Hay un concepto que se ha vuelto completamente transversal en el debate público doméstico. Se trata de la asumida necesidad de bajar impuestos y mejorar velozmente la ecuación del “costo argentino” ese que impide competir en un mundo tan complejo.
Empresarios, dirigentes, analistas, académicos, intelectuales y ciudadanos en general están alineados con la visión de que la presión fiscal vigente es absolutamente asfixiante, que desalienta la inversión y que castiga sin atenuantes al que realmente se esfuerza y produce.
Hasta ahí la mirada es totalmente compartida. El problema emerge cuando ese reproche se superpone, sin pudor alguno, con otra afirmación igualmente enfática, esa que sostiene que los desembolsos son intocables, inclusive algunos más audaces proponen aumentar partidas sin explicar cómo se podrán mantener los equilibrios de largo plazo.
Esa convivencia discursiva no es un matiz irrelevante. Es una discordancia de fondo extremadamente grave. Es qué en cualquier esquema mínimamente racional, los recursos del Estado salen de algún lado. Si descienden los ingresos y no se reformulan las erogaciones, el efecto es demasiado elocuente y sobran evidencias de cómo termina esa película de terror ya conocida. Se sabe que culminará con emisión, endeudamiento o ambas cosas a la vez. No habrá tercera vía ya que básicamente no existe tal cosa.
Suponer que disminuir la presión tributaria es compatible con la inalterabilidad del gasto es pedir que las cuentas públicas desafíen la aritmética vital. Sin embargo, esa pretensión se repite hasta el cansancio y sin criterio alguno. Finalmente parece un acto de insensatez, ignorancia o necedad inexplicable.
"Hacer ajuste no es sinónimo de insensibilidad. Tampoco implica desmantelar todo, pero sí es clave reconocer que no todos los gastos son igualmente valiosos, que no toda función pública cumple un rol esencial y que la eficiencia también es una forma de ser justos. Ajustar es decidir y no hacerlo es patear hacia adelante apostando a lo mágico”.
Se la plantea como una cuestión de sensibilidad social, a veces bajo el paraguas de la prudencia política o como mera responsabilidad institucional. En realidad, es una forma elegante de evitar la incómoda polémica acerca de qué funciones debe cumplir el Estado, cuáles definitivamente no y a qué nivel de eficiencia se puede aspirar.
Promover un modelo con pocos impuestos sin aceptar los ajustes implícitos que eso requiere es una manera de trasladar la cuenta hacia el futuro. Es decirle a la sociedad que hoy no serán necesarios los sacrificios, pero que mañana alguien, al concluir el trayecto, los tendrá que abonar. Eso suele ser muy difuso. Podrían ser las próximas generaciones, el “mercado”, el contexto internacional, pero algo es seguro, nunca tendrán que poner el cuerpo los decisores actuales.
La incongruencia se profundiza cuando el mismo alegato que exige una suerte de respiro tributario denuncia inflación o endeudamiento. Ambos fenómenos están vinculados a ese indeseable desequilibrio no resuelto. Se pide bajar la carga, pero se condenan los mecanismos que permiten financiar un Estado que no se reduce. Es una crítica circular, sin salida lógica.
Parte del dilema radica en que el gasto público se ha convertido en un territorio prácticamente inabordable. No se discute su calidad, su eficacia, ni su impacto. Se lo defiende en bloque, casi corporativamente, como si cualquier exploración implicara un retroceso social. Así, el ajuste se transforma en una mala palabra, aun cuando no se trate de recortar derechos sino de reordenar prioridades y evitar dilapidaciones injustificables a todas luces.
"El desatino de reclamar un aligeramiento fiscal sin hacer ajustes no es solo económico, sino fundamentalmente cultural. Expresa una dificultad intrínseca para asumir límites tangibles, priorizar selectivamente y poner orden donde no lo hay”.
En ese marco, bajar impuestos se vuelve una consigna vacía. Un gesto narrativo sin respaldo real. El reordenamiento fiscal con mayúsculas no surge de una determinación aislada, sino de un esquema integral que incluya un Estado más austero, enfocado y eficiente. Sin eso, cualquier espasmo será transitorio o ficticio.
También hay una responsabilidad del sector privado en este disparate. Muchas veces se cuestiona lo impositivo mientras se toleran estructuras públicas sobredimensionadas, subsidios o programas que no cumplen objetivos. Se reclama descompresión, pero no se empuja con la misma fuerza la controversia sobre el uso de los recursos.
La política suele elegir el camino de menor resistencia: prometer mejoras sin explicar el corolario. Es una estrategia tentadora, pero profundamente dañina. Porque consolida la idea de que se puede vivir así hasta el fin de los días sin consecuencias. Y cuando estas llegan, se las presenta como inevitables y no como el resultado de decisiones evitables.
"Si de verdad se quieren bajar impuestos, hay que animarse a discutir el tamaño y el alcance del Estado. Todo lo demás es retórica tan cómoda como peligrosa. No hay alivio fiscal duradero sin una revisión profunda de los componentes de un presupuesto público, y eso no es posible lograrlo sin pagar algunos costos políticos”.
Hacer ajuste no es sinónimo de insensibilidad. Tampoco implica desmantelar todo, pero sí es clave reconocer que no todos los gastos son igualmente valiosos, que no toda función pública cumple un rol esencial y que la eficiencia también es una forma de ser justos. Ajustar es decidir y no hacerlo es patear hacia adelante apostando a lo mágico.
El desatino de reclamar un aligeramiento fiscal sin hacer ajustes no es solo económico, sino fundamentalmente cultural. Expresa una dificultad intrínseca para asumir límites tangibles, priorizar selectivamente y poner orden donde no lo hay.
Si de verdad se quieren bajar impuestos, hay que animarse a discutir el tamaño y el alcance del Estado. Todo lo demás es retórica tan cómoda como peligrosa. No hay alivio fiscal duradero sin una revisión profunda de los componentes de un presupuesto público, y eso no es posible lograrlo sin pagar algunos costos políticos.
"Negar esta ambigüedad reinante no ayuda. Solo posterga la solución y vuelve a este ciclo más traumático, teniendo en cuenta que ineludiblemente ocurrirá muy a pesar de todos, por las buenas o por las malas. Y en economía, como en la vida misma, las contradicciones no sólo no desaparecen, sino que inexorablemente se acumulan”.
Negar esta ambigüedad reinante no ayuda. Solo posterga la solución y vuelve a este ciclo más traumático, teniendo en cuenta que ineludiblemente ocurrirá muy a pesar de todos, por las buenas o por las malas. Y en economía, como en la vida misma, las contradicciones no sólo no desaparecen, sino que inexorablemente se acumulan.