Hace algunos años, María Sáenz Quesada, meritoria historiadora argentina a quien la revista de Félix Luna mucho de su organización y vigencia le debe, publicó un celebrado libro que tituló ‘Las mujeres del Restaurador‘, obra en la que la autora hace alusión a la influencia que las féminas tuvieron sobre Rosas. Parafraseándola en riesgoso plagio titular, acudimos a igual idea para recordar cuáles fueron las mujeres que más se vicularon a la vida de nuestro Mártir de Pago Largo, el Coronel Genaro Berón de Astrada, Gobernador y Capitán General de Corrientes y Mártir de la Batalla de Pago Largo por obra y gracia del Señor de Palermo y sus esbirros.
Indudablemente, desde temprana edad fue la imagen de Doña María Paula Camelo de Berón de Astrada; madre de Genaro, quien habría de pervivir en el recuerdo amoroso de su hijo, en el seno de una familia llevada a la triste pobreza por malas administraciones de los bienes heredados, la prematura muerte del padre, reclamos indebidos y poco misericordiosos para con la joven viuda de un hombre maduro y la falta de fortuna más alla del respeto reverencial que como miembros del patriciado correntino, viejo y solemne, les correspondía.
Al frente de la familia se puso Doña María Paula para defender su posición y la de sus cuatro hijos, el mayor de los cuales, José Genaro, que llevaba hasta en el nombre la tragedia del martirio toda vez que nació un 19 de septiembre, fecha en que el Calendario Cristiano dedica a exaltar a un Mártir de la Iglesia Romana, único varón, nuestro Genaro, debió soportar la mayor calamidad y coadyuvar al sostenimiento del hogar desde tiempos tempranos. La querible relación de los miembros de la familia, se percibe en las cartas que Genaro y sus hermanas mantenían de manera regular cuando este estaba en campaña, enrolado ya en las huestes correntinas, cartas atesoradas por Manuel Florencio Mantilla en su archivo privado, lo que hace presumir cuál fue en realidad la relación personal e íntima entre los hijos y la madre desaparecida tempranamente el 27 de noviembre de 1837, días antes de la muerte abrupta e impredecible del Gobernador Rafael de Atienza lo que precipitó la vuelta de Genaro a la noble Ciudad de Vera donde prácticamente le fue impuesto el Gobierno merced a sus muchos méritos personales y virtudes que se consideraron de valor trascendente para la misión, responsabilidad que le sobrevino con el Gobierno.
Muerta Da. María Paula Camelo de Berón de Astrada sobre quien Federico Palma traza un retrato perfecto posiblemente inspirado en la imagen al lápiz que se guarda en el Museo Histórico Provincial, traída por el Dr. Alberto Iglesias junto a tantos testimonios íntimos de familia, sobre Genaro quedó la responsabilidad de custodiar y proteger a sus muy queridas hermanas menores: Bernarda,a quien casó con José de los Santos Vargas y de la que heredó una sobrina que no conoció, Carmen Vargas y Berón de Astrada, la última de las mujeres en la vida del Prócer, Margarita, que vivió más de cien años y asistió a la exaltación de su figura cuando entre las generaciones del ochenta y del diez se recuperó para el panteón cívico-militar de la historia correntina, al Genaro Berón de Astrada mártir, Bárbara, la menor y de la que menos se sabe no perdurando un retrato suyo como sí de las dos anteriores hermanas.
La historia hace de Rosario Mantilla la novia de Genaro, como de Sinforosa Rolón y Rubio la de Tiburcio Rolón y Cabral, ambas convertidas en novias-viudas tras la lucturosa jornada del 31 de marzo de 1839. Mientras de Sinforosa se sabe mucho por su brillante trayectoria y dilatada vida al punto que no pasó a la historia por haber sido novia de quien fue el soldado más hermoso física y moralmente del Ejército Libertador Correntino, de Rosario Mantilla sólo se conocen vagas noticias de su vida e irremediablemente su estampa se pierde en la niebla de los tiempos de la que sólo se rescata su nombre y la memoria de quienes aseguran que entregó su corazón al joven militar mártir.
Tras la tragedia de Pago Largo, en algún momento no preciso llegaron los restos de Genaro Berón de Astrada a la Ciudad de Vera, ocultos por las sombras y en el mayor de los silencios ante lo temible de la situación. Fueron recibidos de manos de quien los trajo por sus dolientes hermanas y otras dos mujeres que reconocieron con éstas los restos y la rubia cabellera de Genaro de donde extrajeron algunos rizos como recuerdo de su vida. Ellas eran sus queridas primas Trinidad Berón de Astrada, hija del Coronel Esequiel Berón de Astrada -que defeccionó de la Causa Libertaria y se pasó ideológicamente a la que había llevado a la muerte a su primo-y Dolores Niella Sañudo, hija de Don Simón Niella y Alsina y de Doña María de los Dolores Sañudo de Niella, prima hermana del Prócer. Otra vez, manos femeniles, recogieon ahora los restos ensangrentados del querido definitivamente ausente, se ocuparon de colocarlos en su improvisado ataúd y enterrarlo amparadas por la oscuridad y como único testigo, el silencio, en la tumba de Doña í Paula. La lápida de mármol de Carrara que las hermanas de Genaro colocaron luego sobre la fosa, narra los hechos, pero el relato íntimo de lo acontecido, el corte del rizo, que fueron varios en realidad, conservándose el que la familia guardó entre sus bienes predilectos, fueron minuciosamente registrados en la carta que el 21 de abril de 1903, Margarita Berón de Astrada, última sobreviviente de las mujeres que conocieron e influyeron en la vida de Genaro Berón de Astrada, dirigió al Prof. Juan Ramon Bonastre donando el cuadro con el rizo en gratitud por los homenajes que el preclaro educador itatiano inició desde la Escuela Graduada Nº1 -luego Manuel Belgrano-exaltando la memoria del Jefe del Primer Ejército Libertador Correntino. El Historiador Valerio Bonastre, hermano menor de Juan Ramón,reprodujo esta carta en su documentada obra ‘El Empréstito de Guerra de 1839‘.
Fue en efecto, tal lo señalado, la última de las mujeres vinculadas al Prócer, que sin embargo no lo conoció más que en el recuerdo de sus mayores, la señorita Carmen Vargas y Berón de Astrada, única sobrina, última descendiente sin sucesión, la última moradora de la casa de la calle frente al río, -la calle Plácido Martínez desde 1902- tras la Plaza de Mayo, quien vivió hasta 1928, habiendo sido socorrida por el Gobernador Benjamin Solano González con una pensión vitalicia que la ayudó en sus años últimos como heredera del legado y la tradición patricia de la familia del Mártir.
Varias mujeres de la historia familiar rodearon y posiblemente hicieron sentir sus valores, su pensamiento, sus miedos, su amor a uno de los próceres que más se recuerda en la historia correntina de la primera mitad del siglo XIX. Tal vez algún día merezcan, como las mujeres del Restaurador, una visión más profunda, un estudio más sólido que el simple recuerdo de estas pobres líneas aventadas al calor de la memoria.-