Arq. Carlos M. Gómez Sierra
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El último miércoles de abril de cada año se celebra El Día Internacional de Concienciación sobre el Ruido. El mismo tiene como objetivo informar sobre los peligros de la exposición a largo plazo a la contaminación acústica en las ciudades. Esta no deja residuos visibles ni altera la materialidad de la ciudad, pero incide de manera directa en la calidad de vida.
Actualmente, una de sus formas más reconocibles es el uso de celulares y dispositivos con audio abierto en espacios públicos. No se trata solo de una molestia cotidiana, sino de un fenómeno que afecta el bienestar y las reglas básicas de convivencia. La ciudad de Corrientes no escapa a estas prácticas lamentablemente extendidas.
Un ciudad no es únicamente un conjunto de edificios, calles y plazas; es también una experiencia basada en el uso de los sentidos. El urbanismo ha comprendido desde hace décadas que el sonido colabora en la constitución del espacio en que vivimos, definiendo atmósferas, escalas y jerarquías. Un banco en la Costanera no se vive de la misma manera si está acompañado por el murmullo del viento que si queda atravesado por una superposición caótica de videos, llamadas, música y notificaciones.
El problema del audio abierto es que introduce sonidos privados en ámbitos pensados para la coexistencia de los ciudadanos. El transporte público, los cafés, las plazas, las veredas o las oficinas no son espacios neutros: son espacios de convivencia regulada por el respeto y la urbanidad. Cuando alguien activa el parlante de su celular, rompe ese equilibrio y se apropia de una parte del espacio común. Por eso el audio abierto resulta especialmente pernicioso: transforma ámbitos de encuentro en zonas de conflicto.
Esto ya fue científicamente estudiado. En su obra The Tuning of the World (1977), el compositor canadiense Raymond Schafer desarrolla e introduce el término “paisaje sonoro”, definiéndolo como el conjunto de sonidos de un entorno, entendidos no solo como fenómeno físico, sino cultural, social y perceptivo. Desde el urbanismo, el estadounidense Michael Southworth publica en 1969 The Sonic Environment of Cities, siendo uno de los primeros en llevar el concepto al análisis urbano, definiendo cómo el sonido influye en la orientación y el uso del espacio público.
Y es que Corrientes, como cualquier ciudad, es ruidosa por definición. Tránsito, obras, motores. Frente a este paisaje sonoro, el urbanismo y la arquitectura buscan mitigar y ordenar. El parlante del celular opera en sentido contrario: agrega capas de ruido innecesarias, que no responden a ninguna lógica urbana.
Hay aquí un problema de escala. El celular está diseñado para un uso individual, íntimo, configurado al tamaño de la mano y el oído. Su impacto sonoro, en cambio, es colectivo. Es una tecnología personal que, mal utilizada, desborda su escala y se entromete en el espacio común. En otros términos: un objeto mínimo que, mal utilizado, produce una molestia ambiental desmedida.
A esto se suma una dimensión sanitaria ampliamente documentada. La Organización Mundial de la Salud señala al ruido ambiental como uno de los principales factores que afectan la salud, con impactos que van desde trastornos del sueño y aumento del estrés hasta efectos cardiovasculares y cognitivos. El problema no es un sonido aislado, sino la acumulación constante de estímulos que impiden la permanencia confortable en el espacio urbano.
Ahora bien, la discusión no puede reducirse solo a las voluntades individuales: involucra al diseño de los espacios y a la forma en que se gestionan sus usos. Muchos locales gastronómicos y comerciales funcionan por encima de su capacidad acústica real. Ausencia de materiales de absorción acústica, superficies sin tratamiento y otras configuraciones insuficientes generan ambientes donde cualquier sonido se multiplica y distorsiona.
Incorporar criterios acústicos en las habilitaciones comerciales debería ser tan natural como exigir condiciones de seguridad, ventilación o accesibilidad. No se trata de imponer restricciones, sino de proyectar y gestionar mejor. Un local con buena acústica mejora la experiencia del usuario, reduce conflictos e invita a ser visitado.
En ciudades que han avanzado en políticas de calidad urbana, el sonido es considerado parte del proyecto. Barcelona y Copenhague trabajan desde hace años con el concepto de “paisaje sonoro urbano”, incorporando mapas de ruido, límites diferenciados por zonas y horarios, y exigencias acústicas para locales y eventos, sean públicos o privados.
En sistemas de transporte público de Europa y Asia, el uso de dispositivos con audio abierto está explícitamente prohibido, no por autoritarismo, sino por una comprensión básica del principio de convivencia. En Japón, por ejemplo, el silencio en trenes y subtes no es solo una norma formal, sino una convención cultural. Estas experiencias muestran que regular el sonido no implica eliminar la vida urbana, sino todo lo contrario: hacerla más habitable. El control del ruido es, por tanto, una condición para que la diversidad de usos pueda coexistir sin conflicto.
Por último, la gestión del sonido no puede quedar librada únicamente a la buena educación o a la tolerancia individual. Quien lo produce rara vez asume sus costos, pero muchos los padecen. Por eso, el Estado tiene un rol central en articular normas claras y aplicables. Así como hoy resulta impensable fumar en espacios cerrados, no es descabellado pensar en límites al uso de parlantes personales en el transporte público, oficinas o locales gastronómicos. Regular no es restringir libertades, sino garantizar condiciones mínimas de convivencia.
Una ciudad no se construye solo con obras, sino también con reglas. Y esas reglas, cuando están bien pensadas y gestionadas, no empobrecen la vida urbana sino que la enriquecen. Porque una ciudad no se mide solo en metros cuadrados, altura de edificios o cantidad de inversiones. También se mide en algo más sutil y decisivo: la posibilidad de estar y disfrutar sin ser agredido sensorialmente. A veces, el gesto urbano más significativo es simplemente bajar el volumen.
Gestionar el paisaje sonoro de una ciudad como Corrientes es una forma de gestionar la dignidad y calidad de vida cotidiana de sus habitantes.