Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral
Resulta paradójico comprobar, que en el arte no tiene juego determinante el ego como único camino posible. Sino que la pasión, la devoción, logran el milagro de la realización de obras que son el resultado de algo juramentado: la vocación. Esa que nace por inclinación natural, se deja moldear, hasta probar que en el artista en formación hay algo más, que nutre, fortalece y alimenta.
Lo más difícil llegar a todos los públicos por igual, como lo hace la música popular, especialmente el tango que por proclamar la vida en común, esa que cotidianamente se abre paso al andar, uno aprende de sus apremios, valora su geografía que el barrio protege.
Claro, mucho de lo expuesto ha quedado en un pasado inmediato, que la vida se encargó de evolucionar, pero se tiene como una película que tal vez lo vivido, lo aprendido, lo que el voceo se encargó de pasarlo de mano en mano. La repetición de su poesía, que son historias en chiquito, su sublime musicalidad, que se han ido prendiendo por la difusión como ventanas dejando entrar toda la luz.
Uno lee, escucha, conoce, hace nombres, distingue, los identifica y hasta se anima opinar sobre su mensaje, y la gran variedad de intérpretes y composiciones, hablándonos de lo mismo, la vida dura, la lucha que es mucha, el amor, la amistad.
Me gusta y admiro a cada uno, músicos y cantores, autores, música y poesía, pero siempre retorno a Osvaldo Pugliese como carrera brillante, de eterno reconocimiento. El maestro que a los 17 años compuso una bella obra: “Recuerdos”, y que por sus convicciones ciudadanas, decidió un día establecer por primera vez el reconocimiento cooperativo a sus músicos, donde todos ganan exactamente igual en un gesto solidario como ejemplo a imitar. Osvaldo Pugliese, el maestro preocupado por lo social, de trato humilde y simple tratando de hacer realidad su compromiso con la equidad, de igualdad y armonía entre todos, con sus convicciones humanísticas y políticas inalterables. Pero ha sido un gran músico, no obstante aparentemente abroquelarse en el fondo detrás del piano; supo interpretar en su vasto repertorio también a la renovación, a un revolucionario como lo fue Astor Piazzolla, constituyéndose en la última gran orquesta típica que representó al tango con actuaciones en Rusia y China en una gira triunfal.
Más adelante sumó Japón, donde muchos años antes habían abierto camino, Juan y Francisco Canaro. Es admirable la ubicación comprometida que supo sobrellevar, cuando las cosas de la tolerancia no eran las óptimas se supo jugar por sus convicciones.
Osvaldo Pugliese dijo, nos lo recuerda el periodista y autor, Oscar del Priore en su libro: “Osvaldo Pugliese. Una vida en el tango”: “Hay que destacar un hecho real. A partir del 30´se interrumpe el proceso democrático del país en que había florecido la producción del tango, se hace más fácil la entrada del cosmopolitismo foráneo y se va perdiendo como lógica consecuencia el aspecto folklórico”.
Todos han buscado lo mismo, esa definición, esa identidad que tira y que se hace dura sobrellevar cuando estamos lejos, siempre hay saudades a raudales sobre todo derivándolo por otros caminos. El desarraigo es característica del argentino que lejos se emociona con una cucharada de “dulce de leche”, con un mate espumoso, qué decir del tango que promueve litros y litros de lágrimas.
Ese aspecto de pertenencia se planteaba el gran poeta y compositor, Homero Manzi, maravilloso retratista del hombre, la mujer y el paisaje argentinos a lo ancho y largo del país.
Fue Homero Manzi, quien dijo: “Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo.” O, cuando afirma su admirado biógrafo, Dr. Raúl March: “Por más elevado, digno y técnicamente bello que sea el espíritu de una cultura, jamás podrá dejar de tener una conexión causal, social y humana con lo raigal y popular.”
Es bueno sumar con el acto serio y responsable del compromiso, de los grandes que han descollado en lo propio de la tierra nuestra, la idea fuerza que los anima y fortalece. Porque no se trata solamente de escribir, componer melodías, sino adentrarnos en lo que proclamaban quienes fueron protagonistas del Manifiesto del Cancionero de la Música Popular Argentina, el 11 de Febrero de 1963, refrendado en Mendoza por Armando Tejada Gómez, Oscar Matus, Mercedes Sosa, César Isella, Tito Francia entre otros. “No nace por o como oposición a ninguna manifestación artística popular, sino como consecuencia del desarrollo estético y
cultural del pueblo y es su intención defender y profundizar ese desarrollo.”
Sumamos las ricas expresiones de Homero Manzi a propósito de esa esencia viva: “Hombre; no puedes ver morir con sorda calma / las cosas que pariste con el alma / Nada menos que tú, que eras poeta / y fuiste tú factor y tú profeta.”
Es el ser motivacional que habita y lucha. Que se transforma en pueblo, identidad y luz. Es la persona que desespera y se desangra por lo que considera propio. Se redime ante el amor de sus connacionales, porque en ellos habita la causa primordial de sus sueños y esperanzas. Son únicos y apasionados. Baluartes que se juegan en las buenas y en las malas. Que le cantan, que lo nombran. Mi admiración permanente a los músicos y poetas, cuyas obras constituyen la suma de sus propios sentimientos, hechos con sudor y lágrimas.
Es como nos recuerda Homero Expósito cuando, en el tango “Al compás del corazón”, dice para ser posible el libre albedrío poder cantarle a las cosas que nos llenan de orgullo, tener en cuenta que el eje de todo palpita en el pecho: “Late un corazón, déjalo latir”.