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El arte de relativizar cada resultado positivo

Cuando determinados sectores convierten la negación sistemática en identidad, cualquier mejora deja de analizarse por su magnitud real y pasa a ser reducida, descalificada o reinterpretada para evitar que altere una narrativa previamente construida.

Sabado, 09 de mayo de 2026 a las 22:07

Hay una conducta que se volvió demasiado frecuente en ciertos espacios de la vida pública. La crítica razonable, el disenso legítimo, o la desconfianza prudente frente al poder es completamente válida en cualquier sociedad saludable. Lo que aparece ahora es algo distinto, más rígido y profundamente condicionado por una lógica emocional y discursiva que ya ni siquiera intenta comprender la realidad, sino administrarla para que nunca contradiga determinadas convicciones previas y múltiples prejuicios que han sido planteados como pronósticos a estas alturas, fallidos.
La secuencia es conocida. Un indicador mejora, una variable se ordena, un dato rompe con la tendencia dominante o una decisión consigue resultados concretos e inmediatamente emerge una maquinaria perfectamente aceitada destinada a quitarle entidad a lo ocurrido. Si la inflación baja, entonces “todavía sigue alta”. Si cae la pobreza, “no alcanza”. Si aparecen señales de estabilidad, “es transitorio”. Si sube una actividad específica, “el rebote es insignificante”. Siempre hay una razón disponible para reducir el impacto de cualquier avance.

"No se trata de pedir aplausos automáticos ni adhesiones incondicionales. Una sociedad madura necesita cuestionamientos, controles y debate permanente. Pero una cosa es ejercer pensamiento crítico y otra muy distinta convertir la negación sistemática en una forma de militancia emocional. Cuando la incapacidad de reconocer cualquier mejora se vuelve estructural, el problema ya no es político sino cultural.."


La evidencia no es determinante para este malón. Tampoco interesa el contraste con etapas anteriores. Lo verdaderamente relevante parece ser impedir que algo positivo modifique el relato general oportunamente pergeñado. La conclusión ya está escrita antes de que aparezcan los hechos y cuando eso ocurre, la interpretación deja de ser análisis para convertirse en militancia disfrazada de ecuanimidad. Existe, además, un componente identitario muy profundo detrás de esta dinámica. Para muchos dirigentes, comunicadores y referentes sociales, reconocer un progreso implica mucho más que aceptar una cifra incómoda. Supone aceptar que la realidad puede no coincidir con aquello que sostuvieron durante años con enorme intensidad y eso tiene costos, no necesariamente electorales, sino simbólicos. Obliga a revisar posicionamientos, discursos y certezas que funcionaron durante décadas como refugio intelectual.
Por eso se recurre a una estrategia mucho más funcional: relativizar. No consiste en rechazar frontalmente, porque eso sería fácilmente refutable, sino que lo que se intenta es degradar, diluir la novedad convirtiendo cualquier referencia en algo insuficiente o marginal. La estrategia es extremadamente eficiente porque permite conservar intacta la dialéctica original aun cuando lo fáctico empieza a moverse en otra dirección.
El problema es que esta práctica termina produciendo un daño mucho más profundo que una simple controversia política. Deforma la percepción colectiva instalando la idea de que nada vale demasiado, de que ningún esfuerzo merece reconocimiento y de que toda mejora es necesariamente sospechosa. Así, el debate público abandona cualquier incentivo hacia la honestidad intelectual y se transforma en una competencia por ver quién logra desmerecer más rápido lo que ocurre. En ese clima, la discusión deja de girar alrededor de la verdad y pasa a organizarse alrededor de conveniencias sesgadas. Lo importante ya no es comprender, sino preservar pertenencias, lo que sucede no vale, sino cómo debe ser interpretado para no incomodar a determinados grupos, y cuando una comunidad ingresa en esa modalidad, pierde algo tan esencial como lo es la capacidad de evaluar con equilibrio.

"Quizás el desafío más importante de esta etapa sea recuperar la capacidad de observar sin fanatismo para volver a distinguir entre análisis y reflejo condicionado. Entender que admitir un avance no convierte a nadie en oficialista, del mismo modo que señalar errores no debería ubicar a alguien como enemigo."

Hay un fenómeno particularmente llamativo en este tiempo. Muchos de los que durante años reclamaron racionalidad, profesionalismo y datos verificables, ahora parecen irremediablemente fastidiosos cuando esos indicadores salen de la inercia. Ahora aparecen nuevas exigencias, parámetros móviles y estándares imposibles de satisfacer. El arco se desplaza permanentemente porque el objetivo no consiste en analizar resultados, sino en impedir cualquier validación de quien gobierna.
La consecuencia de ese mecanismo es devastadora. Se erosiona la credibilidad de quienes comunican, se empobrece la conversación pública y se consolida una ciudadanía agotada, incapaz de distinguir entre una crítica genuina y una reacción automática. Porque cuando absolutamente todo es presentado como fracaso, incluso aquello que objetivamente implica una mejora, el discurso termina perdiendo densidad y se convierte apenas en ruido. Lo más inquietante es que esta actitud no surge únicamente desde la política partidaria, sino que también brota en círculos mediáticos, académicos y sociales que construyeron prestigio sobre una mirada permanentemente negativa de la realidad nacional. Para ellos, describir avances representa una amenaza existencial, como si reconocer una corrección parcial implicara resignar autoridad.
Sin embargo, la realidad no se acomoda indefinidamente a los deseos de nadie. Los hechos tienen una persistencia vital. Pueden discutirse interpretaciones, matices o velocidades, pero llega un momento en el que ciertos procesos empiezan a volverse demasiado visibles, y así aparece un dilema central que invita a definir si seguir aferrados a narrativas agotadas o aceptar que el escenario cambió.

"Las sociedades no se deterioran solamente por crisis económicas o errores políticos, también se debilitan cuando pierden la valentía de reconocer la verdad aun cuando ella contradiga sus prejuicios. Y cuando eso sucede, ya no se discute el rumbo de un gobierno, se empieza a poner en riesgo la capacidad colectiva de construir futuro sobre la base de los hechos y no sobre la comodidad de las consignas panfletarias."


No se trata de pedir aplausos automáticos ni adhesiones incondicionales. Una sociedad madura necesita cuestionamientos, controles y debate permanente. Pero una cosa es ejercer pensamiento crítico y otra muy distinta convertir la negación sistemática en una forma de militancia emocional. Cuando la incapacidad de reconocer cualquier mejora se vuelve estructural, el problema ya no es político sino cultural.
Quizás el desafío más importante de esta etapa sea recuperar la capacidad de observar sin fanatismo para volver a distinguir entre análisis y reflejo condicionado. Entender que admitir un avance no convierte a nadie en oficialista, del mismo modo que señalar errores no debería ubicar a alguien como enemigo.
Las sociedades no se deterioran solamente por crisis económicas o errores políticos, también se debilitan cuando pierden la valentía de reconocer la verdad aun cuando ella contradiga sus prejuicios. Y cuando eso sucede, ya no se discute el rumbo de un gobierno, se empieza a poner en riesgo la capacidad colectiva de construir futuro sobre la base de los hechos y no sobre la comodidad de las consignas panfletarias.

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