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El ingeniero Mario Natalini sigue dejando huellas con la fuerza del hormigón

Además de su trayectoria como docente en varias materias, tanto de Arquitectura como de Ingeniería, contribuyó a la organización institucional de la Facultad de Ingeniería de la Unne, donde fue decano y vicedecano en varias oportunidades entre 1965 y 2002. 
 

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Por Juan Monzón Gramajo
Colaboración especial para El Litoral

No lo esperaba nadie. Un par de valijas, un traje prolijo y con un cargo de profesor adjunto por concurso, el ingeniero rosarino hacía pie en la Estación Francesa, la vieja Estación del Ferrocarril Santa Fe, en avenida Laprida y Pellegrini de la ciudad de Resistencia, capital de la vecina provincia del Chaco.
Esa calma dominical del año 1959 lo llevó a recorrer a pie la distancia que lo separaba del Parque 2 de febrero -su única referencia- donde funcionaba el Instituto de Vivienda y Planeamiento de la Unne, en el que ejercería su cargo docente. Para sorpresa suya, en plena jornada de descanso encontró al director, secretario y al encargado administrativo del instituto ante quienes se presentó: “Soy el ingeniero Mario Bruno Natalini y vengo a hacerme cargo de la materia Estructura”.
Sin saber, en ese encuentro, se estaban sentando las bases para que años después se constituyan las facultades de Arquitectura y Urbanismo; y la de Ingeniería. Los otros protagonistas de esa escena eran el arquitecto Roberto Andrés Champion; el secretario, Emilio Benítez Ortega y el encargado administrativo, Antonio Melgarejo.
Son esos primeros años de la década del 60, cuando la sede de las carreras funcionaban en el Parque 2 de febrero, los que el ingeniero Natalini recuerda con mayor afecto. Le quedó grabado el clima de trabajo con un marco de gran camaradería. “No había muchos alumnos, razón por la cual la relación era más estrecha, pero de mucho respeto. Periódicamente y después de largas jornadas de actividades, era común organizar asados sobre la marcha, sin mucha vuelta”, recuerda. Pero todo cambió con el traslado al Campus Resistencia, “ahí nos volvimos más serios”, dice esbozando una sonrisa.
Natalini dejó Rosario con el mismo objetivo que otros profesionales de su generación que llegaron desde distintos puntos del país a consolidar la por entonces recién creada Universidad Nacional del Nordeste (Unne). “Si bien ya tenía varios concursos de auxiliar en la Facultad de Ciencias Exactas de Rosario, me pareció más interesante el desafío de venir a una institución que estaba naciendo y en la que quedaba todo por hacer”.
Y así fue, además de su trayectoria como docente en varias materias tanto de Arquitectura como de Ingeniería, contribuyó a la organización institucional de la Facultad de Ingeniería de la Unne, donde fue decano y vicedecano en varias oportunidades entre los años 1965 y 2002.
No menos activa fue su participación en el área científica. Tras ser nombrado en 1962 como director del Departamento de Estabilidad, logró la financiación para equipar los laboratorios con instrumentos que aún hoy siguen siendo utilizados. Paralelamente se fue conformando un equipo de becarios con quienes publicaron aproximadamente 20 trabajos en los Reports del Instituto de Estabilidad, sobre Tecnología del Hormigón y Estructura.
Era tan prolífica la producción en los laboratorios que se llegó a conformar un grupo de aproximadamente 20 becarios. La realidad del mercado laboral conspiró en la consolidación de un plantel para la carrera de investigación. “En Ingeniería los estudiantes son requeridos por diferentes empresas a partir del cuarto año, y las ofertas que reciben son mucho más tentadoras”.
Esto no impidió que empezara una y otra vez el proceso de formar docentes-investigadores. Desde principios de los 80 al año 2000, dirigió 27 proyectos acreditados por la Secretaría General de Ciencia y Técnica de la Unne. Paralelamente en esa época desarrollaba junto con el doctor Felperin Sabesinski de la Universidad Nacional de Rosario, un estudio innovador: Hormigones Livianos.
La construcción del Túnel del Viento en el predio de la Facultad de Ingeniería le generó otra motivación. De a poco fue dejando el área de Estabilidad -que ya funcionaba de manera aceitada- y se compenetró en el campo de la aerodinámica o más específicamente la Ingeniería del Viento.
Hoy, a los 90 años, el ingeniero Natalini cumple aún su rutina de trabajo en la Facultad de Ingeniería. Se lo puede encontrar en su oficina ya desde las 8.30. Responde correos electrónicos, sigue de cerca los proyectos del Departamento, coordina la tramitación administrativa y está al tanto de la actividad de la unidad académica.
Su agenda tiene dos días reservados para planes que no se modifican. Uno de ellos es su salida de los miércoles con sus nietos de 15 y 17 años.
Sólo ellos lograron vencer ese perfil de hombre de palabras medidas y pensamiento constante. El segundo día, es la reunión familiar de los domingos, cuando la casa es centro de encuentro con sus hijos Mario y Bruno, y sus respectivas familias. Salvo estas jornadas, todas las demás estuvieron y aún están enfocadas en su trabajo.
Dueño de una salud envidiable que le permite aún en verano ir a nadar un par de piletas, Natalini larga con una sonrisa una idea que descoloca: “A veces pienso que no es tan interesante vivir tanto tiempo”. Tras un silencio que se prolonga, lo rompe con lo que busca ser un fundamento de lo dicho: “Mucha gente contemporánea ya no está, con la que uno llenaba los espacios de ocio con buena charla, música y vivencias en común”.
Mirando de reojo un aparato de telefonía móvil, lo señala casi al pasar “como un instrumento nocivo que vino a romper el arte de la conversación”. “En cualquier reunión uno ve a personas que no interactúan y que están pendientes del teléfono. Quizás son observaciones de un hombre de otros tiempos y por eso no puedo acostumbrarme”.
Nieto e hijo de italianos, Natalini retorna cada tanto a su Rosario natal, dónde ya no le quedan lazos familiares, salvo su hija Adriana que es psicóloga. “En Rosario al igual que Buenos Aires, sólo prefiero estar un par de días y de paseo. Resistencia es la ciudad que adopté como mía y su tranquilidad me llena”.
En la búsqueda de ese ambiente perfecto que la jornada laborar permite, el ingeniero Natalini se pierde en los compases de su nutrida colección de tangos, con las orquestas y cantantes más variados. Por unos breves minutos los recuerdos se permiten volver en esos primeros pasos de ese joven ingeniero que arribó a la Estación Francesa de Resistencia.

