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Borges: el escritor juega con la idea del “destino”

Por El Litoral

Martes, 14 de junio de 2016 a las 01:00

POR NELSON R. PESSOA

Alicia Jurado, amiga y experta en la obra de Borges, en su extraordinario libro “Genio y figura de Jorge Luis Borges”,  sostiene que Borges más allá de sus convicciones metafísicas, muchas veces usaba ideas filosóficas, teológicas, religiosas, alguna hipótesis científica  o algún pensamiento para construir su literatura, (en pág. 68 escribe: “Las hipótesis metafísicas que propone no coinciden necesariamente con sus creencias”; y, en pág 79, dice “los postulados metafísicos de que parte Borges para construir sus cuentos no implican que el autor crea en ellos”). Muchas veces se ha citado un pensamiento de Borges expuesto en el Epílogo de “Otras inquisiciones”, cuando dice que le interesan las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético. Mucho de su producción literaria se explica con este tipo de juego. Así, tomaba un argumento filosófico y se convertía en el tema de un cuento, de un ensayo. Es posible que el no compartiera esa idea desde el punto de vista intelectual, pero ello no impedía “jugar” con ella en términos de construcción literaria. Obviamente, a ello se sumaba el talento del escritor para crear literatura como solo él pudo hacerlo.
En esta breve nota pretendo mostrar uno de esos “juegos” borgeanos: el vinculado a la idea del “destino inexorable”. La idea es que la vida humana está marcada, predeterminada de antemano a fuego por “algo” o “alguien” y es frecuente en su obra; (muchas veces aparece “Dios” en escena, por ejemplo, en el Poema de los Dones, “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche”. Al respecto, Osvaldo Pol “El tema de Dios en la poesía de Borges). Así las cosas, el hombre no hace su destino libremente, sino que todo está previamente determinado; el azar o la libertad carecen de incidencia en la existencia de cada quien. Insisto, desconozco cuál era la opinión de Borges sobre este tema; al respecto, solo caben conjeturas.
A los fines de ilustrar el “juego” de Borges con esa idea elegí uno de mis cuentos preferidos y es “El muerto” (pertenece al libro “El Aleph”). Su belleza reside – en mi opinión – en una mezcla de: a) un escenario “criollo” magistralmente logrado, b) usando episodios con una enorme capacidad de significar el “destino” haciendo su obra y c) y relatados mediante ese lenguaje “simple” y  bellísimo de Borges, de adjetivos austeros y precisos, de ausencia de sinónimos, de juegos de hipérboles, metonimias, hipálages, oxímoron, etc. y otras figuras literarias. Explico brevemente estos elementos.
La historia comienza en Buenos Aires hacia 1891; un  tal Benjamín Otálora (personaje central, que “es” o “será” el “muerto”) huye hacia Montevideo a causa de una muerte que “debe”. Va con una carta de recomendación “para un tal Azevedo Bandeira”, el otro gran protagonista del cuento. No lo encuentra, pero… allí el “destino” empieza a hacer su trabajo. Oh “casualidad”, (véase el episodio que crea Borges), “hacia la medianoche… en un almacén, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música” (nótese el lenguaje y el episodio usado por Borges para mostrar el escenario criollo y que Otálora es un hombre de coraje).
Y en forma inmediata sigue así la historia (adviértase este episodio del cuento): Otalora “Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Este, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo)”. El “destino” sigue haciendo su labor: Otálora se encontró “casualmente” con Azevedo Bandeira, a quien buscaba y antes no encontró y, además, por “casualidad” le salva la vida. Bandeira advierte el coraje de Otálora, “lo pondera, le ofrece una copa de caña” y “le propone ir al norte con los demás a traer una tropa. Otálora acepta”.
Allí por obra del destino comienza la relación entre ambos.  Azevedo Bandeira es un personaje algo misterioso, (tal vez, es el símbolo que usa el autor para expresar ese “algo” tan especial) y “da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho”, y “en su rostro … están el judío, el negro y el indio”, dicen que “nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul”; los negocios de Bandeira “son múltiples y el principal es el contrabando”. Es temido y respetado y también “ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido”.
Otálora en Buenos Aires se había criado en un barrio del carrero y del cuarteador y “antes de un año se hace gaucho”. Ha cambiado su vida (¿él decidió o el “destino”?). Esta nueva vida, en el campo, es descripta por la pluma maestra de Borges así (es uno de los momentos del cuento de mayor belleza literaria): “Entonces comienza para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos”. 
Y en este escenario de campo, Otálora, otra vez quiere decidir su vida, pero parece ser que ella está marcada a fuego por “algo” o “alguien”; piensa que “ser tropero es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista” como su patrón, (véase cómo el personaje quiere decidir su existencia; decide qué quiere y qué no quiere ser; veremos qué decide el “destino”). En ese tiempo lo ve una sola vez a su patrón. Regresan a Montevideo, a la casa del patrón que es un misterio, pues casi no lo ven, (entiendo que es otro símbolo usado para denotar la misma idea), dicen que está enfermo. El hombre que decide la vida de Otálora no puede ser visto por éste. Alguno de sus hombres suele ingresar a su pieza a servirle unos mates. Una tarde le encomiendan a Otálora esa tarea.   
Otra vez la narrativa de Borges logra relatar este momento de manera magistral cuando describe el dormitorio, a Bandeira, que se queja y “con las grietas de los años” y aparece en escena la mujer del patrón “de pelo rojo”, a medio vestir y descalza. Entonces Otálora piensa que bastaría un golpe para dar cuenta de él. Ahora aparece en el personaje la idea de reemplazar a su patrón, de ocupar su lugar, eso es lo que decide; veremos que dice el “destino”.
Por orden del patrón sus hombres se fueron a una estancia – El Suspiro - perdida en la llanura. Otálora un día escucha que pronto llegará  Bandeira de Montevideo, porque – dice alguien – “hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado”. Sucede que Otálora le cuenta su plan a Ulpiano Suárez, a un “capanga” del patrón.
Entonces “entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del Sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado…, ese caballo… es un símbolo de la autoridad del patrón”. Otálora desobedece las órdenes del patrón, a veces dice haberlas entendido de otra forma y en un tiroteo en Tacuarembó “usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales”, esa tarde monta el caballo de su jefe y duerme con la mujer de cabellos colorados.
Y viene el final de la historia. “Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la humillación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas”. Sucede en la última noche de 1891, (no es casual el símbolo) en la estancia “El suspiro”. Los hombres “comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero”. Otálora borracho erige exultación tras exultación. Bandeira taciturno deja que transcurra la noche entre gritos y bebida, y cuando suenan las campanas se levanta y llama la puerta de su mujer a quien ordena que le bese a Otálora, la mujer llora y es obligada a hacerlo. Y el cuento culmina así “Ulpiano Suárez ha empuñado el revolver. Otálora comprende, ante de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto. Suárez, casi con desdén, hace fuego”.   
Rolando Costa Picazo e Irma Zangara en su extraordinario comentario a la Obras Completas I, (1923-1949), Edición Crítica, Emecé, Buenos Aires, 2009, pág. 1079, expresan esta idea “Aquí, el insignificante protagonista llega finalmente a la revelación de que su destino ya había sido determinado por ese otro al que pensó traicionar”. Me permito – a modo de conjetura – elaborar una idea distinta de la expuesta por tan autorizadas voces: pienso que Azevedo Bandeira también fue un instrumento usado por el “destino” para trazar la existencia de Otálora. Me parece que esta hipótesis es más compatible con la idea de ese “algo” o “alguien” misterioso y ajeno al hombre que decide los “destinos” humanos.

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