¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

PUBLICIDAD

Paz Trumpista, un maquillaje de la amenaza

Trump ha formado, finalmente, “su” Consejo de la Paz, que él mismo preside, con amplios poderes ejecutivos, incluida la capacidad de vetar decisiones y destituir miembros. Hasta ahora, sólo una treintena de países aceptaron formar parte, con Milei en primera fila.  El patético seguidismo argentino, ha quitado al país todo margen de maniobra.  Al estilo Trump, el nuevo organismo hará uso de la amenaza con maquillaje pacifista.

Sabado, 24 de enero de 2026 a las 23:15

“Como no me diste el Premio Nobel, ya no pensaré sólo en la paz sino en los intereses de los Estados Unidos”
Carta de Trump al Primer Ministro de Noruega

 

Los discursos en el Gran Salón de Conferencias en Davos, sirvió para poner blanco sobre negro algunas cuestiones que se presentaban confusas. A la par, los sucesos y reuniones durante el Foro, terminaron de poner en contexto los conflictos que comenzaban a tomar temperatura, entre la Unión Europea y Estados Unidos.

Para los argentinos, saber lo opuestas que son las concepciones económicas de Trump y Milei, aunque coincidan sus estilos y extremos ideológicos. Con un presidente argentino inusualmente moderado, su discurso fue académico, denunciando el utilitarismo y la perversidad del Estado. Trump justificó el proteccionismo y la prepotencia estatal.        

¡Pero vamos! Trump está en el trono de una superpotencia, Milei en el desvencijado sillón de un país endeudado y que no puede sostener guerras comerciales ni conflictos diplomáticos.

El seguidismo canino a Estados Unidos que practica Milei, se realiza al mismo tiempo que bajan en el puerto porteño siete mil unidades de autos chinos, como parte de un primer contingente de 60 mil. ¿Pragmatismo libertario o viveza criolla?

En el contexto del Foro de Davos, Trump presentó en sociedad -a pesar de que en la teoría ya intervino en Gaza- a “su” Consejo de la Paz, un grupo de países capitaneados por los Estados Unidos, que se ocupará de intervenir en los conflictos con el estilo de su creador. Milei, en primera fila, tuvo su premio: lo eximieron del pago de los mil millones de dólares para ingresar al Club.

“Davos 2026 sirvió para reflejar el estado actual del tablero de países, dónde el que golpea más fuerte la mesa está obteniendo los réditos de una reconfiguración geopolítica del orbe”.            

La verdad, no le podemos restar méritos al estilo “bilardista” del presidente norteamericano, que privilegia los resultados por encima de las formas.

Se cansó de emitir amenazas por su pretensión de compra de Groenlandia, desconociendo la jurisdicción de Noruega. Acto seguido, llegó a un principio de acuerdo con la OTAN.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, dio su visto bueno al borrador, porque no se cuestiona la soberanía de Dinamarca sobre Groenlandia. El acuerdo prevé renegociar la presencia de tropas, el despliegue de un escudo antimisiles y el control de inversiones extranjeras para frenar a China y Rusia.

Es la táctica clásica del magnate inmobiliario: amenazar, exigir lo máximo, para terminar logrando un resultado menor, pero que satisface su verdadero propósito: el control estratégico y militar de la isla, en este caso.

Es una mecánica que se repite en casi todas sus intervenciones sobre países extranjeros, logrando sus propósitos, los que nos  lleva a poner la lupa sobre el verdadero juicio y la templanza de los líderes de otras naciones, que terminan haciéndole el juego.

Ya no se trata de su patio trasero que cede a sus presiones, no se trata de Delcy Rodríguez y de los restos de la dictadura venezolana, tampoco de la incomprensible entrega de “su” Nobel de la Paz por parte de María Corina Machado, menos del recule del colombiano Petro o de la mexicana Scheinbam, todos víctimas del ninguneo o la amenaza directa. No son solo los “sudacas”.

Se trata del patético comportamiento de muchos líderes europeos, que, justificativos más o argumentos menos, terminan por ceder y de esa manera darle mayor aire a la estrategia de la amenaza, aún a costa de la dignidad de sus propios países.

“Trump presentó en sociedad a “su” Consejo de la Paz”, todavía con apenas una treintena de países, Milei en primera fila. El nuevo organismo funcionara con el estilo del magnate inmobiliario”.            

¿Y cuál es el problema? No sólo que se va fortaleciendo la concepción imperialista y de fuerza del poder mundial, sino que, además, se está consagrando como exitoso el modelo de la amenaza bajo la pátina de la paz, instrumentado por un individuo ególatra y narcisista, que con su “yo” inflado ya no cabe en su propio país.  Así, el llamado “Consejo de la Paz” surge no como un intento de mediación genuina, sino como un instrumento de disciplinamiento global, destinado -en los hechos- a desplazar organismos como el Consejo de Seguridad de la ONU, cuyos límites y consensos suelen incomodar a Washington.

Su nacimiento está atravesado por una contradicción central: es presentado como una iniciativa pacificadora por un líder cuya práctica política y diplomática ha sido sistemáticamente coercitiva, beligerante e imperial. La paradoja no es menor, porque no se trata de un desliz retórico, sino de un rasgo estructural de su concepción del poder.

La política exterior estadounidense bajo el mandato de Donald Trump ha estado marcada por una visión profundamente transaccional de las relaciones internacionales. En este esquema, la paz deja de ser el resultado de acuerdos multilaterales y normas compartidas, para transformarse en la consecuencia directa de la imposición del interés nacional del actor más fuerte.

“Milei dijo que Maquiavelo ha muerto. Trump, en los hechos, lo desdijo y demostró que el florentino está instalado en primera fila, más vivito que nunca”.    

La paz según Trump, no es la ausencia de conflicto sino la aceptación forzada de un orden jerárquico, sostenido por aranceles, bloqueos, operaciones encubiertas o la simple advertencia del uso de la fuerza. La guerra, en este contexto, no desaparece: se administra bajo nuevas reglas, pero con la misma lógica de supremacía y control.

Hasta ahora, una treintena de países aceptaron el convite de integración del Consejo de la Paz. Otros 60 están en veremos. Más que un giro pacifista, el flamante organismo “pacificador” parece el intento de institucionalizar un mundo hobbesiano bajo dirección estadounidense. Un orden donde la estabilidad no se funda en el equilibrio ni en la cooperación, sino en la aceptación resignada de la supremacía del “Leviatán” yanqui.

Maquiavelo, lejos de estar muerto, aplaude desde la primera fila.

Últimas noticias

PUBLICIDAD