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/Ellitoral.com.ar/ Opinión

Los disfraces de la violencia

Por María Isolina Dabove*

Publicado en Télam

El 15 de junio fue el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, instituido por Naciones Unidas en el 2011. Fue en 2006 cuando la International Network for the Prevention of Elder Abuse, una ONG con sede en Estados Unidos y representación en muchos países, incluida la Argentina, propuso e impulsó esta iniciativa. Desde entonces, todos los años se realizan diferentes actividades para expresar oposición a los abusos, maltratos y sufrimientos infligidos a las personas a causa de su vejez.

La violencia es uno de los flagelos sociales que más ha crecido en la actualidad en todas partes. Sin embargo, entre los grupos poblacionales más vulnerables se encuentra el que componen las personas que transitan la vejez, con mayoría de mujeres, cuyo número sigue aumentando incluso en este marco de pandemia. El maltrato puede provocar lesiones físicas graves, sufrimiento emocional, trastornos psicológicos de larga duración, o incluso la muerte, cualquiera sea la condición física, mental, social o económica de la víctima, y puede ocurrir en el ámbito público o privado.

Conforme a datos de la OMS, desde el 2015, entre el 4 y el 6 % de las personas mayores del mundo han sufrido algún tipo de violencia, y se estima que una de cada diez sufre abuso, cada mes. La OMS considera también que esta cifra seguirá en aumento conforme al ritmo del crecimiento sostenido de la longevidad, lo cual torna imperiosa la toma de conciencia sobre este mal y la puesta en marcha de mecanismos para prevenirlo y erradicarlo.

En términos generales, es violento todo uso de la fuerza o del poder que una persona ejerce sobre otra a la que le causa un avasallamiento de su integridad, abriendo así el juego a la lógica de la dominación (relación amo-esclavo). Por ello, se trata de un fenómeno realmente complejo, multicausal y de difícil solución a corto plazo.

En relación con la vejez, la violencia adopta múltiples ropajes que van desde la frecuente infantilización, o su contracara, la sobreprotección, pasando por la indiferencia, el abandono, el destrato o el maltrato, para llegar a prácticas claramente violentas como la de las sujeciones, los golpes, o la manipulación y el abuso afectivo, sexual o patrimonial. Tampoco faltan las actitudes de condescendencia, tan humillantes como la cultura de la castración, dirigidas ambas a imposibilitar que la persona mayor adopte y ejecute acciones por sí misma.

Por último pero no por ello menos importante, es igualmente violento el humor, que suele tener como blanco un concepto degradado de vejez que se ve agigantado cuando es aplicado a las mujeres, es decir, cuando el humor se transforma ni más ni menos que en burla descarada hacia las “viejas”. Lamentablemente, la televisión argentina no se priva de este tipo de programas, que, bajo el pretexto de la libertad de expresión, pretenden divertir a costa de la ridiculización de una persona solo porque es mayor.

La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores (ratificada en Argentina) define al abuso, violencia y maltrato como toda “acción u omisión, única o repetida, contra una persona mayor que produce daño a su integridad física, psíquica y moral y que vulnera el goce o ejercicio de sus derechos humanos y libertades fundamentales, independientemente de que ocurra en una relación de confianza”. También, la Convención asocia la violencia con las prácticas “viejistas”, ya que todo acto de discriminación de alguien por el solo hecho de ser mayor genera sin más su invisibilizarían o exclusión, obstaculizando el ejercicio de sus derechos.

La violencia hacia los mayores (llamada también, gerontofobia) ha dado lugar a múltiples razones “autojustificativas” que han causado una infinidad de mitos sobre esta etapa de la vida. El estereotipo de la inutilidad, improductividad o costo social de la vejez, la idea de que los mayores son como niños (caprichosos, egoístas, incapaces de comprender la realidad), la imagen de viejos asexuados, o bien, su contracara la de los viejos verdes o lascivos, son algunos de los muchos e 'ingeniosos trajes' que ejemplifican esta cultura nefasta tan naturalizada que cuesta, incluso, ponerla en palabras para describirla.

La pandemia ha puesto al desnudo nuestros prejuicios más ancestrales sobre la vejez, muchos de los cuales son, incluso, claramente violentos.

Ojalá que comencemos a quitar las caretas y disfraces a estas prácticas. Ojalá que ampliemos nuestras conciencias y trabajemos para desterrarlas.

“Envejecer con derechos” es una posibilidad que sólo depende de cada uno y cada una de nosotras. Sumate, decile NO a los viejismos. Decile NO a la violencia en la vejez.

*Investigadora Principal del Conicet/UBA

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