Y la primavera me trajo la
espantosa risa del idiota.
Arthur Rimbaud
Por Fernando Abelenda
Especial para El Litoral
Hay recuerdos en la historia de cada uno que son de distinto origen. Unos tienen que ver con acontecimientos muy íntimos: una mirada de tu madre, ya sea de amor o de ira; el «Tum… tum…» de las ruedas del auto que manejaba tu padre por las calles de cemento y brea; las voces... La de mi padre diciendo: «La puta que es linda esta costanera» en los paseos al lado del río o «Así no hay culo que aguante» cuando sus hijos le pedíamos plata. Las peleas en la mesa familiar, que a la distancia se vuelven tiernas, o el murmullo de las reuniones de tus padres o de tus hermanos mayores. Los bizcochuelos de Santa. Miles de recuerdos: un capital simbólico personal que, en rigor, sólo vale para uno.
Los otros recuerdos, aun sintiéndolos propios, trascienden la propia historia: el incendio de una gomería en la calle Irigoyen, que demoró unos cuantos días en ser sofocado. La misa de cuerpo presente de un amigo de mis padres, el olor a incienso, el color púrpura, los hombres de traje, las mujeres con velos en sus cabezas. El brutal asesinato del joven Cabral en el Correntinazo, los policías a caballo, los gritos: «Walker y Onganía la misma porquería». El primer semáforo en la calle Junín y San Juan frente a las tiendas Hidalgo Solá. El silencio aterrador en los barrios la noche del golpe militar del 76 y la inocultable alegría de algunos, los que siempre se alegran cuando el pueblo se entristece. La pena inmensa por la derrota de Malvinas. La alegría de los goles de Diego Maradona a los ingleses o la angustia, cuando moría el padre de alguien de tu edad y uno pensaba en el suyo… No sé, hechos sociales ajenos a tu vida, pero que van siendo parte de uno mismo.
Los recuerdos, ¿son algo que uno posee o aquello que definitivamente perdió? ¿Somos esa mezcla de recuerdos? ¿O somos una nada pretendiendo ser dueños de valiosas posesiones? Y, sin embargo, ¡llega la primavera…!
El Bayo Ruano
Hay un recuerdo de hace muchos años. Me resulta especial porque no está referido a un momento determinado sino a varios días con un denominador común: un disco de Teresita Parodi. Se le asocian muchas cosas: mi casa de la calle Catamarca 1128, mis padres en todo su esplendor, mis hermanos, los amigos que siempre andaban por ahí. Nuestra casa, open door a la que, aunque no siempre recuerdo como luminosa, la veo así en mi memoria aquellos días, con la luz del sol metiéndose en todos los rincones. Veo a Santa, mi otra madre, y a las entrañables muchachas del servicio doméstico. Mi casa también era la de ellas. Había muchos mundos allí.
Sonaba el disco de Teresita, no sé exactamente por qué, ni siquiera sé quién lo ponía. Era el primer long play de Teresita Parodi, de cuando ella era sólo nuestra, no la genial cantante de lo litoraleño en toda la Argentina y Latinoamérica... No, ella era solo Teresita, la hija de Adelina, la prima de Anumy, la que fue profesora de guitarra de muchos de nosotros, la que era muy amiga y alumna del padre de mi íntimo amigo Benjamín de la Vega… Ella era solo nuestra, si es que puedo decirlo así, pero su talento, su magia, su ángel increíble ya estaban presentes en aquel disco. Yo creo que en mi casa lo escuchamos como mil veces.
No recuerdo si el disco incluía solo poesías del poeta Francisco Madariaga o de otros, porque casi lo único que retengo de aquel long play es la voz de Teresita recitando y cantando «El Bayo Ruano» de Madariaga.
Ahora que escribo sobre esto, sé que un bayo ruano era igualito al caballo de Randolph Scott, un cowboy al que veíamos en el cine de matinée. Un bayo es un caballo o yegua de color amarillento —marroncito claro, lo veo yo— y un bayo ruano es marroncito o amarillento con la cola o las crines blancas.
Qué emoción el recuerdo de aquella voz de Teresita recitando ese texto:
En mi sueño,
gauchos de todos los colores políticos correntinos
están contigo, mi padre.
Tu poder fue tu bondad y tu tragedia.
Nunca violentaste con soberbia
a los inocentes y desamparados.
Las más pobrísimas viejecitas gauchi-afro-guaraníes fueron
tus amigas más amadas.
Amado fuiste por violentos adversarios.
En el Paraje de trabajos brutales de rodeos, de alcohol y de políticas
bravías, aparecen junto a ti…
Me doy cuenta, mientras escribo, de que a estas palabras les falta la voz de Teresita… Vuelvo atrás y las leo yo mismo en voz alta. Me emociono, y no sé si por los versos en sí o por mi asociación en la memoria de aquel universo familiar perdido.