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Algunos datos destacados 
de su prolífera carrera

l 1966/67y 76: pasantía en el Institut für Modellstatik der Universitat Sttugart. Ensayo de modelos en escala reducida.
l 1969/2018: coautor de 80 presentaciones a Congresos nacionales y extranjeros en Estructura e Ingeniería del viento.
l 1976: asistencia al Laboratorio Nacional de Ingeniería Civil, Lisboa. Ensayo de Materiales, Programa Multinacional “Vivienda Popular” de OEA.
l 1966/2019: representante Regional de Cirsoc y Miembro de la Comisión Permanente de Acción del viento sobre construcciones.
l 1997: asistencia a Centros de Investigación en Europa para intercambio de información sobre ensayos en túneles de viento.
l 2019: actividad Actual: Investigador en el Laboratorio de Aerodinámica del Instituto de Estabilidad de la Facultad de Ingeniería.

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El ingeniero Mario Natalini sigue dejando huellas con la fuerza del hormigón

Además de su trayectoria como docente en varias materias, tanto de Arquitectura como de Ingeniería, contribuyó a la organización institucional de la Facultad de Ingeniería de la Unne, donde fue decano y vicedecano en varias oportunidades entre 1965 y 2002. 
 

Por Juan Monzón Gramajo
Colaboración especial para El Litoral

No lo esperaba nadie. Un par de valijas, un traje prolijo y con un cargo de profesor adjunto por concurso, el ingeniero rosarino hacía pie en la Estación Francesa, la vieja Estación del Ferrocarril Santa Fe, en avenida Laprida y Pellegrini de la ciudad de Resistencia, capital de la vecina provincia del Chaco.
Esa calma dominical del año 1959 lo llevó a recorrer a pie la distancia que lo separaba del Parque 2 de febrero -su única referencia- donde funcionaba el Instituto de Vivienda y Planeamiento de la Unne, en el que ejercería su cargo docente. Para sorpresa suya, en plena jornada de descanso encontró al director, secretario y al encargado administrativo del instituto ante quienes se presentó: “Soy el ingeniero Mario Bruno Natalini y vengo a hacerme cargo de la materia Estructura”.
Sin saber, en ese encuentro, se estaban sentando las bases para que años después se constituyan las facultades de Arquitectura y Urbanismo; y la de Ingeniería. Los otros protagonistas de esa escena eran el arquitecto Roberto Andrés Champion; el secretario, Emilio Benítez Ortega y el encargado administrativo, Antonio Melgarejo.
Son esos primeros años de la década del 60, cuando la sede de las carreras funcionaban en el Parque 2 de febrero, los que el ingeniero Natalini recuerda con mayor afecto. Le quedó grabado el clima de trabajo con un marco de gran camaradería. “No había muchos alumnos, razón por la cual la relación era más estrecha, pero de mucho respeto. Periódicamente y después de largas jornadas de actividades, era común organizar asados sobre la marcha, sin mucha vuelta”, recuerda. Pero todo cambió con el traslado al Campus Resistencia, “ahí nos volvimos más serios”, dice esbozando una sonrisa.
Natalini dejó Rosario con el mismo objetivo que otros profesionales de su generación que llegaron desde distintos puntos del país a consolidar la por entonces recién creada Universidad Nacional del Nordeste (Unne). “Si bien ya tenía varios concursos de auxiliar en la Facultad de Ciencias Exactas de Rosario, me pareció más interesante el desafío de venir a una institución que estaba naciendo y en la que quedaba todo por hacer”.
Y así fue, además de su trayectoria como docente en varias materias tanto de Arquitectura como de Ingeniería, contribuyó a la organización institucional de la Facultad de Ingeniería de la Unne, donde fue decano y vicedecano en varias oportunidades entre los años 1965 y 2002.
