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Perder también es un final

Por Marcelo López Marán

Especial para El Litoral

Quién Después del grito, Constanza voltea. La envuelve un insultante silencio. Una rabia quieta. Su actitud es una furia que retrae las sábanas a sus pies. Poli la observa, de espaldas, desnuda. De pronto, todo en ella es hermoso. El amado tatuaje de la nuca, los bultitos de su columna vertebral, la cima de sus nalgas al viento, el calor que Poli le recuerda de siempre, desde que la conoció. Siempre pasando de un estado al otro. Constanza, hace un instante fuiste un estruendo privado. Ahora sos una muñeca de carne inmóvil, dormida. Pero que habla, cortante, mirando la pared.

—Andate, Poli.

Algo en ese pedido mudo le confiere al cuarto un rumor difuso, como de canción original que, sin embargo, ya ha sido escuchada. Muchas veces.

Muchas. Y repite otra vez.

—Andate.

Polilla no se va, pero ya la extraña. La rebeldía de su piel se le revela, se le ofrece en forma de obsequio tierno y a la vez infame. Con ira temerosa, se sienta cerca, la quiere tocar. Ante el breve roce de dedos, el hombro cetrino se le retrae. El pelo se le vuelve una máscara que le niega el dilema de su mirada oscura. El cuerpo, los brazos, las piernas se le acurrucan, toda ella a la defensiva, convertida de pronto en algo parecido a un trozo de abstracto concreto.

—Andate, te digo.

Poli murmura algo, acaso un principio de queja, que ni él consigue entender. Opta por un silencio pegajoso, inquisidor. Un gemido apagado –como de llanto escondido– le corrobora la inutilidad de los actos, casi una firma, la misma firma de siempre, que viene a sellar una circunstancia irreversible.

—Andate, Poli. ¡Andate de una puta vez!

Poli se levanta, entre muecas de angustia. Se aleja lento, a pasos tibios. Se planta en la puerta y espera. No sabe por qué. Espera. Espera algo, una señal, un llamado, un plap plap de pies descalzos. Algo. Pero nada pasa, como nunca pasa nada. Y piensa Poli que esta vez, como tantas otras veces, esta vez nada más sucederá.

—Me voy, Constanza.

Es la despedida número no sé cuánto. Pero esta puede ser la última. Por una cuestión de fe simbólica, de ruedas de fortuna o de números cabalísticos. Y de eso se trata siempre. De un presentimiento devastador que le asegura la incertidumbre. ¿Y yo qué puedo hacer? Polilla abre la puerta, respira vacío y sin quererlo se va.

—Ojalá te vuelva a ver.

Siguiendo un impulso definitivo, se arroja al pasillo. Un frío terminante lo pone a tambalear. Se siente mal. Salir a las galerías es como entrar a un laberinto tenebroso. Las paredes, los mosaicos, el techo raso se mueven todos ante sus pasos. Lo van escoltando, lo abuchean, le gritan verdades difíciles de esquivar.

“La perdiste, Poli, sos un desastre. Es el final.”

Ahora Poli quisiera volver. Pero algo le empuja más lejos. ¿Qué es ese algo? ¿Quién dijo que las cosas que terminan deben cerrarse así? ¿Quién inventó la agonía de las despedidas? Poli desearía volver. Pero ya no existe eso del retroceso. Tampoco hay una voz, la de Constanza, que lo detenga. Ella es un cuarto quieto, un cuerpo mimetizado, una cama de pesadillas del que ya nada más despierta. Se duerme como epílogo de libro o última canción. De esas que le sentencian: Es mejor salirse, es mejor. 

Poli sale a las calles. Mientras camina largo, recuerda mirar hacia arriba, como le enseñó su madre. “No te ciegues, Poli. Nunca. La respuesta está en la caricia del sol.”

Pero el cielo es una bolsa nublada, que le sofoca oscuridad.

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