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Palabras en radio de acción

La palabra tiene el encanto de poder expresarnos y en conjunto conformar oraciones que nos comunican para entendernos mejor. 

Raúl Shaw Moreno
Daniel Riolobos
Maysa Matarazzo

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Dice el filólogo Marsel Mesulam sobre el lenguaje: “Los humanos hemos creado este sistema cuyo único propósito es crear un símbolo que llamamos ‘palabra’ para objetos específicos, ideas, sentimientos. Se podría decir que la red del lenguaje es el mejor sistema conocido hasta ahora para la creación de símbolos y no hay otro animal que lo tenga”. Me complace porque ellas permiten que a través de la radio, esa gran red de señales que horadan el espacio y que trasponen distancias, recorran caminos, acorten lejanías para poner en cada oído ideas, conceptos, historias y la frescura de la música, descorriendo el velo de lo desconocido, erradicando la mala visión para descubrir conocimientos que amenizan la cultura.
Su uso complace porque es la palabra la que confiere el beneficio de la enseñanza en el radio de acción que ejercen emisor y receptor. Un milagro para oír la palabra mucho más profunda que el simple escuchar, sino definir, detectar y analizar su origen y la determinación de su mensaje. Es como el viejo estilo de la perduración del documento, la conservación de los sonidos que dieron vida a testimonios vivos que la radio rescata, donde todas las voces quedaron contenidas en la plenitud de sus potencialidades de elocuencia y convicción.
Muchas veces cuesta imaginar lo que la radio es capaz de hacer con el oído, que con la palabra se energiza, expresa y se manifiesta. Mirando y comparando los tiempos vividos en que la radio supo evolucionar en tecnología e ideas, muchas veces no somos capaces de dimensionar tal salto que dimos. Desde nuestro continente América, Latinoamérica hermanada por el castellano ha sabido hacer realidad la expresión radial de la palabra, partiendo desde México hacia el sur. Adueñándose de los misterios de esa historia plasmada de colores donde el lenguaje junto al canto han sabido crear puentes de amistad. Desde el verde y azul del Pacífico y el Atlántico, de sus montes y sus selvas. Del Amazonas al Paraná, y de allí un solo paso al río de la Plata. Un recorrido que abarca epopeyas, emancipaciones, cultura y educación a raudales, donde la palabra común se encargaba de mantenerlas por siempre vivas, solidarias y amigas. La radio ha sido vital para ese entrecruce vital de transmisiones en que cada región, en que cada país, ciudades y pueblos, exhibieron, mostraron y se expresaron con derroche.
Ese intercambio de unión en que la cultura ejerció su primacía, yendo y viniendo, alternando artistas, permitió el conocimiento y el afecto de los pueblos que a lo largo de Latinoamérica pudimos conocer por el sonido, por la voz que en mensajes escribía su gran patrimonio. Los artistas iban de allá para acá y viceversa, producían un feliz intercambio que las radios emitían en una gran cruzada, todo ello merced a las grandes cadenas radiofónicas que las mismas tejieron para unirnos y poder contar y cantar con toda la voz a este continente bendito. Prueba de ello es como los pueblos de otras latitudes asimilaban ídolos populares nuestros y nosotros los de ellos. En Cuba han sido tan