De noche una sombra blanca azulada se les aparecía a la hora de acostarse, lentamente Ana se corporizaba, consolaba a sus hijas hacía el gesto de arreglarles el cabello, desde lo profundo de la eternidad les hablaba dulcemente, las consolaba, sembrando esperanzas, cumplida su faena se desvanecía para volver a su mundo el de los muertos, las muchachas revivían y sonreían.
Una mañana de invierno en agosto Samuel se sentó, como lo hacía siempre en su sillón, de pronto su cabeza se dobló sobre el pecho. Las hijas pensaron que se había dormido, siguieron con su faena, dejaron pasar la jornada hasta la hora del almuerzo, fueron a despertarlo, estaba frío, la muerte lo sorprendió vestido con su gabán azul de marino, murió en paz quien no supo vivir ni dejar vivir.
Ante el grito de las mujeres, Ricardo arrastrando las piernas viejas que lo sostenían, se acercó y comprendió la situación. Alguien partió a la comisaría 6ta. Urbana, el perito médico dictaminó muerte natural.
Las hijas ni siquiera lloraban, estaban asustadas, quedaban solas en este mundo que no comprendían, hermosas muchachas liberadas en un desierto desconocido, la vida.
Fue el viejo amigo Ricardo quien organizó el velorio y su entierro en el cementerio clandestino del bañado, fue ubicado en el mismo lugar que Ana, sólo agregaron una placa con una estrella de David nada más, Samuel la había solicitado.
Esta vez no hubo rezos del vecindario, un hombre del centro de la ciudad de la comunidad hebrea, había realizado los ritos funerarios, lavó el cuerpo etc. Dijo una oración con la quipá, agradeció la humanidad de Samuel que Las hijas no conocían, les dejó una suma de dinero que colectó entre los suyos, les pidió a todos los que estaban que se lavaran las manos con jabón antes de partir y que colocaran unas piedras sobre la tumba, se sacudieran los zapatos al salir del enterratorio si deseaban, se despidió con unas palabras que nadie entendió.
Quedaron solas, más que solas horrorosamente olvidadas de la vida humana, no sabían qué hacer, Margarita estaba anciana y senil, Ricardo rengo, anciano.
Cuarta parte
Dos noches después abrieron el contenedor que tanto había guardado Samuel, con sorpresa después de muchas privaciones, el padre había escondido una fortuna, monedas de oro de distintos países, collares, pulseras, piedras preciosas, monedas extranjeras en billetes arrollados con hilo. Las hermanas tenían canas habían pasado los años y no conocieron el amor de un hombre en su vida por el egoísmo del padre muerto, se miraron con tristeza o más bien con lástima, miraron hacia atrás en el tiempo, vieron pasar su vida como una película de las que hablaban los vecinos; ellas nunca vieron una, los años felices con su madre, los solitarios largos días con el padre viejo, gruñón, celoso y egoísta.
Se les apareció el fantasma de Ana que estaba triste y alegre a la vez, “Samuel vive en el mundo de los espíritus” dijo, recomendó a sus pobres hijas el mayor de los cuidados, prudencia con el tesoro, “hay personas aviesas, canallas que pretenderán abusar de ustedes pobrecillas mis palomas enjauladas, abran la jaula y vivan” dijo con una sonrisa y se diluyó en su espacio sobrenatural.
En vez de confiar en Ricardo amigo real, se callaron, a pesar que el espíritu de la madre les aconsejó que acudieran a él, grave error, fatal dirían después.
Fueron al centro a conversar con el miembro de la colectividad, que conocieron en el sepelio de sus padres, querían comprar una casa en el centro, aunque carecían de conocimientos elementales para los negocios. El hombre no era un malvado, aunque las paredes escuchan, secretarias, empleados diversos etc., por allí se filtraría la información.
Como medida de seguridad aconsejados por el espíritu de su madre cambiaron de lugar el tesoro, llenaron el contenedor de piedras, colocaron una tela, sobre ella dejaron billetes de monedas extranjeras, si había necesidad indicarían ese lugar como el escondite de sus bienes, les hicieran lo que les hicieran.
