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La fragilidad argumental de los detractores de las importaciones

Una demagógica y cínica actitud impregna a ciertos personajes que se oponen a la apertura económica desde lo retórico apoyando a la “industria nacional” pero sus conductas personales están inclinadas hacia los consumos internacionales al punto de coquetear crónicamente con la marginalidad legal sin pudor alguno. No les hace ningún tipo de ruido actuar de ese modo mientras exigen un accionar completamente distinto a los demás.

Domingo, 01 de febrero de 2026 a las 01:00

Hay una crítica que se repite con fuerza cada vez que la Argentina evalúa la chance de abrir su economía. Inexorablemente la denuncia contra la “apertura indiscriminada” y la supuesta intimidación que representan los productos importados para la industria nacional brota como una irrefrenable postura doméstica tan superficial como endeble.

Para justificar esa posición se presenta un dramático alegato que apunta a la custodia del trabajo argentino, de la producción local y hasta se ensaya una épica que pretende instalar una sobreactuada soberanía. Suena noble y por momentos parece patriótico, pero cuando se lo mira de cerca, revela una perversidad narrativa que es muy difícil de pasar por alto.

"La paradoja es que el pusilánime pretende que eso sea una potestad propia y promueve normas que prohíben a los demás acceder a lo que él si ya ha logrado. El nivel de descaro es infinito. Lo que para sí mismo es legítimo en la decisión individual se vuelve condenable cuando se expresa a nivel de política económica. Promociona leyes que le exigen al ciudadano que consuma caro en nombre de la “patria” mientras el hace lo inverso."

Los que más despotrican contra la importación suelen ser, quienes en su vida cotidiana obran como clientes ultra racionales, esos que buscan el precio más bajo y la mejor calidad disponible, sin tener en cuenta para nada el eventual origen de un bien. Adquieren ropa, tecnología, electrodomésticos, inclusive alimentos, siempre que el precio sea el más conveniente. Lo hacen, como cualquiera, como corresponde, cuidando su bolsillo, y así debe ser.  El problema no es ese sino la inocultable incoherencia entre esa prédica a viva voz y la práctica privada que se oculta deliberadamente por la alevosa discordancia que trae consigo.

En la esfera pública se recurre a una apología de la industria nacional y en el ámbito privado se opta por lo más barato haciendo caso omiso a su procedencia. Esa contradicción no es anecdótica, sino que constituye el corazón del dilema. La reprobación al ingreso de mercancías y servicios sin diferenciación suele partir de una premisa falsa, esa que afirma que el usuario debería resignar bienestar en nombre de una abstracción llamada “industria nacional”, sin exigirle ni competitividad, ni eficiencia ni calidad. Se le pide al ciudadano que pague más caro para compensar las falencias estructurales de un sistema productivo que, muchas veces, estuvo brutalmente protegido durante décadas sin siquiera amagar una transformación.

Ese rebuscado razonamiento plantea una trampa acusando a esta política pública de destruir empleo, pero evitando discutir simultáneamente por qué, después de tantos años de protección, amplios sectores productivos siguen sin poder competir. Se señala al producto importado como villano, pero se omite el verdadero intríngulis: costos distorsionados, presión impositiva asfixiante, falta de escala, baja productividad e infraestructura insuficiente.

"El verdadero debate no es importado versus nacional. Es competitividad versus privilegio. Es productividad versus relato. Es comprender que una economía pujante solo es posible cuando las reglas están alineadas con el progreso y no con el pasado, con la modernidad y no con lo obsoleto. Esa controversia no se resuelve con consignas, sino con decisiones difíciles pero necesarias."

Lo inaceptable aparece cuando ese supuesto rechazo conceptual se convierte en una mera coartada moral para no hablar acerca de los nefastos límites del modelo productivo vigente y de sus responsables eternos. Utilizan despectivamente la palabra “indiscriminada” pero no se animan a abordar las profundas reformas imprescindibles para salir de ese círculo vicioso. Se apela al miedo para eludir el camino hacia el fondo de la cuestión.

La hipocresía se vuelve evidente cuando se observa el comportamiento real de las personas. El mismo dirigente, sindicalista o empresario que reclama cerrar importaciones es quien cambia de celular fuera del país, compra online productos del exterior o viaja y vuelve con la valija llena. No lo hace por mala persona, sino porque actúa racionalmente como consumidor. Exactamente lo mismo que hacen millones de argentinos todos los días. La paradoja es que el pusilánime pretende que eso sea una potestad propia y promueve normas que prohíben a los demás acceder a lo que él si ya ha logrado. El nivel de descaro es infinito. Lo que para sí mismo es legítimo en la decisión individual se vuelve condenable cuando se expresa a nivel de política económica. Promociona leyes que le exigen al ciudadano que consuma caro en nombre de la “patria” mientras el hace lo inverso.

"La incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace termina erosionando la credibilidad de los interlocutores que quedan ridículos esbozando ideas caducas que ni siquiera pueden respaldar con su accionar personal. Nadie cree en quien pide sacrificios, pero no está dispuesto a hacerlos. Es que todos saben que el camino al paraíso no pasa por bloquear fronteras, sino por asumir primero la propia incapacidad de adaptarse a un mundo que ya cambió hace rato."

Resguardar lo nacional no puede significar congelar la ineficiencia. Cerrar la economía es sinónimo de postergar soluciones y agrandar el desastre. Abrir las fronteras de un modo inteligente, no es una amenaza potencial, muy por el contrario, es un avance significativo para la mayoría de los mortales, pero obviamente que también es un espejo incómodo que muestra lo que ahora no funciona.

El verdadero debate no es importado versus nacional. Es competitividad versus privilegio. Es productividad versus relato. Es comprender que una economía pujante solo es posible cuando las reglas están alineadas con el progreso y no con el pasado, con la modernidad y no con lo obsoleto. Esa controversia no se resuelve con consignas, sino con decisiones difíciles pero necesarias.

"El reproche a la apertura económica se vuelve perversa cuando se usa para defender intereses corporativos, rentas inaceptables o estructuras arcaicas, mientras se declama preocupación por el empleo. Si de verdad se quisiera ayudar al trabajador argentino, la discusión debería centrarse en cómo bajar costos, mejorar infraestructura, modernizar procesos y abrir mercados. No en impedir que el consumidor acceda a las mejores opciones."

El reproche a la apertura económica se vuelve perversa cuando se usa para defender intereses corporativos, rentas inaceptables o estructuras arcaicas, mientras se declama preocupación por el empleo. Si de verdad se quisiera ayudar al trabajador argentino, la discusión debería centrarse en cómo bajar costos, mejorar infraestructura, modernizar procesos y abrir mercados. No en impedir que el consumidor acceda a las mejores opciones.

La incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace termina erosionando la credibilidad de los interlocutores que quedan ridículos esbozando ideas caducas que ni siquiera pueden respaldar con su accionar personal. Nadie cree en quien pide sacrificios, pero no está dispuesto a hacerlos. Es que todos saben que el camino al paraíso no pasa por bloquear fronteras, sino por asumir primero la propia incapacidad de adaptarse a un mundo que ya cambió hace rato.

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