La Casa Blanca trasladó hasta el territorio sagrado de los derechos civiles su mensaje de apoyo a la reforma electoral, a la que se oponen los republicanos, y que languidece en el Senado por el rigor que impone la arraigada práctica del filibusterismo, lo que traducido en números supone la necesidad de reunir tres quintos (60 votos del total de 100) para que una ley pueda ser aprobada.
Bajo enorme presión dentro de sus propias filas, Joe Biden pasó a la ofensiva y pronunció en Atlanta (Georgia) un importante discurso con el que comenzó a forjar el escenario del cambio que, al menos, sirva para poder obviar de forma ocasional ese anacronismo de la política estadounidense. “Estoy harto de permanecer callado”, declaró el presidente de Estados Unidos, para a continuación proclamar que estaba dispuesto a apoyar “cualquier” método que devolviera al Senado la función para la que estaba diseñado debatir: votar y aprobar legislación.
“No me echaré atrás. No vacilaré. Defenderé vuestro derecho al voto y nuestra democracia contra los enemigos de dentro y de fuera”, dijo el demócrata en la Universidad de Clarke, Atlanta.
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