famosos Luis Sandrini, Libertad Lamarque, “Pepe” Biondi, Verdaguer, Carlos Gardel, etc. Juan Arvizu, el gran cantante mejicano cantando “Farolito” desde una radio argentina para toda América hacía el recorrido inverso del intercambio. Los domingos, la audición Federal ponía en el aire a dos famosos artistas del cono sur,  la chilena Rosita Serrano y el argentino Alberto Castillo, reeditando “Cielito lindo” en una dupla sin par. Había un intercambio sólido, permanente y muy fluido hacia la Argentina, como de la Argentina a los hermanos pueblos americanos.
La afluencia en radios argentinas como las otras de una gran diversidad de artistas: los chilenos Rosamel Araya y Lucho Gatica, los brasileños Altemar Dutra, Los Indios Tabajaras, Maysa Matarazzo, el Trío Iraquitán, Grupo Maracangalla, Nelson Goncalves, los paraguayos Luis Alberto del Paraná y el Trío Los Sudamericanos, el boliviano Raúl Shaw Moreno, los ecuatorianos Julio Jaramillo y Bienvenido Cárdenas, los colombianos “Pacho” Galán y Los Wawancó, los peruanos Trío Los Chamas, Chabuca Granda, el puertorriqueño Tito Rodríguez, los argentinos Leo Marini, Roberto Yanés, Ricardo Yarque, Daniel Riolobos, los cubanos Dámaso Pérez Prado, Bobby Capo, “Bola” de Nieve, La Sonora Matancera, los mejicanos Jorge Negrete, Pedro Vargas, Miguel Aceves Mejía, Elvira Ríos, etc., son algunos de los tantos artistas que enriquecieron la radio con visión de cultura. Como así los grandes músicos del tango argentino que recalaban permanentemente en las ciudades de Latinoamérica merced a la difusión que ejercía en cada una de ellas la radio.
Hoy, el consabido discurso americanista no tiene la fortaleza como para compartir verdaderamente como hermanos las historias comunes junto a ese gran poder que la radio tiene para llegar e intercambiar conocimientos. Si uno echa mano a los libros que hablan de la radiofonía americana, comprobará cómo la radio ejerció su poder de difusión e intercambio cultural hasta los años 50. Hasta ese pronunciado declive, no había artistas, intelectuales ni figuras prominentes que no hayan pasado por las emisoras, tendiendo esa vía de conocimiento y hermandad que el tiempo fue debilitando. El encuentro con nuevos contenidos, la ausencia de creatividad, la preeminencia de mediocridad en desmedro de la inteligencia educadora debilitaron esas redes que unieron todas las poblaciones de esta América, forjada a través de una cultura parecida y asombrosa. La palabra, esa palanca de fuerte expresión, motivadora, que otrora iluminara tantos ciclos brillando hasta alcanzar niveles superlativos de la educación, hoy escapa, pone pretextos, se anula.
La radio debe conllevar la pesada carga del entretenimiento pero con el cuidado meticuloso, permanente de formar, tratando de no desvirtuar lo que supo ser. Supimos tener otra por la clarividencia de quienes las habitaron y condujeron, de marcado mayor nivel, sin olvidar la simplicidad de la claridad de pensamiento. Supimos tener otra radiofonía que instaló un puente con América de gran calidad, en que ella se convertía en el auxilio urgente y necesario para que los pueblos se conozcan, amen y respeten, enalteciendo sus historias y su rica cultura que la radio exaltó y prodigó en bien del cuidado mensaje de componer las palabras sin olvidar su lógica ni certeza. Las palabras en radio de acción, sin olvidar ninguna.