Una noche, bien tarde y con un grupo de amigos, entramos luego de una farra al bar «Addax Bourg», un boliche que quedaba en la esquina de San Juan e Irigoyen frente al edificio de la Acción Católica. Festejábamos alguna cosa que no recuerdo o que tal vez no quiera recordar, algo pasados en copas. El lugar me inspiró; yo amaba la música que se escuchaba en ese lugar (ahí conocí el disco de Agustín Pereyra Lucena con la voz dulce y clara de Helena Uriburu) y a los gritos repetí como un demente, ebrio de alcohol —pero no solo de eso— un pasaje de «El Bayo Ruano»: «En el paraje de trabajos brutales de rodeos, de alcohol y de políticas bravías…». Sé que repetía los versos una y otra vez, gritando: «de alcohol y de políticas bravías». Nadie entendía nada, tampoco yo. Ahora, a la distancia de muchos años, creo que le cantaba a lo que yo no era y nunca sería o a lo que quizás hubiera querido ser. No estoy seguro. Tal vez solo fue una tontería o un delirio exaltado por el alcohol.
El texto de Madariaga sigue con quienes acompañaban en la saga al padre del poeta, pero Teresita solo los nombra antes del último párrafo:
Y al fin de todo el cuadro, tú,
el errante doctor gaucho,
el emponchado sobre el antiguo bayo ruano,
el caballero de los trinos, mi padre,
me traes ahora un trino blanco
para desterrar de mi corazón el trino negro.
Vuelvo a leer una y mil veces este final, como una y mil veces lo escuchábamos con mi familia en la voz de aquel disco. No es que nos sentábamos a escucharlo, sino que cada uno hacía lo que hacía mientras esa música se deslizaba por toda la casa.
Había algo sublime en aquel disco y también una distancia evidente entre esa historia de gauchos y de políticas bravías y nuestras apacibles vidas de ciudad, un abismo entre el padre que describía Madariaga y mi padre, que en aquel tiempo ya solo era un hombre del Derecho, cuyo lugar en el mundo era su escritorio con sus libros y su máquina de escribir Olivetti.
Mucho tiempo después de que aquel disco entrara en mi casa, el poeta Oscar Portela organizó una conferencia en la vieja casona de la Fundación Juan Torres de Vera y Aragón, que había sido adaptada para que funcionasen ahí un colegio y una fundación, en la esquina de Quintana y Salta. El conferenciante sería Madariaga.
El hombre, más bien alto y de piel rojiza, leyó algunas de sus poesías. Recuerdo su voz grave, disonante y desaforada, como si ella, su voz, reflejara algo bárbaro de sus poesías, algo indecible e incivilizado. Escucharlo fue una experiencia única, desconcertante.
Al finalizar, me acerqué a la mesa ocupada por Oscar Portela, mi amigo, y Madariaga. Luego de presentarme al poeta y de halagarlo, cayendo en todos los lugares comunes de esas ocasiones, le dije que me emocionaba, y mucho, el lugar de su padre en su poesía, que para los psicoanalistas el nombre del padre era esencial, que para Freud y luego para Lacan la presencia del padre… Él me interrumpió:
—Mi padre era manso como agua de pozo —dijo—. Era un hombre cariñoso y pacífico…
No esperaba esa respuesta. Siguió elogiando a su padre en términos que claramente contrastaban con la figura de sus poemas. Luego, mirándome a los ojos y con esa misma voz rara y como de ultratumba, concluyó:
—¡La que era de armas llevar era mi madre!
Poco tiempo después de aquel encuentro, Oscar Portela, que lo admiraba y lo amaba, me informó de su muerte.
Por mi parte, yo jamás olvidé aquel inesperado comentario de Madariaga sobre su padre en mi único encuentro con él. Primero, me reí, como ante una ocurrencia genial —las ironías me fascinan—. Luego pensé que había algo genuino en aquella afirmación, que el poeta decía la verdad, que su poema reflejaba solo un sueño. Lo confesaba de entrada: «En mi sueño…», dice, y un sueño no es sino la expresión de un deseo.
Pensé que sus palabras reflejaban la nostalgia de un padre heroico, ese que tal vez todos añoramos. Un padre que soporta sin hesitar el secreto de la vida. Un padre que, montado en su bayo ruano, sostiene el universo. El sueño de un padre/Dios.
Como en una epifanía laica, sentí que aquel sueño del poeta, del criollo del universo y de la estética del terror delicado se extraviaba en los palmares sin orillas. Ahí, y en las febriles añoranzas de un joven en un boliche de una ciudad lejana.