Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”
Como son espíritus puros sin contaminación alguna, los niños cuando mueren van directamente al Cielo. Siempre que estén bautizados, expresan los cristianos. Fijando una pauta que se mete fuerte dentro del sentimiento popular correntino, y de otras regiones de la Patria. Porque no hay limbo ni purgatorio que frene sus almitas sencillas y candorosas. Su vuelo es límpido hacia las alturas en busca de su Creador, al haber sido perdonados del pecado original por el exorcismo bautismal. Son creencias.
Como es de suponer y observable a simple vista, queda en el cerebro profundamente. Deja una herida imposible de cerrar, un vacío profundo que horada cualquier resistencia o resignación. Va muy lejos en el tiempo, sin intención de aflojar. Invocan a sus hijos perdidos en sus oraciones y lamentaciones, los quieren con ellos.
Las costumbres de los ritos mortuorios correntinos y de otras regiones aledañas, impactan al observador extranjero ajeno a ellas y, más grave aún, cuando no participa de las mismas creencias religiosas. Por eso afirman, al referirse al velorio del angelito, que esta costumbre es la alianza del fanatismo de los primeros tiempos del cristianismo con el estado salvaje e inculto de nuestro pueblo.
Cuando muere un niño de corta edad, sin vicio alguno, creen los padres y sus compueblanos que un ángel va al Cielo. Si es en el campo el velorio, la mesa sirve para ubicar el cuerpo sobre manteles blancos, limpios. Rodeado de velas, se encienden lámparas de aceite o kerosene según la época.
El niño muerto es vestido de gala, como si de algo sirviera.
Generalmente utilizan el color blanco, está prohibido el negro, es luto para otros. Su cajón, si lo construyen rápidamente con lo que obtengan de madera, lo pintan de blanco. Durante la ceremonia del velorio los visitantes y parientes conversan, toman aguardientes diversos, corre el mate, comida preparada al efecto por los familiares.
A lo que se suman las viandas que traen los vecinos, porque es larga la jornada. Se tiene que alimentar a los que vienen de lejos. Lo sorprendente del caso es que no es una ceremonia doliente, sino más bien de festejo, porque el ángel va al Cielo puro y sin mácula alguna. Así yace el cadáver mientras alrededor se juega, baila y canta. En verdad una romería que dura toda la noche. A la mañana siguiente, como es la costumbre, se acerca el sacerdote. Debidamente avisado del desenlace fatal, se hace cargo del escenario contradictorio y confuso del velorio del angelito. La procesión que acompaña al cadáver hasta su destino final, el cementerio, es seguido por los músicos que en la despedida cambian el tono de sus interpretaciones por orden del clérigo. Recién entonces la madre, que estuvo contenida por sus parientes y vecinas y hasta libando con ellos, expresa su dolor a los gritos contagiando a los demás que irrumpen en llantos desaforados.
En ocasiones, no sabemos explicarlo si por efecto de la bebida o realmente el alma del muerto se muestra en la reunión, aparece un niño jugando. Resulta ser el muerto generando corridas y sustos mayúsculos. En otros casos, juran los concurrentes al velorio del angelito, que ven elevarse una sombra blanca, tenue y cristalina hacia la copa de los árboles. Con la ayuda del viento, juega un rato con ella hasta que logra zafarse del obstáculo dirigiéndose a las nubes, para entremezclarse entre ellas.
En la mayoría de los casos las madres se encierran en su casa, rancho o lo que fuera, donde hablan con el espíritu de su muerto. Lo invocan, desean despedirse por última vez de este viaje terrenal, violando las expresas disposiciones de la religión dominante. Dicen los lugareños que muchas de ellas entran al cobijo desesperadas, al límite de su dolor. Al salir parecen tranquilas, reconfortadas, hasta alguna con una sonrisa en los labios. Enseguida corre el rumor entre los presentes. ¡Se le presentó el angelito, kó! Casi ninguna habla, pero otras no pueden contener sus pasiones y expresan: “Hablé con mi niño (o niña). Me introdujo su manito refulgente en el corazón y sentí una dulzura extraordinaria. Me dijo: mamá, estoy bien, veo una luz iridiscente que me llama”.
Es por eso chamigo que se justifica plenamente la tumba blanca del angelito. No sientas dolor por quien no tuvo que cargar la cruz de vivir el viaje temporal que nos toca a muchos.
Pero nunca te olvides de encender cirios a tus muertos, porque todos ellos lo necesitan, más aún cuando andan rondando por limbos y purgatorios.
Porque quien no tiene algún pecado, que arroje la primera piedra, dijo un filósofo gigante de la Antigüedad, que era judío.