroza de donde bajaba a cada rato para hacer delirar a la concurrencia en los corsos. Porque “Godo” era eso: espíritu, ganas, respeto por la gente, vibración, danza, carnaval. Como ocurrió medio siglo antes, cuando cada uno de sus movimientos hacían estremecer a las tribunas, al igual que sus danzarines carnestolendos, como esos “indios” inolvidables en la mitad de la década del 60. Más y más. 
Godofredo, trabajador incansable a pura voluntad, transpirando la camiseta que lo agotaba, pero no por eso dejaba de trabajar en su hotel Colón al día siguiente, hasta el próximo ensayo comparsero. 
En ese 2011 me confesó que su frustración fue no poder ir a bailar a los EE. UU., pero seguramente se dio el gusto de recibir ovaciones en los corsos. 
Se fue en silencio, porque así fue su vida más allá de las estridentes músicas carnavaleras. Que vibraba a cada “¡Ara Berá, solo!”. 
Su vida se apagó en Buenos Aires, donde se radicó años atrás. Ya no está entre nosotros, pero Ara Berá no lo podrá olvidar. Un homenaje, ese que debió recibirlo en vida, será una digna despedida. Godo, serás recordado por siempre.                  
   Roberto Capara