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Tragicomedia

Por El Litoral

Domingo, 19 de diciembre de 2021 a las 01:00

Por Emilio Zola
Especial Para El Litoral

Esta crónica empieza por el final, en la esquina de Avenida de Mayo y Tacuarí, en el casco histórico de la siempre encantadora ciudad de Buenos Aires, dos días antes de que se cumplan 20 años de la masacre que tuvo lugar en todo ese perímetro, desde la Plaza de Mayo hacia sus adyacencias, como corolario funesto de una declaración de estado de sitio que el por entonces presidente Fernando de la Rúa dictó en un intento desesperado por ponerle un freno coercitivo a las masas que ganaban las calles al grito de “que se vayan todos”.
Aquí, a metros del Tortoni, a una cuadra de la avenida más ancha del mundo que ahora es surcada por un metrobús que hace dos décadas no existía, quien esto escribe se apostó detrás de un fresno centenario para observar desde una distancia lo suficientemente prudente los procedimientos policiales dispuestos por la máxima autoridad nacional, que en un recurso postrero, tratando de evitar lo inevitable, apeló a una represión absurda, sangrienta, criminal.
La trágica jornada del 20 de diciembre, cuando miles de ahorristas que reclamaban sus dólares atrapados en el corralito se mezclaron con miles de pobres que salieron a saquear supermercados, se inscribió en la historia nacional como un hachazo en el tronco institucional del país. Igual que el Cordobazo, con la misma intensidad de los cabecitas negras metiendo sus patas en la fuente, como el Che acribillado en Bolivia.
Pero además, se convirtió en una lección que hasta el día de hoy mantiene en estado de alerta a cualquier argentino que tenga plata en el banco: si hay olor a corrida, por más que sea solo un chisme viral en las redes, la primera reacción es sacar lo que haya en la cuenta para la propia tranquilidad psicológica. Y es lógico, pues quien se quemó con la leche de las cuasimonedas en los albores del nuevo siglo, ve a un ministro de Economía en la tele y no solamente llora, sino que sale disparado a pedir lo suyo por ventanilla.
Roberto Moldavsky resume el sentir nacional a partir de los episodios de 2001. “Yo tengo 300 dólares adentro de una media, en el placard. Cada vez que vuelvo a casa, para tranquilizarme, abro el placar, meto la mano en la media y toco los dólares. Sé que están ahí, pero los toco para confirmarlo, porque eso me calma”, relata en hilarante gag, mientras las multitudes que tienen el privilegio de disfrutarlo en el teatro ríen al unísono, identificadas con el relato del humorista, representadas por él.
El chiste se vuelve gracioso cuando hace al público parte de su estructura. Y el bocadillo del gran standapero del Once dibuja los usos y costumbres del argentino tipo después de la balacera con 38 muertos en la plaza, del helicóptero despegando del techo de la Casa Rosada, de los cinco presidentes en una semana, de la pesificación y de todas las secuelas que produjo aquel crack socioeconómico después de una década menemista de convertibilidad.
Ese fue el punto, la paridad peso-dólar. Una fantasía que al principio se sostuvo a fuerza de privatizaciones mal entrazadas, de despidos y retiros voluntarios masivos, de periferias inundadas de parripollos, maxiquioscos y remiserías que se multiplicaban para precarizar el empleo en una ola de cuentapropismo alimentada por las indemnizaciones de Entel, Aerolíneas, YPF, Somisa y todas las demás “joyas de la abuela”, empeñadas en los 90 para financiar la utopía del peso al mismo nivel de la moneda más poderosa del mundo.
Desde Avenida de Mayo y Tacuarí, contemplo la paz de una mañana porteña cualquiera. Quizás un poco más de movimiento de lo habitual porque es diciembre, vísperas de la Navidad. Llevo de la mano a mi hija de siete años y le señalo un punto: “Acá un amigo mío fotógrafo recibió un balazo de goma en la pierna”. Mi nena pregunta si le dolió. “Claro que sí, pero era leve al lado de lo que estaba pasando, porque también había balas de plomo y la gente caía muerta en la calle, sin haber hecho nada más que reclamar por sus derechos”, resumo, consciente de que es demasiada explicación, que ya tendrá ella tiempo de comprender lo ocurrido porque, después de todo, la historia se repite.
No soy creyente, pero en ese momento me salió del alma un ruego a la omnipresencia prometida por las religiones: que a mi pequeña no le toque estar en mi lugar de hace 20 años. Sin planes para el futuro, sin perspectivas para alguien que en aquel entonces tenía casi 30 años y no podía planificar nada porque el dinero se escurría entre los dedos. Porque la pobreza era del 50 por ciento, porque el país dolía y porque el único lado azucarado de la vida era hacer lo que a uno le gustaba, en una agencia de noticias que hoy ni siquiera existe.
Recordé entonces la famosa frase de Karl Marx en su libro “El 18 brumario de Luis Bonaparte”. Decía el fundador del socialismo a mediados del siglo XIX que la historia se manifiesta al menos dos veces, primero como tragedia, y luego como comedia. Y la verdad es que la premisa marxista en este caso, a diferencia de los principios de la plusvalía comunista, continúa vigente.
La tragedia del delarruismo, su relación endiablada con los socios de una alianza gobernante que comenzó con una altísima legitimidad devenida del 48 por ciento de los votos obtenidos en 1999 y su progresiva dilución posterior, hasta convertirse un flan derretido por la temperatura social, se parece demasiado a la realidad nacional de este 2021 a punto de cantar las hurras con un 48 por ciento de pobreza, una inflación galopante y un presidente caracterizado por la falta de credibilidad.
No hay muertos en la plaza, pero Alberto Fernández no convence a nadie. Ni siquiera a Cristina y mucho menos al Fondo Monetario. No hay víctimas mortales, pero sí se multiplican los casos de abuso policial en el conurbano profundo, mientras Axel Kicillof hace como que no pasa nada cuando su ministro de Seguridad, Sergio Berni, defiende con espíritu corporativo a las fuerzas policiales que –como en aquellos años- abordan a los automovilistas con armas largas, sin necesidad, con la prepotencia del que solo se siente seguro cuando tiene el dedo en el gatillo.
Marx relata en su libro “El 18 brumario…” las peripecias y desdichas del pueblo francés después del brusco cambio de estilo que caracterizó al presidente Luis Napoleón Bonaparte III, quien ganó las elecciones de 1848 con el apoyo de los electores rurales, para quienes el apellido Bonaparte representaba una oportunidad de escapar al acoso tributario del estado. 
Sin embargo, Luis III se instaló en el poder con aspiraciones de perpetuidad, dio un golpe de estado que restringió las libertades democráticas y buscó eternizarse en el poder ya no como presidente, sino como emperador, objetivo que logró hasta la guerra franco-prusiana, que llevó a su país nuevamente a la pobreza.
La historia se repetía en la Europa de hace dos siglos, analizada por Marx. Y se repite en la Argentina del siglo XXI, después de la tragedia de 2001. Esta vez, como una farsa encabezada por el heredero del kirchnerismo, en una comedia que tiene todo para triunfar en los escenarios, salvo por un detalle: es verdad, y no provoca risa, sino todo lo contrario.
 

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