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Milei: en el espejo de Orwel

Milei continúa empoderado para cerrar el círculo de su gobierno distópico. A través de un DNU modificó la Ley de Inteligencia, nada menos. A partir de ahora, Karina manejará un poderoso aparato de espionaje, con más facultades, más oscuro, más secreto y más fondos. Los campeones de la libertad fortalecen su propio Gran Hermano. Hasta Orwel se pone colorado.

Martes, 13 de enero de 2026 a las 18:00

 

“El problema no es que el poder vigile, sino que nadie pueda vigilar al poder”

George Orwel, 1984

El manejo autoritario del estado no es una cuestión de ideología. Antes de este tiempo de derechas carnívoras en gran parte del orbe, considerábamos que las izquierdas tenían el monopolio de los gobiernos autocráticos y represores. El socialismo siglo XXI de Latinoamérica, lo hacía pensar.

Pero, Trump, Milei, Viktor Orban, entre otros, nos demuestran que pueden transgredirse los elementos fundamentales de una república, puede disminuirse a sus mínimos las virtudes de la democracia, puede gobernarse con votos pero sin pluralidad, del mismo modo que lo hicieron, antes y ahora, líderes relacionados con el comunismo, como los Castro, los Putin, los Xi-Jinping.

No tengo el objetivo de hacer un racconto de las medidas mileístas que afectan la pluralidad y la división de poderes. Pero fueron muchas, no sólo en cantidad, sino en crudeza conceptual. Y el espionaje interno también formó parte del modo de fortalecer el estado gendarme de los libertarios.

Recordar simplemente que el primer DNU rechazado por el Congreso fue el que autorizaba el giro de $100.000 millones a la Side, en pleno apogeo del discurso oficial del “no hay plata”.

Nos ocupa ahora el Decreto de Necesidad y Urgencia N° 941/2025, dictado el 31 de diciembre de 2025. Momento oportuno, si se quiere atenuar el impacto de una medida absolutamente objetable. Sin el Congreso funcionando y con la gente en otra cosa.

El susodicho DNU modifica la Ley de Inteligencia para hacerla más drástica. Se estableció el secreto total al clasificar todas las operaciones de inteligencia como “encubiertas”. Los agentes pueden detener personas sin orden judicial, y el señor Cinco tiene la facultad de convocar a las Fuerzas Armadas para tareas internas. La definición ambigua de “inteligencia” permite perseguir a ciudadanos y periodistas por motivos políticos o por divulgar información no deseada por el poder.

Bajo el argumento de la seguridad y la urgencia, el Estado avanza sobre el terreno más sensible de la democracia: la inteligencia sin control. Un decreto que reactiva viejos fantasmas y pone en jaque libertades básicas

El propio ex titular del organismo en tiempos de Duhalde, Miguel Angel Toma, manifiesta que el DNU es una prolongación de la práctica kirchnerista de utilizar a la ex AFI para el espionaje interno y la represión social.

Por momentos, la política argentina tiene la inquietante costumbre de tropezar siempre con la misma piedra. Cambian los gobiernos, mutan los discursos, pero el reflejo autoritario reaparece cuando el poder decide que la urgencia es excusa suficiente para correr los límites de la República.

La pregunta inevitable es qué urgencia justifica reformar estructuralmente el sistema de inteligencia sin debate parlamentario. No hay catástrofe inminente ni guerra declarada. Hay, sí, una decisión política clara: ampliar facultades, reducir controles y blindar de opacidad a un organismo históricamente asociado a los excesos, el espionaje interno y las zonas grises del poder.

Si grave es el instrumento utilizado -el DNU-, no lo es menos la habilitación para que agentes de inteligencia asuman facultades coercitivas, como la detención de personas. La inteligencia no investiga delitos ni ejecuta detenciones: analiza información para que otros poderes actúen dentro de la ley. Mezclar esos roles no es eficiencia; es peligrosamente regresivo. Es volver a un Estado donde quien espía también persigue, y quien persigue no rinde cuentas.

No es casual que, frente a este tipo de normas, resurja la referencia a 1984, la novela de George Orwell. No por una obsesión literaria, sino porque el paralelismo resulta incómodo. En aquel mundo distópico, el Gran Hermano no necesitaba estar en todos lados: le bastaba con que nadie supiera cuándo estaba siendo observado. El poder del sistema residía en la incertidumbre permanente, en la vigilancia potencial.

“Pocas veces la libertad estuvo tan amenazada como en el gobierno de Milei. Su “policía secreta” creada por un DNU, lo prueba. El kirchnerismo antes, los libertarios después, muestran que el autoritarismo no tiene ideología excluyente”

El espionaje moderno tiene una gran ventaja respecto al Gran Hermano orweliano, el poder de la tecnología. Quedan los vestigios de las sociedades de masas. Estamos casi ya dentro de las fauces invisibles de las sociedades posmodernas, controladas por dispositivos inmateriales, dónde las personas pueden ser delatadas por su propio algoritmo.

El problema no es la inteligencia en sí. Todo Estado moderno la necesita. El problema es cuando la inteligencia deja de servir a la democracia y la democracia pasa a servir a la inteligencia. Cuando el secreto protege al poder y no a la sociedad. Cuando la excepcionalidad se vuelve rutina.

El DNU 941/2025 no es solo una mala norma: es una señal preocupante sobre la concepción del poder y del ciudadano. En lugar de más transparencia y control, ofrece más opacidad y discrecionalidad.

En lugar de fortalecer la República, la debilita. Y la historia enseña que cada vez que el Estado se arrogó la potestad de vigilar sin límites, la libertad fue la primera víctima. Siempre.

No se trata de eficiencia ni de modernización. Se trata de quién controla a quién.

 

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