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Los que viven comparándose

La comparación es como el veneno que nos va echando a perder la estima. Para ser libres de ella, necesitamos establecer nuestras propias metas y mirar siempre hacia adentro con total sinceridad. Te animo a no pertenecer al grupo de “los que viven comparándose” y a enseñarles a tus hijos a hacer lo mismo. 

Por Bernardo Stamateas

Colaboración Especial

Supongamos que conseguís un pasaje a Europa, que habitualmente cuesta 1.000 dólares, por 500 dólares. “Es una súper oferta”, pensás y te sentís contento. Llega el día del viaje y estás sentado en el avión, fantaseando e imaginando cómo va a ser ese viaje extraordinario. De pronto, mirás hacia el costado y ves a un amigo que te saluda: “¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Qué lindo verte!”. “¡Igualmente! Me estoy yendo de paseo a Europa. Conseguí un pasaje en oferta y estoy feliz”, le contás entusiasmado. Y tu amigo responde: “Yo también. Pagué solo 100 dólares” …

Muy probablemente te amargue el viaje y te haga pensar que te cobraron 400 dólares de más. Este ejemplo nos demuestra que no tenemos que compararnos con nadie. Porque, en la comparación, siempre alguien gana y alguien pierde. Y es el inicio, o la punta del iceberg, de la envidia encubierta. Muchas veces, de las luchas de poder. Yo no tengo que ser como el otro ni ganarle a nadie. Solo debo tener “mentalidad de maratonista”, lo cual implica correr mi propia carrera y superarme a mí mismo. 

Pero incluso en el hecho de que uno gane en una situación no significa que sea bueno en sí mismo. Yo puedo competir o compararme con alguien que tiene 95 años y ganarle en una carrera; sin embargo, eso no me hace bueno en mí mismo La comparación es como el veneno que nos va echando a perder la estima. Para ser libres de ella, necesitamos establecer nuestras propias metas y mirar siempre hacia adentro con total sinceridad.

Es verdad que en el mundo del deporte se anima a los deportistas a tener un punto de referencia, a ver lo que el otro hizo. Pero no como un objetivo a vencer sino, en realidad, como un motivo de inspiración para decir: “Si el otro pudo, ¡yo también puedo!”. Con esta actitud en la vida, logramos convertirnos en seres humanos emocionalmente maduros. 

Y aquí es oportuno recordar que nuestras reacciones y acciones, ante todo lo que nos ocurre a diario, van moldeando nuestra personalidad. 

Quien se compara continuamente con los demás, sin duda, moldeará una personalidad infantil, envidiosa y amargada (sobre todo cuando al otro le vaya bien). Pero quien basa su forma de ser en sus cualidades maravillosas e irrepetibles genera para sí mismo un patrón de pensamientos, sentimientos y acciones que perduran en el tiempo. 

Te animo a no pertenecer al grupo de “los que viven comparándose” y a enseñarles a tus hijos a hacer lo mismo. Tu personalidad es única y es lo que te diferencia de los otros. Ser consciente de ello te permite tener un propósito claro en la vida y no dejar que nada ni nadie te mueva de dicho objetivo. ¡Porque sabés quién sos y lo que querés! 

Alcanzar la madurez a nivel emocional no es algo que ocurre de la noche a la mañana, y depende en gran medida del contexto en el que la persona ha crecido y de las heridas que pueda tener en su alma. Pero es un proceso que todos podemos atravesar y requiere trabajar en la propia autoestima sin descanso. Quien conoce su grandeza jamás necesitará compararse con nadie.

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