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Las sesiones ordinarias del Congreso

Por Félix V. Lonigro*. Publicado en Infobae.

En la página web del Senado de la Nación, se anuncia que mañana, 1° de marzo de 2024, se hará la centésima cuadragésima segunda (142) apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Pues es así, si se cuentan desde que Bartolomé Mitre se hiciera cargo del Poder Ejecutivo Nacional, en 1862, después del abandono del poder por parte de su predecesor, Santiago Derqui, en noviembre de 1861. En esa primer apertura de sesiones ordinarias, el 25 de mayo de 1862, Mitre le habló a quince diputados y a veinticuatro senadores.

Sin embargo, si se consideraran las seis aperturas realizadas por Justo José de Urquiza en los años en los que ejerció la presidencia entre el 5 de marzo de 1854 y el mismo día de 1860, y las dos que efectuó Santiago Derqui durante su gestión en los años 1860 y 1861, la que Javier Milei hará en el día de mañana será la centésima quincuagésima (150).

Este último es el cálculo correcto, por cuanto Urquiza fue el primer presidente constitucional de la Argentina, aunque Buenos Aires no estuviera por entonces unida al resto de la Confederación, y luego fue sucedido por Derqui (segundo presidente constitucional del país), quien gobernó hasta el 5 de noviembre de 1861, día en el que abandonó el cargo.

Justamente, por la separación de la provincia de Buenos Aires en 1852, Urquiza, al asumir el cargo en 1854, había tenido que trasladar la capital federal a Entre Ríos -su provincia natal-, más allá de que la Constitución sancionada en 1853 preveía que la sede de las autoridades nacionales sería la ciudad de Buenos Aires.

Luego, cuando el 5 de marzo de 1860 Santiago Derqui sucedió a Urquiza y asumió la presidencia de la República, también debió mantener la sede de las autoridades nacionales en Entre Ríos, ya que si bien Buenos Aires había firmado el pacto de reincorporación (Pacto de San José de Flores), el 11 de noviembre de 1859, la mi0sma dependía de la revisión que, en 1860, hiciera la provincia de Buenos Aires de la Constitución de 1853, de cuya elaboración y sanción no había participado.

Pues más allá de esta consideración histórica, la primera apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, ya asentado en la actual Capital Federal, por parte de Mitre, fue en el edificio de la que era la Sala de Representantes de la provincia de Buenos Aires, en la actual calle Perú 272, que está dentro a la conocida Manzana de las Luces.

De inmediato el entonces presidente hizo construir otro edificio, para que allí funcione el Congreso Nacional, en las actuales calles Balcarce e Yrigoyen (esquina en la que hoy está la Academia Nacional de Historia). El arquitecto fue Jonás Larguía y la inauguración se llevó a cabo el 12 de mayo de 1864. En ese lugar funcionó el Parlamento argentino hasta 1906, y allí se realizaron treinta y cuatro aperturas de sesiones ordinarias.

El edificio del actual Congreso fue obra de Vittorio Meano, y se inauguró en el año 1906, siendo presidente de la Nación José Figueroa Alcorta.

El presidente que más cantidad de veces hizo la apertura de las sesiones ordinarias fue Julio Argentino Roca: lo hizo en doce ocasiones. No debe perderse de vista que es el presidente de la Argentina que más cantidad de años ejerció la presidencia: doce años en dos períodos separados (1880-1886 y 1898-1904)

Juan Domingo Perón hizo once aperturas de sesiones ordinarias; Carlos Saúl Menem diez e Hipólito Yrigoyen y Cristina Fernández ocho cada uno. Lo notable es que el presidente radical siempre hizo las aperturas enviando un discurso, sin asistir personalmente al Congreso. Tampoco asistieron a hacer la apertura de las sesiones ordinarias Bartolomé Mitre en 1866, Roque Sáenz Peña en 1914, Marcelino Ortiz en 1939 y Santiago Castillo en 1941 y 1942.

En este sentido debe tenerse en cuenta que la Constitución Nacional dispone que Presidente “hace la apertura de las sesiones ordinarias”, pero no dice de qué manera, y tampoco le impone al primer mandatario la obligación de “hacer” dicha apertura, sino que es para él una potestad o atribución. De hecho, el comienzo de la actividad legislativa ordinaria no depende de la voluntad del Presidente, a tal punto que si no hiciera la tradicional apertura, el Congreso iniciaría sus sesiones por sí solo, tal como lo dispone el Art. 63 de la Constitución Nacional.

Por otra parte hubo presidentes que solo hicieron una apertura de sesiones ordinarias: Manuel Quintana en 1905 y Héctor José Cámpora en 1973; y hubo presidentes que jamás tuvieron la oportunidad de abrir sesiones ordinarias por el poco tiempo que estuvieron en sus cargos: Raúl Lastiri y Adolfo Rodríguez Saa.

Hasta el año 1869, año en el que Domingo Faustino Sarmiento hizo su primera apertura de sesiones ordinarias, e inauguró la costumbre de los presidentes de leer un discurso, los mandatarios solo decían unas breves palabras y dejaban la lectura de aquel al vicepresidente; pero en el caso del sanjuanino, además realizaba “clausuras” de sesiones ordinarias (lo cual no era entonces, ni lo es ahora, una obligación constitucional).

Hasta el año 1994 inclusive, el período de sesiones ordinarias se iniciaba el 1 de mayo, y se extendía, por solo cinco meses, hasta el 30 de septiembre de cada año. Desde la reforma constitucional producida en ese año, las sesiones ordinarias se inician el 1 de marzo y terminan el 30 de noviembre de cada año.

Por último, hubo veintiún años en los que no hubo apertura de sesiones ordinarias del Congreso: 1908, 1930, 1931, 1944, 1945, 1956, 1957, 1962, 1967, 1968, 1969, 1970, 1971, 1972, 1976, 1977, 1978, 1979, 1980, 1981, 1982. Y en los veinte años transcurridos entre 1962 y 1982 hubo solo cinco.

A cuarenta años de la recuperación de la democracia, es necesario entender que, cívicamente hablando, el Congreso de la Nación es el ámbito institucional en el que está representado el cien por ciento de la voluntad popular, y en el que están reflejadas las diversas tendencias y manifestaciones políticas e ideológicas. Es el reflejo mismo de la diversidad democrática. Al mismo tiempo su funcionamiento es indispensable como órgano de contrapeso y control en la división clásica de poderes, y por lo tanto es un puntal fundamental para el sistema republicano. Es menester, pues, valorar su funcionamiento, y mejorarlo, a través del sufragio, cada vez que se nos convoca a renovar su integración.

*Abogado constitucionalista y profesor de la Universidad de Buenos Aires.

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