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Palabras en radio de acción

La palabra tiene el encanto de poder expresarnos y en conjunto conformar oraciones que nos comunican para entendernos mejor. 

Por Adalberto Balduino
Especial para El Litoral

Dice el filólogo Marsel Mesulam sobre el lenguaje: “Los humanos hemos creado este sistema cuyo único propósito es crear un símbolo que llamamos ‘palabra’ para objetos específicos, ideas, sentimientos. Se podría decir que la red del lenguaje es el mejor sistema conocido hasta ahora para la creación de símbolos y no hay otro animal que lo tenga”. Me complace porque ellas permiten que a través de la radio, esa gran red de señales que horadan el espacio y que trasponen distancias, recorran caminos, acorten lejanías para poner en cada oído ideas, conceptos, historias y la frescura de la música, descorriendo el velo de lo desconocido, erradicando la mala visión para descubrir conocimientos que amenizan la cultura.
Su uso complace porque es la palabra la que confiere el beneficio de la enseñanza en el radio de acción que ejercen emisor y receptor. Un milagro para oír la palabra mucho más profunda que el simple escuchar, sino definir, detectar y analizar su origen y la determinación de su mensaje. Es como el viejo estilo de la perduración del documento, la conservación de los sonidos que dieron vida a testimonios vivos que la radio rescata, donde todas las voces quedaron contenidas en la plenitud de sus potencialidades de elocuencia y convicción.
Muchas veces cuesta imaginar lo que la radio es capaz de hacer con el oído, que con la palabra se energiza, expresa y se manifiesta. Mirando y comparando los tiempos vividos en que la radio supo evolucionar en tecnología e ideas, muchas veces no somos capaces de dimensionar tal salto que dimos. Desde nuestro continente América, Latinoamérica hermanada por el castellano ha sabido hacer realidad la expresión radial de la palabra, partiendo desde México hacia el sur. Adueñándose de los misterios de esa historia plasmada de colores donde el lenguaje junto al canto han sabido crear puentes de amistad. Desde el verde y azul del Pacífico y el Atlántico, de sus montes y sus selvas. Del Amazonas al Paraná, y de allí un solo paso al río de la Plata. Un recorrido que abarca epopeyas, emancipaciones, cultura y educación a raudales, donde la palabra común se encargaba de mantenerlas por siempre vivas, solidarias y amigas. La radio ha sido vital para ese entrecruce vital de transmisiones en que cada región, en que cada país, ciudades y pueblos, exhibieron, mostraron y se expresaron con derroche.
Ese intercambio de unión en que la cultura ejerció su primacía, yendo y viniendo, alternando artistas, permitió el conocimiento y el afecto de los pueblos que a lo largo de Latinoamérica pudimos conocer por el sonido, por la voz que en mensajes escribía su gran patrimonio. Los artistas iban de allá para acá y viceversa, producían un feliz intercambio que las radios emitían en una gran cruzada, todo ello merced a las grandes cadenas radiofónicas que las mismas tejieron para unirnos y poder contar y cantar con toda la voz a este continente bendito. Prueba de ello es como los pueblos de otras latitudes asimilaban ídolos populares nuestros y nosotros los de ellos. En Cuba han sido tan famosos Luis Sandrini, Libertad Lamarque, “Pepe” Biondi, Verdaguer, Carlos Gardel, etc. Juan Arvizu, el gran cantante mejicano cantando “Farolito” desde una radio argentina para toda América hacía el recorrido inverso del intercambio. Los domingos, la audición Federal ponía en el aire a dos famosos artistas del cono sur,  la chilena Rosita Serrano y el argentino Alberto Castillo, reeditando “Cielito lindo” en una dupla sin par. Había un intercambio sólido, permanente y muy fluido hacia la Argentina, como de la Argentina a los hermanos pueblos americanos.
La afluencia en radios argentinas como las otras de una gran diversidad de artistas: los chilenos Rosamel Araya y Lucho Gatica, los brasileños Altemar Dutra, Los Indios Tabajaras, Maysa Matarazzo, el Trío Iraquitán, Grupo Maracangalla, Nelson Goncalves, los paraguayos Luis Alberto del Paraná y el Trío Los Sudamericanos, el boliviano Raúl Shaw Moreno, los ecuatorianos Julio Jaramillo y Bienvenido Cárdenas, los colombianos “Pacho” Galán y Los Wawancó, los peruanos Trío Los Chamas, Chabuca Granda, el puertorriqueño Tito Rodríguez, los argentinos Leo Marini, Roberto Yanés, Ricardo Yarque, Daniel Riolobos, los cubanos Dámaso Pérez Prado, Bobby Capo, “Bola” de Nieve, La Sonora Matancera, los mejicanos Jorge Negrete, Pedro Vargas, Miguel Aceves Mejía, Elvira Ríos, etc., son algunos de los tantos artistas que enriquecieron la radio con visión de cultura. Como así los grandes músicos del tango argentino que recalaban permanentemente en las ciudades de Latinoamérica merced a la difusión que ejercía en cada una de ellas la radio.
Hoy, el consabido discurso americanista no tiene la fortaleza como para compartir verdaderamente como hermanos las historias comunes junto a ese gran poder que la radio tiene para llegar e intercambiar conocimientos. Si uno echa mano a los libros que hablan de la radiofonía americana, comprobará cómo la radio ejerció su poder de difusión e intercambio cultural hasta los años 50. Hasta ese pronunciado declive, no había artistas, intelectuales ni figuras prominentes que no hayan pasado por las emisoras, tendiendo esa vía de conocimiento y hermandad que el tiempo fue debilitando. El encuentro con nuevos contenidos, la ausencia de creatividad, la preeminencia de mediocridad en desmedro de la inteligencia educadora debilitaron esas redes que unieron todas las poblaciones de esta América, forjada a través de una cultura parecida y asombrosa. La palabra, esa palanca de fuerte expresión, motivadora, que otrora iluminara tantos ciclos brillando hasta alcanzar niveles superlativos de la educación, hoy escapa, pone pretextos, se anula.
La radio debe conllevar la pesada carga del entretenimiento pero con el cuidado meticuloso, permanente de formar, tratando de no desvirtuar lo que supo ser. Supimos tener otra por la clarividencia de quienes las habitaron y condujeron, de marcado mayor nivel, sin olvidar la simplicidad de la claridad de pensamiento. Supimos tener otra radiofonía que instaló un puente con América de gran calidad, en que ella se convertía en el auxilio urgente y necesario para que los pueblos se conozcan, amen y respeten, enalteciendo sus historias y su rica cultura que la radio exaltó y prodigó en bien del cuidado mensaje de componer las palabras sin olvidar su lógica ni certeza. Las palabras en radio de acción, sin olvidar ninguna.