No menos activa fue su participación en el área científica. Tras ser nombrado en 1962 como director del Departamento de Estabilidad, logró la financiación para equipar los laboratorios con instrumentos que aún hoy siguen siendo utilizados. Paralelamente se fue conformando un equipo de becarios con quienes publicaron aproximadamente 20 trabajos en los Reports del Instituto de Estabilidad, sobre Tecnología del Hormigón y Estructura.
Era tan prolífica la producción en los laboratorios que se llegó a conformar un grupo de aproximadamente 20 becarios. La realidad del mercado laboral conspiró en la consolidación de un plantel para la carrera de investigación. “En Ingeniería los estudiantes son requeridos por diferentes empresas a partir del cuarto año, y las ofertas que reciben son mucho más tentadoras”.
Esto no impidió que empezara una y otra vez el proceso de formar docentes-investigadores. Desde principios de los 80 al año 2000, dirigió 27 proyectos acreditados por la Secretaría General de Ciencia y Técnica de la Unne. Paralelamente en esa época desarrollaba junto con el doctor Felperin Sabesinski de la Universidad Nacional de Rosario, un estudio innovador: Hormigones Livianos.
La construcción del Túnel del Viento en el predio de la Facultad de Ingeniería le generó otra motivación. De a poco fue dejando el área de Estabilidad -que ya funcionaba de manera aceitada- y se compenetró en el campo de la aerodinámica o más específicamente la Ingeniería del Viento.
Hoy, a los 90 años, el ingeniero Natalini cumple aún su rutina de trabajo en la Facultad de Ingeniería. Se lo puede encontrar en su oficina ya desde las 8.30. Responde correos electrónicos, sigue de cerca los proyectos del Departamento, coordina la tramitación administrativa y está al tanto de la actividad de la unidad académica.
Su agenda tiene dos días reservados para planes que no se modifican. Uno de ellos es su salida de los miércoles con sus nietos de 15 y 17 años.
Sólo ellos lograron vencer ese perfil de hombre de palabras medidas y pensamiento constante. El segundo día, es la reunión familiar de los domingos, cuando la casa es centro de encuentro con sus hijos Mario y Bruno, y sus respectivas familias. Salvo estas jornadas, todas las demás estuvieron y aún están enfocadas en su trabajo.
Dueño de una salud envidiable que le permite aún en verano ir a nadar un par de piletas, Natalini larga con una sonrisa una idea que descoloca: “A veces pienso que no es tan interesante vivir tanto tiempo”. Tras un silencio que se prolonga, lo rompe con lo que busca ser un fundamento de lo dicho: “Mucha gente contemporánea ya no está, con la que uno llenaba los espacios de ocio con buena charla, música y vivencias en común”.
Mirando de reojo un aparato de telefonía móvil, lo señala casi al pasar “como un instrumento nocivo que vino a romper el arte de la conversación”. “En cualquier reunión uno ve a personas que no interactúan y que están pendientes del teléfono. Quizás son observaciones de un hombre de otros tiempos y por eso no puedo acostumbrarme”.
Nieto e hijo de italianos, Natalini retorna cada tanto a su Rosario natal, dónde ya no le quedan lazos familiares, salvo su hija Adriana que es psicóloga. “En Rosario al igual que Buenos Aires, sólo prefiero estar un par de días y de paseo. Resistencia es la ciudad que adopté como mía y su tranquilidad me llena”.
En la búsqueda de ese ambiente perfecto que la jornada laborar permite, el ingeniero Natalini se pierde en los compases de su nutrida colección de tangos, con las orquestas y cantantes más variados. Por unos breves minutos los recuerdos se permiten volver en esos primeros pasos de ese joven ingeniero que arribó a la Estación Francesa de Resistencia.