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El ajuste fiscal se muerde la cola

La “lógica del ajuste perpetuo” es el sustento conceptual del gobierno de Milei. Dónde hay déficit hay ajuste, y si éste persiste: más ajuste. De tal modo, nuestra economía se desarrolla como el perro que se muerde la cola. Un ciclo interminable de ajustes que sólo provocan la contracción de la economía. Bajos salarios, retracción del consumo, disminución de la recaudación fiscal. En el medio, una sociedad cada vez más castigada.

Domingo, 10 de mayo de 2026 a las 00:23

 

“La austeridad es el castigo por haber vivido por encima de nuestras posibilidades, pero la economía no es una virtud moral, es un mecanismo de flujo: si nadie gasta, nadie gana”

Jhon Maynard Keynes

Qué mejor referencia para reflejar la situación actual generada por el programa económico del gobierno de Javier Milei, que recurrir a un economista de su mismo palo, un prócer de la Escuela Austríaca, Friederich Hayek.
 Hablando de la ceguera del dogma, Hayek dijo que “es posible que hayamos caído en un círculo vicioso donde cada paso que damos para remediar la situación no hace más que agravarla”. Parece estar hablando de la Argentina libertaria.
 Hay un momento en que la política económica deja de ser un programa para convertirse en un problema. Ese momento parece haber llegado para el gobierno de Javier Milei.
Después de dos años de aplicación sin fisuras de su recetario ortodoxo, comienzan a advertirse serias inconsistencias en la aplicación libertaria de su “lógica del ajuste perpetuo”.
Los resultados no demuestran el despegue prometido sino algo más inquietante: una dinámica circular, autorreferente, que se alimenta a sí misma.
La metáfora del perro que se muerde la cola viene como anillo al dedo, aunque en este caso diremos que es el ajuste fiscal el que se muerde la cola, en un giro cada vez más pernicioso y que marea al propio instrumento.
Podríamos decir que estamos en una mecánica de retroalimentación negativa. Lo que en un principio se vendió como un sacrificio transitorio para alcanzar la estabilidad, hoy se presenta como un laberinto donde cada paso hacia adelante en el ajuste fiscal provoca dos pasos hacia atrás en la economía real.
El mecanismo es tan sencillo como devastador. Los salarios reales, golpeados por la inflación acumulada cayeron de manera sostenida. Esa caída no es un dato menor: es la columna vertebral del consumo interno en cualquier economía.
Cuando los trabajadores ganan menos en términos reales, compran menos. Cuando compran menos, las empresas producen menos. Cuando la actividad económica cae, la recaudación tributaria se desploma. Y cuando los ingresos del Estado bajan, el gobierno responde con lo único que sabe hacer: más ajuste. Más recorte. Más compresión del gasto. Lo que vuelve a golpear salarios, empleo y consumo. El perro que se muerde la cola.
El problema de esta dinámica circular es que la estabilidad lograda es de carácter "estático". Se alcanza el superávit, sí, pero sobre una economía cada vez más pequeña. Es el equilibrio del cementerio: hay baja inflación porque hay poco consumo; no hay déficit porque no hay inversión pública; pero tampoco hay horizonte de salida.
Según la consultora Epyca, el superávit argentino es meramente contable y artificial, no económico. La postergación de pagos, el no cumplimiento de las leyes como la del financiamiento universitario, el no pago de las deudas previsionales y otras con las Provincias, demuestran que el Ministro de Economía es más experto en dibujar en planilla Excel que en economía real.
Se observa que la actividad económica, salvo algunos rubros, no para de caer, y la recaudación fiscal de bajar. En abril alcanzó los $17,4 billones, una cifra que es 27% superior, en términos nominales, a la del mismo período de 2025, frente a una inflación interanual estimada de 32,4%, según la estimación de Politikon Chaco.
Esto implica que la recaudación fue inferior en un 4% en términos reales y ya acumula su novena baja consecutiva, debido a la menor actividad económica y a cambios en medidas tributarias del Gobierno que derivaron en pérdida de recursos.
¿A qué costo el ajuste? Caída del 37% en los salarios públicos, desplome de transferencias a provincias (menos 11% en lo que va de 2026) y recortes en programas sociales, salud y educación.

“La autofagia no es la salida.
El perro, en su afán de alcanzar la estabilidad, termina devorándose su propio sustento”.


El poder adquisitivo de las jubilaciones mínimas sigue en retroceso. Ni qué hablar de la baja del 44% en gasto para infraestructura, o del deterioro en salarios y personal de áreas importantes como las del sistema nacional de vacunación, el Conicet, el Inti, etc.
Los sectores que crecen son, en general, aquellos vinculados a la exportación de commodities o a sectores con ventajas comparativas muy específicas, como Vaca Muerta. Pero ese crecimiento no derrama. No genera empleo masivo. No reactiva el mercado interno. Es una isla de bonanza en un océano de contracción.
El resto, la mayoría, están en acelerada contracción. No es necesario recurrir a estadísticas oficiales -siempre discutidas, siempre disputadas- para registrar lo que ocurre. Basta con recorrer los centros comerciales semivacíos, hablar con los pequeños comerciantes que bajan las persianas, observar la caída en las ventas. La economía real habla en voz alta, aunque el relato oficial insista en taparse los oídos.
La historia económica demuestra que ningún país sale de una depresión profunda solo mediante la contracción. En algún punto, todo programa necesita un motor de salida. Pueden ser la inversión, las exportaciones, el crédito o la recomposición del ingreso.

“Estamos ante la paradoja del equilibrio estático. Las cuentas cierran en la planilla, pero la economía real no cesa de caer”.


Pero si ninguno de esos vectores aparece con suficiente fuerza, el ajuste deja de ser un puente hacia otro equilibrio y se convierte en un sistema cerrado.
Eso es lo que empieza a insinuarse hoy. No una crisis explosiva, sino algo más difícil de detectar y de revertir: una inercia contractiva. Un orden que se sostiene, pero al costo de achicar continuamente el espacio económico sobre el que se apoya.
El problema no es sólo económico, es conceptual. La visión libertaria que sostiene a Milei, parte de un axioma casi religioso: el Estado es el problema, el ajuste es la solución, y cualquier señal de sufrimiento social es el precio necesario -y moralmente justificado- de la corrección.

“El diagnóstico incorrecto garantiza el tratamiento equivocado. El tratamiento equivocado sólo agrava la enfermedad”.


La espiral contractiva no es reconocida como tal por el gobierno, sino como señal de que el ajuste no fue lo suficiente, y así seguimos en un círculo vicioso interminable, dónde el ajuste no hace más que morderse la cola.

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