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Dorian Milei y el apocalipsis (now)

Sabado, 18 de noviembre de 2023 a las 19:00

Por Emilio Zola

 

En “El Retrato de Dorian Grey” Oscar Wilde criticó la superficialidad de la seducción vacía, motivada nada más que por la estética como objetivo central de una existencia cuyo encanto se circunscribe a una imagen tan atrapante que es capaz de captar adeptos aun cuando los actos y pensamientos del admirado resulten peligrosos para sus admiradores.

Dorian es un joven rubio de ojos celestes cuyo garbo lo convierte en el centro de atención de una sociedad londinense que, a fines del siglo XIX, atraviesa el contrapunto de las desigualdades ocasionadas por una revolución industrial que había partido en dos a Europa: los capitalistas dueños de las máquinas y los obreros sometidos a condiciones de explotación laboral.

Como Dorian Gray, Javier Milei hizo un culto de lo estético. Sus bravuconadas, sus insultos y el menosprecio que llegó a demostrar hacia quienes pensaran distinto lo convirtieron en un catalizador de la bronca contenida por un amplio segmento de la ciudadanía que, presa del escepticismo pesimista, no había logrado referenciarse en nadie hasta la irrupción del “león” en la escena mediática.

Pero como el protagonista de la novela fantástica de Wilde, Milei llegó a un punto sin retorno en el que debe enfrentar a su propio retrato. Al verdadero él, oculto bajo las capas del marketing y las impostaciones adquiridas en el ejercicio de la política activa, frutos de una transformación progresiva hacia el enfático insultador serial en que se convirtió desde su primera aparición en pantalla, en 2015, cuando Mariano Grondona le dio unos minutos para que debutara con un perfil intelectual del que luego prescindiría.

En la novela del legendario autor inglés, el joven Dorian experimenta el poder de saberse atractivo, irresistible, dueño de una personalidad magnética que luego perfecciona con la asistencia de un mecenas llamado Lord Henry Wotton, quien define a su pupilo como el “príncipe de las paradojas” en razón de las contradicciones que encarna el personaje: por un lado, inteligente y encantador; por otro, secretamente monstruoso.

Todo esto sucede en la superficie diáfana de praderas y jardines palaciegos, por encima de los sótanos donde late la oscura magia sobre la que se erige un hechizo aperplejante e irresistible, infalible sortilegio que transforma en soldado de causas imposibles (la de una belleza imperecedera por ejemplo) a cualquier humano promedio.

En la profundidad del atelier de Basil Hallward, ideólogo y creador de la pintura viviente que esconde las atrocidades, el retrato de Dorian va envejeciendo hasta la decrepitud sin que nadie pueda advertirlo. El fenómeno, que ocurre hasta el epílogo en las sombras, revela bajo un camuflaje de lienzos vírgenes la capacidad de daño de un Dorian Gray ambiguo que un día acepta mansamente las instrucciones de Lord Wotton y otro día lo ejecuta sin piedad por haber descubierto la abominación del cuadro.

En tren de alegorías, la realidad argentina de este domingo de balotaje, a pocas horas de una definición que podría cambiar para siempre la matriz institucional de un país que hasta hoy se caracterizó por incluir una cuota de solidaridad equitativa en la administración de los recursos, halla parangón en la que quizás sea la más famosa producción de Oscar Wilde, ambientada en un siglo XIX hacia el cual el candidato de ultraderecha quiere volver a partir de una ensoñación: la Argentina potencia, el granero del mundo, la oligarquía instalada en el poder fruto de una democracia ficcional, en la que solamente podían votar los dueños del dinero.

Hace 150 años, la Inglaterra reflejada por “El Retrato…” graficaba una microsociedad de abundancia concentrada en las clases altas, indiferente a los vejámenes que transcurrían en los cordones de miseria resultantes de un modelo económico que no reconocía matices ni otorgaba derechos a las clases proletarias, sometidas a una retahíla de pestes, infecciones y alimañas, materias primas de un fango pestilente del que emergerían doctrinas reaccionarias como la plusvalía marxista y el anarcosindicalismo de Mijail Bakunin.

Hoy Javier Milei halla su patriarca orientador en la figura del ex presidente Mauricio Macri, quien milita con denuedo el encumbramiento del libertario desde la pasión de quien percibe la oportunidad de un regreso al poder por interpósita persona. Ni Horacio Rodríguez Larreta ni Patricia Bullrich merecieron el encendido apoyo expresado por el fundador del PRO al candidato libertario, quien –en apariencia- se deja conducir en la convicción de que la superestructura de lo que fue Juntos por el Cambio le servirá como vehículo fiscalizador, además de morigerar el ímpetu explosivo que le permitió conquistar fanáticos entre los desahuciados del sistema, al mismo tiempo que le impidió superar el techo de 30 puntos en la primera vuelta.

¿Quién es el verdadero Milei? ¿El de la motosierra, el que aparece en videos de archivo destrozando a martillazos una réplica del Banco Central? ¿El que propone libre venta de niños y órganos? ¿El que habla con su perro muerto? ¿El que quiere romper todo para eliminar a la casta aunque para ello deba someter al mismo destino final a toda una generación de argentinos? O es el otro. El de los últimos videos de campaña, en los que niega lo que antes proclamaba. “No voy a privatizar las escuelas, no voy a tocar el Incucai, no voy a privatizar la salud”, se lo escuchó decir en reciente corto audiovisual.

Como Dorian Gray, el candidato opositor está a punto de confrontar con el lado oscuro de su propia fuerza, la que proviene de su alter ego mefistofélico, del delirio alimentado por un corte de alienados que creen en sus aptitudes proféticas, en su vínculo directo con “el uno”, como el despeinado presidenciable define a Dios cada vez que se dirige a su reducido círculo íntimo.

La candidatura de Milei es posible, finalmente, gracias a la postulación inverosímil de un ministro de Economía que aspira a la Presidencia desde un peronismo remendado por los zurcidos intersectoriales de intendentes, gobernadores, sindicatos y sectores intermedios unidos por el espanto. Ese ministro que es Sergio Massa llega con una inflación superior al 140 por ciento y las habilidades de un jugador de toda la cancha en el terreno de la política profesional.

Promete un cambio transicional, que se enanque en las exportaciones, el ingreso de divisas y la renegociación con el Fondo para que esta Argentina hiperendeudada no necesite degollar becerros a cambio de iniciar un camino (ahora sí… O ¿ahora sí?) hacia la normalidad y el crecimiento. Difícil creerle a Massa, tan difícil como creerle al Dorian Gray argentino, el que con tal de mantener a salvo sus secretos no vacilaría en eliminar a su benefactor.

Mientras tanto, esta columna cierra en medio de un templo del consumismo paraguayo, donde puede verse a decenas de argentinos, tarjetas de débito en mano, comprando barato lo que en el terruño propio cuesta el doble. Como si hoy, después del escrutinio, fuera a desatarse el Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola, donde el Coronel Kurtz, encarnado por un atribulado Brando, admite, advierte o anuncia lo que viene: “El horror tiene rostro”.

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