Pasadas unas dos semanas en la profundidad de la noche, dormidas fueron sorprendidas por unos cinco individuos que con gran destreza forzaron las cerraduras. Despertaron con las bocas tapadas con manos extrañas, las amordazaron, las gringas fueron violadas reiteradamente de distintas maneras, las pobres muchachas no entendían nada. El destino guarda arcanos, vieron sus caras, es evidente que no tenían miedo, eran de los que se creían impunes, de buen hablar y modales de los caté (hombre de bien).
Después de la orgía que fueron obligadas a vivir las amenazaron de muerte si no les decían dónde estaba la plata, las tres doloridas indicaron el arcón, sin esperar un segundo abrieron observaron los billetes, cerraron, lo alzaron entre dos o tres, eran cinco, huyeron.
La menor se sacó la mordaza – ¿O fue Ana? – y gritó.
Ricardo se levantó tomó una escopeta de dos caños, corrió hacia el lugar disparó al aire a modo de advertencia, las luces del barrio comenzaron a encenderse, cinco sujetos se dirigían al río donde los esperaba una canoa, un nuevo disparo del vecino los alcanzó (perdigonada), otro hacía los bultos, pero rengueando subieron al bote y, huyeron corriente abajo hacia el puerto.
Al entrar el vecino con su vieja esposa Margarita, observaron el cuadro de horror, más estupor les causó la presencia espectral que consolaba a las víctimas, era la finada Ana que con un gesto los saludó y despareció.
Margarita con su bastón se plantó en la puerta, no dejaba entrar más que a las mujeres. Todas ayudaron a las gringas buena gente, sin embargo los hombres cuchicheaban como siempre, “algo habrán hecho”, “algún amor secreto” etc. En esos casos las víctimas son las culpables, machismo profundo, santo dogmático.
Se repusieron lentamente, no hicieron denuncia alguna, para qué revivir la tortura del fatídico día, nunca jamás.
Lo más grave de todo es que salvo Ricardo y Margarita, los otros vecinos de toda la vida las evitaban de la noche a la mañana pasaron a ser unas cualquiera, algunos dejaron de traerles trabajos.
Tenían grabados los rostros de los criminales. Una noche decidieron marcharse, le regalaron a Ricardo y Margarita la propiedad por escrito, llevaron sus pequeños enseres más un rollo de billetes de libras esterlinas. Con dolor y tristeza iban para las afueras, habían comprado una propiedad antigua, de galerías en el barrio San Benito o Cambá Cuá Sur, nadie lo sabía. La casona había pertenecido a una familia distinguida venida a menos, tenía pozo ciego, un molino de viento para extraer el agua, sistema conectado a la casa, al menos ocho habitaciones en galería, además de cocina y sanitarios; en suma cómoda, grande, rodeada de un muro y un extenso terreno en parque.
Muy a pesar de la oposición de la espectral madre habilitaron un lupanar con todo el lujo posible, tenían un par de hombres del barrio cambá (negros) a su servicio, que los usaban como medio concubinos (amores después del trabajo) pero a sueldo, tipos de temer que bajaban las naranjas a balazos, desheredados de la tierra como ellas, despreciados y discriminados por la sociedad patriarcal correntina blanca inventada. El negocio marchó de maravillas, además de ellas que perdieron su virginidad violentamente, otras muchachas tristes trabajaban con ellas, pero eran bien tratadas, más como hermanas que prostitutas. Una noche en presencia del espectro de su madre, arrojaron la maldición las tres o mejor dicho las cuatro. Para que aparecieran por el lugar los violadores lanzaron al aire el maleficio, conocían sus caras, los reconocerían.
La mancebía ocupaba media manzana con grandes patios, arboledas de frutales, en el fondo como era costumbre se enterraba la basura degradable, a veces se quemaba como se estilaba, botellas, maderas metales en otro rincón.
Por Enrique Eduardo Galiana
Moglia Ediciones
Del libro “Aparecidos, tesoros y leyendas”